viernes, 24 de agosto de 2007

Pero cómo va a comprarse algo así inútil y tan pero tan caro y grande, enorme y totalmente inútil y superfluo y tan grande que no va a entrar en el departamento, porque convengamos que vive en un departamentito. Y encima tan caro le salió, le costó un ojo de la cara. Yo digo que está loco de la cabeza, no puede ser de otra forma, pero no puedo creer que la gente sea tan tonta, la gente es tonta, es irrecuperable. Después su amiguito viene acá a insinuar que el otro tonto aquel tiene una sensibilidad que nosotros no podemos comprender, no, no, yo no lo puedo creer. Pero ellos sí se creen que son artistas, y viste lo que hacen, se creen que la vida es todo un juego y no piensan en las consecuencias. Cero sentido práctico. Todas cosas impulsivas. Yo no sé cómo es que pudieron sobrevivir hasta ahora, es realmente un montón de suerte que tienen, pero claro, es así, la suerte siempre va para las personas como estas. Y después va y se compra el coso ese gigante, inútil. Yo no sé, yo no puedo quedarme acá sin hacer nada, hablo en serio. Voy a matarlo.

domingo, 12 de agosto de 2007

Cuidado, pequeño siervo. A perro que ladra no se le miran los dientes, pequeño siervo. A perro que ladra mejor que sus siervos le tengan mucho miedo. Especial cuidado con mirarle los dientes. Ya viste lo que le pasó al ciervo siervo del perro que ladra, pequeño siervo. Ciervo quería ser perro que ladra, ciervo decía que el perro no muerde. Ciervo le metía los cuernos donde no debía, todo el tiempo. Y vos sabés lo que le pasó porque era tu propio hermano ciervo, pequeño siervo, tu propio hermanito chiquito cervatillo pobrecito lo que le pasó. Le mandaron una bandada de aves de rapiña, te enteraste porque hubo un revuelo. Así que cuidado, pequeño siervo, sabemos que andás padeciendo dudas profundas, pequeño siervo, que estás viendo qué hacer con tu cornamenta de doble filo. Sólo te obligamos a que tengas cuidado, que no mires a los perros a los ojos o a los dientes. Ya sabés lo que pasó. La curiosidad mató al ciervo.

miércoles, 8 de agosto de 2007

Reencuentro. Compañeros de escuela habrían sido. Como siete años desde la última vez que se vieran. Al menos para uno de ellos, para el otro como catorce. Para el que pide perdón todo el tiempo pasaron catorce. Cada cosa que menciona lleva su respectivo pedido de perdón no explícito. Habla de su estado físico mirando al suelo, avergonzado, pide perdón. El hablar de su estado físico no es otra cosa que un pedido de perdón. Lo mismo con su cara, perdón, su carrera universitaria fallida, perdón, que tuvo una hija, perdón perdón perdón. Se llama Julieta. Después dice disculpame y se suena la nariz y está abatido. A la misma vez hace un esfuerzo enorme con todos sus músculos para verse relajado y feliz. El otro es aproximadamente elegante y hasta el momento no habló, está de lentes y lo mira con una sonrisa de ido. Permite que su amigo complete la confesión y entonces entra. Empieza un cuento interminable de su religión nueva, empieza a evangelizar a su amigo con fábulas. Lo agarra del brazo y usa palabras clave. El otro en un principio no logra desentenderse, se hace el interesado. Pero su espanto crece y es necesario escapar: suena su nariz violentamente y retrocede. Larga una despedida a los gritos. Perdón perdón perdón pero hay que irse ya. Huye con un caminar desesperado. Mientras se aleja el religioso le repite que está dejando que el mundo lo coma. Estás dejando que el mundo te coma.

viernes, 3 de agosto de 2007

Parecía que íbamos a tener que esperar mucho más. El clima era adverso, vi que una mujer en medio del frío iba perdiendo el gesto actoral, se acercaba al punto de la mirada del perro que enfoca en la comida de los humanos. A unos pocos metros un malentendido ajeno, un papeleo erróneo.
Los perros miran la comida fijamente, babean, tragan, no pierden de vista, se acomodan en el lugar perfeccionando su pose, están ahí sentados conteniéndose y uno les habla, les dice que no, les explica, pero los perros no van a modificar el absoluto registro que tienen sobre la comida, babean como perros. Cuando se ven cosas así en caras humanas es mejor. La mujer entraba y salía de su trance, era importante mantener el decoro porque sino podía llegar a parecer un perro maquillado y con aros mirando la puerta por donde iba a volver el hombre con la solución. Después vi otro perro, de campera blanca. Después yo también me estaba volviendo perro. Pero entró una mujer vieja y con una confusión casi demencial, nos hacía preguntas a la masa de perros en general acerca de cómo debía proceder, qué número sacaba y si estaba en el lugar correcto. La mujer loca daba pasos al azar, como el vuelo de esas moscas atontadas que forman una nube, era el movimiento de una mosca pero en menos dimensiones. De alguna forma se me estaba acercando y la mujer perro original justo al lado mío me mira y me dice muy naturalmente que le explique a la loca de dónde tiene que sacar el número, decile que es ahí, como si yo cumpliera un obvio rol de intermediario. Ahí noté que muchos de los perros habíamos vuelto a ser personas otra vez.