viernes, 3 de agosto de 2007

Parecía que íbamos a tener que esperar mucho más. El clima era adverso, vi que una mujer en medio del frío iba perdiendo el gesto actoral, se acercaba al punto de la mirada del perro que enfoca en la comida de los humanos. A unos pocos metros un malentendido ajeno, un papeleo erróneo.
Los perros miran la comida fijamente, babean, tragan, no pierden de vista, se acomodan en el lugar perfeccionando su pose, están ahí sentados conteniéndose y uno les habla, les dice que no, les explica, pero los perros no van a modificar el absoluto registro que tienen sobre la comida, babean como perros. Cuando se ven cosas así en caras humanas es mejor. La mujer entraba y salía de su trance, era importante mantener el decoro porque sino podía llegar a parecer un perro maquillado y con aros mirando la puerta por donde iba a volver el hombre con la solución. Después vi otro perro, de campera blanca. Después yo también me estaba volviendo perro. Pero entró una mujer vieja y con una confusión casi demencial, nos hacía preguntas a la masa de perros en general acerca de cómo debía proceder, qué número sacaba y si estaba en el lugar correcto. La mujer loca daba pasos al azar, como el vuelo de esas moscas atontadas que forman una nube, era el movimiento de una mosca pero en menos dimensiones. De alguna forma se me estaba acercando y la mujer perro original justo al lado mío me mira y me dice muy naturalmente que le explique a la loca de dónde tiene que sacar el número, decile que es ahí, como si yo cumpliera un obvio rol de intermediario. Ahí noté que muchos de los perros habíamos vuelto a ser personas otra vez.

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