jueves, 21 de junio de 2007

Mis manos son reptiles, pienso. Camino llevando un aparato difícil de explicar, pesa de manera tal que le hace algo doloroso y frío a mis falanges. Ya casi tengo escamas, pienso, en mis manos ectotérmicas. Cualidades del invierno. Los pies se vuelven objetos poco cómodos, independizados del resto. Igual conviene llevarlos. Lo mismo con las manos. Iba caminando con el aparato y pensando tanto. Freno para orientarme. Hay una señora que se cree que voy a estar ahí por mucho tiempo y aprovecha para querer conversar. Como preámbulo hace un suspiro que puede también interpretarse de otra forma, una señora que me espira su aliento viciado a la cara. Yo la miro y después huyo. La orientación habrá que resolverla sobre la marcha. La señora se iba a quejar por el clima, seguramente. Y yo no quiero escuchar más de su aliento, llevo un aparato y reptiles y no sé dónde estoy. Además la señora no quería escuchar de mi aliento, seguramente. Llevo reptiles, señora, y este aparato y la mente medio entregada a una obsesión que tengo que no es lo de las manos sino otra cosa. Yo traté de ser cordial y como respuesta a su preámbulo la miré a sus ojos y le dije con mi mirada todas las sensaciones por las que pasaba en ese momento, después huí. Y usted habrá entendido, seguramente. Porque sabemos lo bien que funcionan las comunicaciones de miradas y alientos viciados.

No hay comentarios: