miércoles, 8 de agosto de 2007

Reencuentro. Compañeros de escuela habrían sido. Como siete años desde la última vez que se vieran. Al menos para uno de ellos, para el otro como catorce. Para el que pide perdón todo el tiempo pasaron catorce. Cada cosa que menciona lleva su respectivo pedido de perdón no explícito. Habla de su estado físico mirando al suelo, avergonzado, pide perdón. El hablar de su estado físico no es otra cosa que un pedido de perdón. Lo mismo con su cara, perdón, su carrera universitaria fallida, perdón, que tuvo una hija, perdón perdón perdón. Se llama Julieta. Después dice disculpame y se suena la nariz y está abatido. A la misma vez hace un esfuerzo enorme con todos sus músculos para verse relajado y feliz. El otro es aproximadamente elegante y hasta el momento no habló, está de lentes y lo mira con una sonrisa de ido. Permite que su amigo complete la confesión y entonces entra. Empieza un cuento interminable de su religión nueva, empieza a evangelizar a su amigo con fábulas. Lo agarra del brazo y usa palabras clave. El otro en un principio no logra desentenderse, se hace el interesado. Pero su espanto crece y es necesario escapar: suena su nariz violentamente y retrocede. Larga una despedida a los gritos. Perdón perdón perdón pero hay que irse ya. Huye con un caminar desesperado. Mientras se aleja el religioso le repite que está dejando que el mundo lo coma. Estás dejando que el mundo te coma.

No hay comentarios: