domingo, 5 de febrero de 2017

características trágicas de la basura humana

Estabas en la terminal esperando un colectivo que llevaba dos horas de retraso. Mirando a tu alrededor y escuchando conversaciones te habías aprendido quiénes esperaban ese mismo colectivo, eso te entretuvo por un tiempo. Después de puro aburrimiento caminaste unos pasos hasta el buffet y te sentaste a tomar mirinda, pediste una y al rato pediste otra. Ahora empezás a arrepentirte de meter tanto líquido en tu cuerpo antes de ese viaje largo. Te acomodás para atrás en la silla, sentís una expansión agradable en tu abdomen y disfrutás el panorama desde el buffet, un poco más amplio que el anterior en los bancos feos celestes. Ves a tus compañeros de colectivo, sus maneras de enfrentar la espera, ves a la señora mayor que va y viene hablando sola, arrastra su valija antigua con mucho esfuerzo y te da lástima. Le calculás unos setenta años, cada tanto revuelve su cartera o alguna de sus múltiples bolsas buscando algo que nunca encuentra, se decepciona y mira la hora en su reloj pulsera como si fuera indescifrable, va del tedio a la desesperación y por momentos parece muy confundida. Pensás qué tan probable es que esa señora se suba al colectivo correcto y llegue al destino correcto sin olvidarse ninguna de sus cosas, sin equivocarse en nada. Un mozo levanta botellas de gaseosa, tazas y vasos de plástico, te gusta cómo los acomoda en una bandeja que sostiene solamente con las puntas de los dedos. Va hasta tu mesa y sin mirarte dice te retiro?, contestás que el vaso no por favor y notás las arrugas prominentes de su frente, hay algo de palitos de la selva en las curvas que se forman, algo de golosina. Agarrás tu vaso plástico vacío como si igual te lo fuera a sacar y te preguntás por qué te lo quedaste. Fue un impulso raro, odiás el plástico, sabés que ese vaso va a ser el mismo vaso por mil años más, sabés características trágicas de la basura humana y te amargás mucho con eso. Ves que la señora confundida está hablando con la gente, interroga, rebota de persona en persona buscando algo que no consigue. Seguiste con disimulo la constelación de rebotes que la fueron acercando hasta donde estás, te sabés en su radar cuando te mira fijo y va directo hacia vos con una decisión que te lleva a un estado de alerta. Una vez cara a cara te pide si por favor le podés prestar el teléfono que tiene que hacer una llamada. Te desconcierta y tu reacción es decir que no tenés crédito, capaz no es mentira. Ella se indigna medio infantilmente y emprende un nuevo rebote que la lleva a un hombre de los que van a tomar tu mismo colectivo, un hombre normal, grisáceo. Le hace el mismo pedido y él sí busca su teléfono y se lo ofrece. Ella no lo agarra, saca de su bolsillo un papel con un número anotado y le pide al hombre que marque. El hombre marca con un semblante de paciencia enternecedor y ahora sí la señora acepta el aparato. Habla con su hija a los gritos y llena de alegría, le dice que llega a las tres de la mañana, que la vaya a buscar. La conversación se extiende mucho más de lo que vos y otras personas de la constelación consideran razonable, hay una serie de miradas cómplices que lo indica, pero vos no querés jugar a eso, a vos te avergüenza tu falta de solidaridad con la señora y mirás para abajo, mirás sostenidamente el piso o tu vaso vacío. Odiás el plástico pero tu vida está llena de plástico. Si decís no a un vaso o una bolsa te sentís bien durante dos segundos y después te sentís imbécil, no alcanzás a convencerte de que tu actitud pueda modificar algo, está la noción de cambio que se hace de a millones de personas y a la vez un paisaje obscenamente hecho de objetos que el planeta no va a poder digerir. Es ridículo o no tenés la inteligencia necesaria. Percibís actitudes nuevas en la gente que te rodea, hay movimiento, esperanza, la señora confundida se levanta de su banco feo celeste y con emoción creciente grita tres veces que el colectivo llegó. Guardás el vaso en tu mochila y en tu camino al andén sos como un animal voluminoso tipo vaca. Te gusta el último lugar de la cola para despachar valijas, necesitás ver que tu bolso rojo quede en un lugar accesible y no sepultado y maltratado por otras cosas pesadas. Antes que vos la señora confundida da indicaciones imprecisas sobre su valija, se hace mala sangre al no ser comprendida. Por error en vez del pasaje entrega otro papel y después busca incansable en su cartera. Vos frotas suavemente tu pasaje entre tus dedos confirmando que sigue en tu mano y te da un poco de culpa tener todo tan bajo control. Justo ahí algo anda mal, un presentimiento que se adelanta muy poco al problema concreto. “Te equivocaste de día” te dice el señor de corbata señalando la fecha en tu pasaje. Vos no podés emitir palabra ni hacer ningún movimiento. La señora empatiza con vos y casi canta: pero ténganle piedad, esperamos más de dos horas. No podemos hacer nada señora. Y se suben al colectivo dejándote ahí, con tu bolso rojo plástico y tu mochila plástica con un vaso de plástico pegajoso adentro, sintiendo también el asco de que la vida te haya dado una lección tan predecible.


jueves, 27 de octubre de 2016

malestares imaginarios

Desatás la soga que ata la puertita de madera y pasás a un jardín que varía entre lo rústico y lo salvaje. Te topás con una perra negra gigante alimentada principalmente a pan, la acariciás y mueve la cola de una manera lenta y pesada. La señora tarda en abrir la puerta de la casa, tiene más de ochenta años y hace poco la operaron de la cadera. Parece perdida, sus ojos van y vienen enloquecidos como buscando referencias en un paisaje extraño, igual te reconoce. Se le mezclan las ramas del árbol genealógico que los une pero tiene una manera primitiva de saber quién sos, algo cercano al instinto. Pasan a la casa, un lugar de ventanas cerradas con un olor inconfundible que lleva años gestándose, enseguida mirás a tu alrededor y nada parece salirse de lo normal. Te mandaron de espía, hubo una gran pelea en el círculo familiar íntimo y ella se enojó con todos. Esta vez tomó medidas drásticas. Agarró la tijera y cortó el cable del teléfono fijo, apagó y escondió su celular sabiendo que no sería capaz de volver a encontrarlo, decidió no abrir la puerta a nadie -sos su primera excepción-, y así viene llevando una resistencia que con los días cobró importancia y llegó en serio a causar preocupación. Habladora dominante, sin darte opción te mete en su charla laberíntica, vos querés preguntarle cómo está, si come algo además de pan con mermelada, vos querés llegar sigilosamente al tema de los teléfonos inutilizados pero no es nada fácil tener su atención. Lo único que te queda es entregarte de lleno a la vorágine y tratar de ganar terreno desde adentro. Te cuenta de lo que ve en las noticias, habla de los políticos, de la farándula, es fascinante lo que puede construir a partir de unos retazos de información. A la vez emprende el desmenuzamiento de una pila de papeles sorprendentemente sólida que tiene en un mueblecito, va sacando de a uno y le dedica un momento de alta concentración. Cuando encuentra el que quiere te lo da, ella no alcanza a leer si es de este mes o del anterior y quiere que verifiques, le preguntás de qué se trata y te responde con naturalidad que está organizando una especie de tumba triple para que los involucrados queden en el lugar que les corresponde según un cálculo que ella hizo. No creés que algo así pueda existir, es bastante espantoso, pero ella está pagando para lograrlo y tiene como evidencia el recibo de este mes. Más tarde pensás que sí, que tranquilamente lo de la tumba triple puede concretarse exactamente de la forma en que ella lo planeó, y te ataca la duda de quiénes serían los otros dos. Empieza a llorar, el enojo con su familia la llena de una bronca que desagota en forma de lágrimas. Vos desconocés qué fue lo que desató tremenda ira, del otro lado nadie se hace real cargo, ella ahora te explica que hubo una insinuación de que estaba llamando demasiado a una nieta en particular, molestándola con caprichos, malestares imaginarios. Hubo esa insinuación y ella indignadísima buscó su tijera y cortó por lo sano. Ahí para de llorar en seco, se pone muy seria y engancha con una de sus reflexiones típicas para sellar cualquier conversación: el mundo está arruinado, la gente es horrible, sería tan simple revertir la situación, parar las guerras, las hambrunas, la violencia, la gente es buena, sería cuestión de que todos diéramos lo mejor, de ponernos un poco de acuerdo. Hacés un esfuerzo pero esa reflexión, aun viniendo de un ser inimputable, acciona en vos una respuesta gritada y torpe, una contrareflexión que estaba como dobladita y prolijamente guardada y ahora recibió el estímulo justo para desplegarse en una cosa medio monstruosa. Cuando la descarga va llegando a su fin bajás el volumen, das unos últimos tropiezos verbales y al fin te callás. Ves que te está mirando emocionada y comparten un silencio deforme que en ella es admiración y en vos aturdimiento. Después, como si fuera algo perfectamente concatenado, recuerda una noticia que vio. Un niño en una de esas guerras de ahora, un chiquito de cinco o seis años víctima de un bombardeo, queda muy herido pero no muere al instante, una cámara lo persigue en su agonía cuando lo llevan a lo que sería un hospital, el chico grita algo con lo poco de él que queda, ese poquito de vida que se le va escapando lo usa para gritar algo inentendible para nosotros pero después alguien explica: el nene no se quería morir y pedía desesperadamente que no lo enterraran. No quería que lo enterraran. El nene había entendido, dice ella y de nuevo entra en ese silencio emocionado de antes. Ahora ese silencio entre ella y vos significa lo mismo.        


martes, 30 de agosto de 2016

un tipo específico de monstruo

Saqué mi número y miré el monitor en lo alto, tenía 200 personas adelante mío. Caminé a la zona de las cajas, me senté y me dejé invadir por la atmósfera nueva de colores neutros. Veía las estructuras tipo biombo que protegen la intimidad de lo que pasa en las cajas, veía las cabezas desparejas de la gente y no mucho más. Sonaban los distintos monitores anunciando el avance de los turnos y se hacía una música tonta, sonaba el monitor que me correspondía y yo lo miraba y después miraba mi número, cada vez tenía que volver a mirar mi número como si no pudiera aprendérmelo. Empecé a distraerme, el pelo de una mujer sentada bastante adelante mío parecía un par de antenas gruesas u orejas largas de conejo atadas las dos juntas para abajo, un color grisáceo acariciable, eso me parecía desde lejos. Una señora mayor comentó a otra señora mayor sentada a su lado que no le gustaba la disposición de los asientos, que no estábamos ni en un cine ni en un teatro, que si los asientos estuvieran enfrentados sería más ameno porque la gente conversaría más. La señora de al lado le contestó con voz grave y cierta dulzura que por ella estaba bien, que ella no quería conversar. La otra quedó estupefacta, indignadísima, no abrió más la boca. Sonaba la música y yo miraba el monitor y miraba mi número, un hombre se paró y se fue rengueando olvidándose una carpeta. Los que estábamos cerca intercambiamos expresiones sin decidirnos a intervenir, el hombre se alejaba rengueando a toda velocidad y no escuchó cuando por fin una chica de brazo enyesado intentó llamarlo todo lo recatadamente que corresponde a un banco. Se fue y dejó su carpeta. Los que estábamos cerca poníamos caras parecidas y articulábamos frases incompletas, una dijo con actitud de comediante que escuchaba un tic tac. Se acercó el de vigilancia, le contaron que un hombre se había ido y había olvidado su carpeta, aclararon que era rengo, y el vigilante dijo que él no podía hacer nada, que había que dejarla ahí. Nos desconcertó, era un chico joven que parecía simpático y parecía estar de acuerdo con que el protocolo a seguir con las carpetas olvidadas era ridículo, parecía ser uno más de nosotros y eso fue bien recibido por todos, él no podía hacer nada y nos miramos y pusimos caras parecidas otra vez, y hay quien se comportó como si realmente escuchara un tic tac. Pero el tic tac no sonaba, sonaba la música de los turnos y yo escuchaba esa música y miraba los números cambiar en el monitor y miraba mi número en un acto que tenía algo de primitivo. Empecé a sentir que la pierna derecha se me dormía, cambié de posición y casi a la vez tuve un sobresalto. Mi mirada se había cruzado con la de un señor viejo con los ojos muy grandes y completamente grises, no había pupila ni iris ni parte blanca, eran completamente grises y vacíos, y me dio un sobresalto. Después fue peor, estaba a pleno buscando una explicación a los ojos imposibles del viejo cuando vi una cosa todavía más terrible, un monstruo gris se levantó de su asiento y caminó con dificultad para adentro de la estructura tipo biombo, claramente era su turno, tenía un par de antenas gruesas u orejas largas atadas las dos juntas para abajo y babeaba una sustancia tipo dragón de Komodo. Mi estado era cercano al shock pero cuando sonó la música me desentendí automáticamente de las experiencias terroríficas recientes y miré con ansiedad el monitor y mi número y de nuevo el monitor para enterarme de que ahora tenía 400 personas adelante mío. Personas o monstruos, porque supe que todas las personas presentes se habían transformado o estaban en proceso de transformarse en monstruos, un tipo específico de monstruo que espera ser atendido en el banco. Aunque había cambiado de postura mi pierna me seguía molestando, la miré y descubrí con horror que se había vuelto algo como una pata de insecto gigante, gris, echa de cientos de piezas imbricadas entre sí formando un apéndice que me resultaba incómodo e incomprensible. Ahí me acordé, el hombre rengo desesperado, él había logrado escapar antes de metamorfosear por completo. Quise hacer lo mismo pero me levanté y sentí un malestar en la totalidad de mi cuerpo, un malestar indescriptible en un cuerpo hecho de materiales nuevos, doloroso e inmanejable. Lo más difícil fue asumir mi condición de monstruo, tuve mi momento más revelador cuando el hombre rengo volvió en busca de su carpeta, estaba nervioso, casi paranoico, yo lo miré suplicante reconociéndolo como mi única posibilidad de salvación y él desvió su mirada aterrorizado. Claro, había visto un monstruo. Sonó la música, miré mi número y miré el monitor, había símbolos grises sin sentido, el mundo monstruoso se había apoderado de mí tan profundamente que llegué a perder las nociones típicas humanas. Fue mediante mis antenas orejas que percibí que era mi turno, puse en movimiento mi anatomía y con serias dificultades logré entrar en la parte embiombada para hacer mi trámite. Cuando salí no había monstruos, los monitores reproducían números de verdad y yo había vuelto a ser una persona, no me sorprendió. Pero antes de poder reingresar a esta situación de normalidad tuve que tragar una acumulación de saliva espesa, venenosa.     

domingo, 7 de agosto de 2016

un payaso subnormal y peligroso

El timing era otro, dijo la mujer de rulos rubia baja de lentes con un blazer sofisticadamente grandote. Lo dijo para poner una distancia entre ella y nosotras que en realidad ya existía, se había instalado en el primer contacto visual y era un bloque de mármol helado que no necesitaba ningún refuerzo. El timing era otro y ahí estábamos, acomodándonos a tiempos ajenos y forcejeando contra un mármol, tratando de que no nos aplastara. Cosas así pasan cuando trabajamos en el casino, hay timing que era otro, hay que esperar por lo que parece un capricho de gente con blazer. Mis compañeras tenían un tema de niñeras y organización familiar, presentaron sus quejas y a cambio nos dieron de cenar gratis, conversamos, o ellas conversaron y yo principalmente escuché, también hice algunas preguntas. Nos mentimos de maneras convincentes. Llegamos a ese punto de las esperas compartidas en que algo se duerme y otra cosa despierta en su lugar, hay un cambio de turnos y el relevo resulta ser un payaso subnormal y peligroso. Entonces el clima se volvió festivo, más risa, más sinceridad, éramos gente babeando entre carcajadas incontenibles. Fue inevitable que se pusieran a revivir anécdotas, yo trataba de unir los retazos que me eran accesibles sin sacar mucho en limpio, había algo de dejarme ver la maravilla, la aventura de cuando yo todavía no existía ahí con ellas, y había indecisión sobre el nivel de secreto al que me daban acceso. Eso lo iban resolviendo con miradas de reproche, miradas de complicidad, me tenían en el límite de su círculo, no me empujaban para afuera del todo y tampoco terminaban de aceptarme. La mujer de rulos rubia baja de lentes venía a comunicarnos detalles absurdos que hacía sonar importantes articulando y pronunciando las palabras como si tuviera la boca llena de chocolates belgas semiderretidos, a esta altura más que persona era caricatura y nos burlábamos de ella a escondidas en un intento infantil de venganza por el mármol del principio. Después alguna de ustedes tres tiró un vaso de fanta y en la alfombra de esa sala tan elegante del casino se hizo una mancha naranja gigante que no podíamos creer que antes fuera el líquido en un vaso que ni siquiera estaba del todo lleno. Optimismo o pesimismo. Ves esa alfombra medio manchada o medio limpia? Cuando llegó la rubia con otro comunicado innecesario la escena de la alfombra beige con una mancha naranja que terminó adoptando forma de mantarraya activó en ella un ataque de pánico o cuestión similar. Afloraron sus inseguridades, sus desórdenes más profundos, su glamour fue absorbido por un aura nauseosa perfecta para el ser temblante en que se había convertido, que retrocedía buscando con la mano algo a lo que aferrarse y hacía un equilibrio imposible en sus zapatos peltre. Así el estado autonarcotizante en el que veníamos nos fue arrebatado violentamente y lo que siguió fue una reacción unánime de dar socorro. Se desplomó ya bajo nuestro cuidado, su cara angelical se había desfigurado a cosa inerte pero estaba viva, emitía unos quejidos y hasta alguna frase en un idioma parecido al nuestro. Tratamos de tranquilizarla y ella fue volviendo en sí, recobrando el brillo en sus ojos y la dicción chocolatosa, logró una respiración profunda y dijo desconsolada casi llorando que estaba bajo mucha presión. La miramos comprensivamente y ella nos devolvió una mirada de abatimiento y orgullo y hermandad. Nos cayó bien, nos cayó mejor, y le servimos un vaso de fanta.  

domingo, 24 de abril de 2016

un cosquilleo en el centro mismo del cerebro

En el parabrisas se iba juntando una mugre de bichos reventados, mugre blanca, amarilla, el contenido de bichos que a cada rato explotaban contra el vidrio, era una cosa impresionante. Paramos por fin en una estación de servicio, la cuarta, quinta estación de servicio asquerosamente igual a la anterior. Bajé del auto y me sumergí en un calor de otro planeta, otra galaxia, respiré un poco de ese aire nuevo y caminé como un zombi a comprar agua. Desde adentro vi cómo el playero borraba la mugre del parabrisas con sus elementos de limpieza, hacía una danza, borraba con movimientos ondulantes el enchastre y yo me entristecía porque a lo largo del viaje la colección de manchas había cobrado un valor, se había vuelto trofeo. Eso me distrajo mientras hacía la cola para pagar el agua. Antes que yo había una familia de gordos muy gordos con paquetitos y comidas en bandejas y bebidas que seguían sacando de las heladeras, y antes de la familia de gordos una familia de flacos muy flacos que se comportaban de manera idéntica. Tardaron una eternidad, en mi mano y brazo derechos y un poco en la panza sentía una sensación helada agradable, una parte de mi cuerpo se congelaba y otra se derretía, y pensando en fenómenos así pero a nivel mundo me encontré otra vez repasando la idea de que este planeta está hecho de extremos absurdos y contradicciones. Me tocó pagar y hasta ese momento no me había dado cuenta de que la chica a cargo era sorda. Sí sabía que era nerviosa y conflictiva y un poco me había estado preparando para enfrentar eso, pero ahora era sorda y eso daba un giro a la situación. Pagué el agua sin problemas, hasta agregué un paquete de gomitas y otro de pastillas chiquititas que son tan dulces que cuando las comés sentís un cosquilleo en el centro mismo del cerebro, pagué y la chica sorda nerviosa y conflictiva me atendió sin conflicto alguno y con una amabilidad que me pareció sincera, y a la vez que me decía que tuviera un buen viaje empezó a llorar. Lloraba con una expresión dramática que le daba una belleza especial, le pregunté si estaba bien y ella dijo que sí con la cabeza y con las manos, y agarró la gaseosa que tenía que pagar el de atrás, su cuerpo seguía haciendo el trabajo y su cara se dedicaba al llanto. Un chico de unos doce trece años la miraba embelesado y culposo.  Empecé a irme y cuando pasé por donde había otra mujer de ahí reponiendo unas botellas no pude evitar decirle que su compañera estaba llorando. Ella dejó lo que hacía y me dio toda su atención, yo no tenía más que decir entonces le repetí que su compañera estaba llorando y me sentí infantil, sobre todo cuando la miramos y a esa distancia parecía trabajar con normalidad. La mujer de las botellas se acercó a su compañera y vi que hablaban y también intercambiaban unas señas básicas, vi que la chica sorda estaba avergonzada, en un momento me dedicó una mirada un poquito maligna a lo que yo respondí “perdón”, no diciéndolo, solamente moviendo los labios, no sé si me vio. Volvió la otra, con una expresión todavía menos humana que la que había mostrado antes, y me dijo que no pasaba nada, me dijo “cree que la discriminan” y siguió con su actividad de las botellas. Ya yéndome pasé por al lado de la mesa en donde se había instalado una de las familias de la cola eterna, el padre le hablaba al hijo con mucha seriedad y tuve el impulso de fingir interés por unas revistas en un expositor ahí cerca para poder espiar. El padre hablaba con las manos juntas en una postura casi de rezo y su hijo tomaba gaseosa, era el chico sensible de doce trece años. El padre lo instruía, le explicaba lo salvaje que era el mundo, lo que había que luchar para una subsistencia más o menos digna, el error de la lástima, eso, el error de la lástima y subyacente una idea no tanto de seres superiores y seres inferiores, como había pensado al principio, si no la legitimación del ninguneo, de la completa indiferencia, de cosas bastante más horribles si nuestros intereses en medio de esta lucha ajetreada injusta desgarradora se vieran amenazados. Y en ese punto se nota cómo hace unos malabares para que la historia de quedarse con cuatro pesos con cincuenta que no le correspondían cierre. Cuatro pesos con cincuenta. Yo miro sin ver las tapas de unas revistas, el padre hace malabares, el hijo absorbe sin ningún cuestionamiento, sin ninguna sospecha, toma gaseosa y absorbe esto otro entendiéndolo como retazo de una verdad absoluta que empieza a reconocer, que se le va haciendo familiar. Yo miro sin ver la tapa de una revista sobre insectos, después la miro viéndola y unos ojos multifacetados me devuelven algo, algo con mucho resentimiento.    

domingo, 20 de marzo de 2016

una presencia maldita

19 de febrero, en el correo hago una cola que más adelante pasa por una puerta demasiado chica para la magnificencia del correo y entra a una habitación también desproporcionadamente chica. Alcanzo a ver que en la habitación chica hay un mueble tipo biblioteca y arriba del mueble tipo biblioteca hay un árbol de navidad también llamativo por su tamaño mínimo. Me distraigo con el despliegue de colores metálicos de sus adornos, tiene muchos adornos, diría que más de los que su estructura es capaz de sostener, y esa fuerza que asumo que hace el árbol para sostener la masa de plásticos brillantes se siente como una cosa tensa, y creo que es esa cosa tensa lo que me distrae. También me distrae el hombre que está antes que yo en la cola. Tiene un cuerpo grandote meticulosamente vestido de colores claros, tiene pelo negro abundante, domesticado por un producto gelatinoso que parece de otra época. Adivino su cara, pienso en una nariz grande ganchuda, unos ojos bordeados por infinidad de arrugas, y al instante el hombre se da vuelta. Me asusta la posibilidad de que haya leído mis pensamientos, me asusta más tener que explicarme otra vez que no existe esa habilidad. Su cara se aleja mucho de la que había imaginado, hay grasitud en su piel, hay una película grasosa que queda en evidencia cuando su musculatura facial se mueve en la acción repetitiva de masticar un chicle, esa es la característica más sobresaliente de su cara, o capaz lo es su mirada despreciativa. Después de darse vuelta adopta una pose dominante y empieza un sondeo lento de todo a su alrededor, cuando su mirada se choca con mi mirada no hay ningún tipo de reconocimiento entre humanos, como si el sondeo tuviera la capacidad de atravesarme. Vuelve a su posición convencional en la cola y en muy poco tiempo se lo ve inquieto, con una impaciencia infantil, saca su celular y se sumerge en ese mundo paralelo de posibilidades infinitas hasta que ese mundo también es aburrido o acotado o le produce ansiedad y se le hace necesario repetir su sondeo. Así va del celular al sondeo y del sondeo al celular en un ciclo de duraciones predecibles. Me desafío a que entre nosotros haya un gesto de empatía, entonces cada vez que hace su sondeo le sostengo una mirada expresiva todo lo que puedo. Llego incluso a sonreírle, como resultado él se da vuelta bruscamente y suspende sus sondeos. Fuimos avanzando, al fin me toca atravesar la puerta, cuando entro a la habitación el árbol de navidad se siente como una presencia maldita. Atienden al hombre de la cara grasosa a la misma vez que a mí. Él entrega un papel, yo hago lo mismo, la mujer que recibió mi papel desaparece por una puerta y en cambio la mujer que recibió el papel del hombre se queda perpleja en un gesto medio de imbecilidad. Algo está mal con ese papel, no llego a entender qué, pero algo claramente está mal y la mujer le informa al hombre que no hay posibilidad de que le entregue eso que fue a buscar, y que tiene que hacer otra cola en otra parte del correo para resolver su situación. El hombre se queda unos segundos con las manos sobre el mostrador, los brazos abiertos y la mirada perdida en un lugar del piso, después empieza a mover su cabeza como asintiendo y después negando y se va haciendo audible un murmullo que viene de las profundidades de sus entrañas y habla de esperas de negligentes de hijos de puta. Tiene algo de mantra, pero va subiendo la intensidad hasta un clímax en que el hombre hace silencio, levanta los brazos del mostrador dejando sus manos suspendidas en lo alto, como reprimiendo algo que quiere decir y ya no puede, y se da vuelta y se va. En su retirada dramática engancha con su mano izquierda una guirnalda del árbol navideño y lo hace volar por el aire, cuando cae al suelo hay una explosión de brillo metálico y ruidos de cosas frágiles que se rompen. El hombre se desentiende del accidente y escapa. Los demás no sabemos bien qué hacer, alguien recupera la estructura del árbol y la endereza sobre el mostrador, algunos nos contagiamos de esa actitud y levantamos adornos o pedazos de adornos del piso, hay quien levanta adornos y los cuelga en el árbol otra vez. 

miércoles, 2 de diciembre de 2015

ejercicio de etiquetaje humano

I

Llevás para donar una bolsa gigantesca con ropa a ese lugar que te dijeron en frente a la escuela 666. Te recibe una mujer cansadísima, agotada, autómata, que recién cuando te estás yendo se acuerda de decirte gracias y sonreír. Te vas pensando que ella, además del trabajo voluntario de recibir y clasificar y repartir ropa, tiene que hacerse cargo de sonreírte y agradecerte, de ponerte en un rol de persona caritativa que hace el bien. Esa desproporción infla tu vacío interior. Hacés el bien, tenés ropa que ya no usás, ocupa lugar, está en  proceso de fosilizarse, vos la juntás la metés en una bolsa te la llevás y además de resolver el problema de espacio en tu placard obtenés el reconocimiento de una persona que agradece en representación de otras personas más desamparadas, pone su cara para sonreír y agradecer a la persona de bien que sos vos, cuando vos sabés que más que hacer el bien estás haciendo nada. Te entregás a este ejercicio de etiquetaje humano, lo llevás un poco al ridículo, lo pensás como caminito cerebral aprendido tempranamente, mecanismo de negación incrustado en los cerebros de las personas caritativas que hacen el bien, incrustado en el centro de tu cerebro de donante de ropa y fideos, mecanismo colapsado desde toda perspectiva pero todavía ahí metido en lo más profundo de tu mente. Nunca tuviste que usar ropa que otro descartara, nunca tuviste que agradecer por una remera decolorada en las axilas y estirada medio deforme. Tratás de imaginarte quién recibe tus remeras deformes, cómo es su vida, te proponés seriamente ponerte en su piel y así vas armando una historia tan incompleta tan cliché que si te descuidás se vuelve un cuento de hadas. Caminás inflándote de vacío, sentís la solidez de tu esqueleto, sentís la fofez de ese par de kilos que tu cuerpo no necesita pero igual lleva a cuestas, y aun así podrías estar flotando en el aire, podrías estar levitando.


II

Vas a un cumpleaños, comés choripanes en una casa con otras personas sentadas en reposeras, después van a un boliche. En el boliche hay una competencia de canto que incluye un presentador que parece un ser humano con la totalidad de su cuerpo y su cara metidos en un traje de goma que intenta representar a un ser humano, él da la bienvenida a los participantes y les hace un par de preguntas con una manera de hablar idiotizante. Canta un chico de rulos. Canta una mujer de pelo violeta y camiseta de equipo de fútbol. Canta una chica de brazos muy cortitos, definitivamente alejados de las proporciones esperadas, canta bastante mal, desafina, la gente la aplaude más que a otros que cantaron bien, la gente aplaude esa cuestión de tener brazos muy cortitos. El humano disfrazado de humano anuncia que ganó la chica de los bracitos y se genera un aplauso que empieza con mucho esfuerzo, como hecho de una sustancia babosa y pesada o como caminar en un terreno que se hunde, empieza con esfuerzo para después amenazar con volverse eterno. Pero el aplauso llega a su fin y así la competencia de canto también llega a su fin y se nota un alivio generalizado, hay un recambio en el ambiente, se van algunos y llegan otros, el aire fluye, se arremolina, revuelve los perfumes, los olores, hablás con una chica que de lejos parecía una persona completamente diferente a la que es de cerca, le hablás de cosas simples ella se ríe cuando decís cosas simples que no intentaste que fueran graciosas, ella dice “los gatos naranjas son muy inteligentes” y ahí está en su punto cúlmine de parecer una persona tan distinta a la que habías visto de más lejos, el volumen de la música sube de golpe, hay un ritmo acribillante y tonto y la chica con la que hablás empieza a mover su cabeza, hay una sonrisa gigante y tonta en su rostro y mueve su cabeza a un lado y al otro y disfruta de ese movimiento básico que no es bailar y pensás que capaz se puede medir la estupidez de la gente con ese tipo de movimiento que es la reacción a un tipo de música que fue creada justamente para obtener esa reacción, a tu alrededor hay más y más gente que se suma al movimiento, en contra de tu voluntad el movimiento se apodera de tu cabeza, te movés sin querer y a la vez medís la estupidez de la gente, te movés hasta que algo te sorprende y te paraliza. Un hombre joven, como vos, pero alto atlético rubio de facciones hermosas e hipnóticas que hacen que no puedas dejar de mirarlo, lleva puesta una camisa rayada que fue tuya durante años hasta que te quedó chica y decidiste donarla. Entonces con tu cabeza ya quieta, libre del trance rítmico, te acercás al hombre rubio con pasos decididos, él te ve venir, te mira con tranquilidad y curiosidad mientras vos avanzás sintiendo la solidez de tu esqueleto como nunca antes, alcanzás la distancia que necesitás para cerciorarte de que es tu camisa y para preguntar al rubio casi en su cara y sin preámbulos “de dónde sacaste esa camisa”. Él sonríe y te responde que se la dieron como donación en ese lugar a la vuelta de la escuela 666, él te dice que va siempre ahí a que le den ropa, que le gusta la ropa usada, decolorada, deforme, te dice que esa ropa tiene alma.

domingo, 4 de octubre de 2015

orgullo inflable al punto de la imbecilidad

Miré al hombre mayor tratando de pegar un cartel con cinta adhesiva en la puerta de vidrio del centro cultural. Eso duró diez minutos, el hombre de pelo completamente blanco como un robot mal programado, torpe con las manos y la vista que necesitaba alejar y a la vez dejar su cuerpo en el mismo lugar, su cara de hacer esa elongación sin precedentes, su sufrimiento silencioso. Antes había escuchado al hombre de pelo blanco conversar con tres personas, dijo una frase que tenía la palabra “banalidad” al final y antes otras palabras formaban una estructura majestuosa y elevada y envolvente que sostenía la palabra final “banalidad” en lo más alto, y demostró su regocijo con una sonrisa asimétrica el hombre de pelo blanco después de decir esa frase que no logro recordar pero sí me acuerdo de ese dibujo arquitectónico en mi mente. Fue un alivio verlo en esta otra situación de pegar un cartel que lo hacía parecer tan frágil y perdido, atentando contra sí mismo en un mundo dócil, hecho de materiales inertes. Me serví un vino y di una vuelta mirando las obras, mirando los colores y texturas y demás cosas que afloraban, sintiéndome un ser aislado y deforme. Entonces vi que a unos metros estaba el carnicero de mi barrio. Su presencia era insólita, su traje gris impecable en un lugar en donde nadie tenía un traje y su pose refinada con copa de líquido claro en la mano eran más del plano de la fantasía. Hablaba con expresión de dolor y concentración, el ceño fruncido sobre sus ojos era una fuerza implacable contra unos párpados inflamados que se esforzaban en contrarrestar su peso. Se sintió amenazado cuando cruzamos miradas, como descubierto en una farsa, y hubo un tambaleo momentáneo de su personaje trajeado que dejó entrever al tipo que yo sí conocía, al carnicero de mi barrio. Esa semana lo había visto tener una disputa acalorada con un señor que compraba asado, lo había visto en una faceta miserable insultando a los gritos como una máquina básica salida de control, su cara roja sobrevolada por gotitas de saliva, su orgullo inflable al punto de la imbecilidad. Se sintió amenazado y yo quise profundizar la amenaza y empecé a acercarme gradualmente hacia él. Tres personas lo escuchaban y sus ceños se iban frunciendo en señal empática, yo me acercaba de a poco y el carnicero me lanzaba miradas sin interrumpir su habla que parecía grave y sin matices, yo me acercaba y casi pateo una escultura hecha de tierra que por poco se vuelve un montículo sin sentido, pensé que esa transformación no habría estado tan mal, pensé que había estado mirando las obras con demasiada buena predisposición y ahora quería tener mala predisposición y que algo me pegara un cachetazo y me sacara de mi estado de conformidad pero miraba los colores y las texturas y nada más afloraba y sintiéndome un ser impermeable, aislado y deforme, retomé mi acercamiento al grupito de ceños fruncidos justo para ver cómo el hombre de pelo blanco se les unía y hacía sonreír a todos asimétricamente. Tuve la necesidad de acercarme lo suficiente como para escuchar lo que decían, pero me interceptó la chica pelirroja que conozco de cuando iba a natación. Yo quería escapar de ella pero ella tiene un magnetismo que nunca pude entender porque no viene de su voz ni de sus ojos ni de nada así, ella ejerce una tortura, te mantiene ahí sin querer escucharla y a la vez sin poder dejar de prestarle atención. Y para cuando ella me dijo que le parecía raro que me gustara música de hace 100 200 300 años yo ni había notado que el grupito del carnicero y pelo blanco y los empáticos nos había fagocitado y ahora formábamos parte de su masa y su funcionamiento y le dije a la chica pelirroja y en realidad también a todos los demás que sí, que me parecía raro, y el carnicero en una actitud renovada, ya no amenazado, sonrió con melancolía y dijo gravemente que todo era raro, que todo humano en algún momento o capaz en todo momento era eso, un animal sintiéndose raro, luchando contra la rareza del mundo, y lo miramos conmovidos y estuvimos tan de acuerdo que generamos un calor y una luz y un movimiento en el aire que emanamos placenteramente para afuera de nuestro grupito fagocitador, y la puerta de vidrio se abrió y el cartel pegado con cinta adhesiva se cayó.

domingo, 9 de agosto de 2015

una deidad del amor y la empatía y las gomitas azucaradas

Tosiste y se te cayó el celular, fue la caída número 272 de ese celular. En tu vida tuviste dos celulares, el que te robaron en un colectivo y el otro que todavía tenés y cayó 272 veces desde una altura superior a un metro y sigue funcionando porque es un modelo viejísimo y rústico, sigue funcionando pero cuando se cae se desarma en tres partes. Esa vez levantaste las tres partes y antes de ensamblarlas te quedaste mirando la parte central, la que tiene los componentes electrónicos, que sin su carcasa exhibía una anatomía robótica de círculos y cuadrados luminosos que sentiste hechos para estar ocultos, hubo algo culposo en estar mirándolos, y también algo impresionante cercano al asco. Más tarde conectaste esa experiencia rara de mirar tu celular con otra experiencia rara del día anterior en una clínica espantosa de pulcra, habitada por gente de sonrisa blanqueada y toda hecha de una perfección que te daba sensaciones de irrealidad. En la sala de espera varias veces tuviste miedo de estar soñando, hubo por ejemplo un contacto visual con una nena oriental que sonreía llena de sabiduría. Hubo un momento hipnótico de no poder dejar de mirar los zapatos rosas de la secretaria, en serio no poder dejar de mirarlos. Con el paso de los minutos empezaste a aburrirte y a enrollar y desenrollar tu sobre de papel madera según el ritmo de una música somnífera, te aburrías y enrollabas y desenrollabas y mirabas unos cuadros fríos, demasiado celestes, mirabas pasar secretarias y médicas que dejaban oleadas de perfume y eran como zombis de la perfección, y notaste que en ese lugar había una clara predominancia femenina. La médica que te recibió era tal cual te la habías imaginado, alta, correcta y sin humanidad aparente. Cuando puso la radiografía de tu caja torácica contra la ventana y viste la forma de tus propios huesos brillando sobre un fondo negro tuviste una vuelta a la infancia, un momento espectacular pero también terrorífico, esa era la imagen que habías revivido con el esqueleto asqueante del celular. Después una atmósfera densa, el interés por detalles finos, y al fin el diagnóstico complicado que se venía anunciando. El día después ya habías logrado sepultar la radiografía bajo una pila heterogénea de papeles y unos guantes y una tijera de las grandes, pero cuando se apagaron las luces blancas de tu celular que mirabas en un trance idiota, tosiste otra vez y la pila de cosas pareció perder su peso y su estructura, pareció disolverse, y ya no pudo ser el escondite de nada y en cambio la radiografía se volvió un objeto que te agredía y te oprimía el pecho y te pesaba sobre la espalda. Entonces te fuiste a trabajar con el agobio de estar estrenando esa carga. Llegaste sin hacer ruido y la chica gorda gordísima de la recepción ni se dio cuenta. Te gustó la situación, te quedaste en la puerta sin emitir sonido, tu mente en el futuro cercano de su saludo voluminoso pero frágil, ingenuo, realmente cálido y con mariposas volando torpes alrededor. No estabas para eso, estabas para la oscuridad, para una perspectiva siniestra de la vida, y te quedaste espiándola desde la penumbra, escuchando su respiración siempre agitada, nunca lo suficientemente profunda para abastecer de oxígeno a ese cuerpo gigante. Se levantó para buscar algo, caminó unos pasos de mastodonte llenos de esfuerzo y estaba acalorada y emanaba un olor a golosinas. Volvió a su puesto y se concentró en el monitor de la computadora con una expresión triste de sufrimiento merecido, vos podrías haberla observado durante horas, podrías haberte quedado en tu rincón sombrío controlando sus movimientos sin preocuparte por la rareza de tu actitud, adentrándote en el mundo de la chica gordísima que en general te daba lástima y ahora intentabas redescubrir desde un lugar menos prejuicioso. Pero tuviste muchas ganas de toser. Aguantaste lo máximo que pudiste y cuando saliste de tu escondite tu cara estaba roja y la chica se asustó y vos tosiste una tos agónica y tus ojos estaban hinchados y la chica entró en un estado de gran confusión y se paró sin saber qué hacer y tratando de sonreír sostuvo una mirada tierna en tus ojos deformes y algo de la escena te conmovió y le dijiste “capaz que me voy a morir” y te acercaste y la abrazaste y fue como abrazar a una deidad del amor y la empatía y las gomitas azucaradas. Y ella lloró un par de lagrimones que rodaron por su cara y después la tuya y después cayeron al piso explotando en cientos de gotitas tibias y saladas.  

martes, 5 de mayo de 2015

un mar de gente, perros y basura

En la terminal de colectivos hay unos tachos de basura altos y grandes con un borde circular lo suficientemente grueso para soportar el peso de un perro mediano. El domingo a la noche la terminal era un mar de gente y perros, y en un momento mágico vi cómo uno de los perros saltaba a un tacho de basura y se quedaba haciendo equilibrio en su borde, mirando para abajo con una concentración que tenía algo de humana. Después se tiró en un clavado medio desprolijo adentro del tacho. Todas las personas que vimos el clavado nos reímos, un hombre con una golosina a medio comer se acercó al tacho y riéndose como un demente dijo que el perro se estaba comiendo la basura, y llegaron unas chicas que con un aire periodístico contaron que ya habían visto al perro hacer eso en otros tachos. Una señora de unos sesenta años y un nene de unos cuatro vinieron desde otro sector de la terminal a tirar una botella de plástico y como estaba el perro adentro del tacho quedaron desconcertados y no la tiraron, al rato vi que la señora dejaba la botella en un rincón en el piso. Ella quedó particularmente asqueada, con cara de necesitar un tiempo para digerir la escena, y con esa expresión de repugnancia trató de explicarle al nene las diferencias entre los perros buenos y estos otros perros inadaptados que se meten a los tachos y comen basura. Al avanzar la explicación su indignación crecía y también su preocupación por que el nene aprendiera a diferenciar estas dos grandes clases de perros y qué clase merecía su amistad y qué clase no, y a la vez  que explicaba dejaba en el piso la botella que había tenido un líquido apenas verde y pegajoso que ahora estaba tibio, internándose en las profundidades de sus sistemas corporales. Escuchar a la señora impartir su sabiduría al nene fue perturbador, ella buscaba palabras que nunca encontraba y cambiaba por otras que tenía más al alcance, desfigurando lo que tenía intenciones de decir, construyendo un mensaje azaroso. El nene recibió la explicación callado, casi autista, no hizo ningún comentario ni preguntó nada. Creo que sabía de antemano qué perros merecen su amistad y qué perros no. La explicación de la señora llegó a su fin prematuramente cuando sonó su celular. De ahí en más el nene entró en un estado de actividad plena, abrió su mochila y sacó una bolsa con cientos de muñecos de dinosaurios que empezó a acomodar en el suelo en una fila interminable sin que la señora se diera cuenta porque estaba entregada de lleno a la conversación telefónica. Empecé a sospechar que el asco en su cara era su expresión más natural y no una reacción a la escena del perro comiendo basura. La terminal era un mar de gente, perros y basura, y había una fila de muñecos de dinosaurios que empezaba a causar inconvenientes. Pasaron unos chicos con un paquete de rocklets de tamaño descomunal que no podían abrir y se iban pasando y cada uno parecía hacer más fuerza para abrirlo que el anterior y varios empezamos a seguir esta situación y al final lo que todos temíamos y queríamos sucedió y el paquete explotó y llovieron los rocklets haciendo unos ruiditos muy gratificantes y los perros que merodeaban en la terminal enseguida entendieron que tenían que acercarse y lo hicieron algunos corriendo bestialmente y se compenetraron en comer rocklets, el perro que estaba en el tacho salió como propulsado por superpoderes o algo sobrenatural y se unió a la actividad alimenticia y resultó ser un virtuoso de comer rocklets desparramados en el suelo, y en la gente había indignación y diversión en proporciones parecidas, y el nene de cuatro años también se acercó y en un acto de rebeldía y liberación empezó a acariciar a los perros inadaptados, corría enloquecido, yendo de animal en animal, repartiendo caricias brutas a perros indiferentes a su amor.