lunes, 30 de abril de 2007

Mi dentista.

Mi dentista es una persona común aunque tiene eso de imitar sutilmente con la voz el ruido de cuando mueve la silla en la que uno yace para que él intervenga. Acciona los mecanismos eléctricos para inclinar o subir la silla y en un volumen muy bajo deforma la voz e imita.

Es tan buena su imitación que al principio uno cree que sólo está escuchando el correcto funcionar de la máquina. Pero no, con algunas sesiones más uno nota que hay algo raro.

Una cosa así podría alimentar el temor de uno a que, se me ocurre, el dentista persona común enloquezca súbitamente y con sus utensilios lleve a cabo una minuciosa, prolija tortura.

Por ejemplo, que con el torno nos haga dibujos en el paladar.

lunes, 23 de abril de 2007

Niños.

Había un niño que acomodaba hormigas en un papel y después lo prendía fuego al papel.

También derretía pequeños objetos plásticos con la sola herramienta del velador de su habitación.

En una tarde de juegos hubo que llamar a los bomberos.

Pero esa vez tenía cómplices el niño.

sábado, 14 de abril de 2007

La tía de una amiga mía hace lo siguiente. Antes de ir a hacer las compras llama por teléfono a su madre y le pregunta qué necesita. Toma nota. Va a hacer las compras, adquiere cosas para ella y para su madre. Después se sube a un colectivo que la llevará a su hogar. Este colectivo además pasa justo por en frente del hogar de su madre. Entonces la tía de mi amiga va muy atenta durante el trayecto. Cuando llega el momento abre una ventanilla y arroja el paquete correspondiente a su madre que espera pacientemente en la puerta. Abre la ventanilla y con el colectivo en movimiento arroja, por ejemplo, un pollo. La madre lo ataja. Le ha pasado de necesitar ayuda y tener que pedir amablemente a alguien que le abra la ventanilla por favor.


domingo, 1 de abril de 2007

El regulador de aplausos.

Es un espectador sentado a la mesa más conveniente para apreciar lo que se sucede en el escenario de virtuosos músicos de jazz y, lo más importante, es quien empieza los aplausos a los solos virtuosísticos de virtuosos músicos de jazz y considerable parte de la audiencia se suma a tal manifestación de sentirse gratificado que tiene la particularidad creo yo de no ocurrir al final de una obra sino durante y que por lo tanto se hace necesario que entre el público contemos con un espectador lo suficientemente seguro de sí y lo suficientemente convencido de cuándo debe haber aplauso y cuándo puede no haberlo.

Se lo ve a este espectador comiendo una picada junto a otros espectadores que lucen como potenciales reguladores de aplausos. Yo supongo un tema de jerarquías en esto.

También es este espectador quien regula las miradas de indignación hacia la mesa de un par de chicas alocadas que ríen como si no entendieran nada como si no estuvieran escuchando ni la cuarta parte de lo que ahí puede claramente escucharse como si todas esas notas fueran sólo todas esas notas y no formaran el sublime conjunto preciso espontáneo o no pero que hay que ser demasiado tosco para no dejarse seducir por, hay que padecer una completa brutalidad para no.

El regulador de aplausos entonces regula aplausos y miradas y sus amigos potenciales reguladores saben muy bien qué hacer, aplauden y miran a tiempo y confirman así la condición de regulador de, en este caso, un tipo de camisa amarillo pato.