lunes, 31 de marzo de 2008

Padece una fuerte obsesión con la belleza, también se preocupa por lo repulsivo de las cosas. Mide el grado de belleza y mide el grado en que las cosas le provocan repulsión. O no es que mide, es más una perspectiva constante, inamovible desde la belleza y la repulsión, sin poder mirar de otra manera. No mide entonces sino que le es inevitable permanecer en ese mismo lugar y sentir que los recursos ya están agotados, el aire viciado, y sentir todo un mundo conflictivo allá afuera, un mundo incomprensible destrozado y fascinante. Los enormes tedios por los que pasa son un síntoma que se le arraigó cual grasa subcutánea. Por eso tiene problemas en la oficina, problemas matrimoniales, problemas con sus hijos, por eso es que duerme demasiado y al despertar fantasea con cosas bellas, se angustia por cosas repulsivas. Sabe que dormir y esperar son actividades perfectas. Tener que esperar durante horas por algún trámite, en especial si el trámite ya se hizo alguna vez y se conoce la ubicación de los despachos, de los escritorios, si se recuerda a las personas, su maquillaje, entonces esperar es una bendición. Encontrar un tubo fluorescente justo a la altura de los ojos con decenas de pequeños insectos adheridos, ubicados casi en un patrón, muertos y resecándose sobre un tubo fluorescente prendido lleno de gas y brillante, siluetas tan prolijas y ridículas siendo cadáveres. Belleza y repulsión. Al lado se desarrolla una conversación muy ajena y nutritiva acerca de los hombres que se dicen incapaces de saber cuando otro hombre es bello, acerca de la apnea y la asfixia, acerca del odio a los vegetarianos, hay que poder comer cualquier cosa, hay que poder comer plástico y plutonio y roquefort. Hay problemas en la oficina, en el matrimonio, en los hijos, pero hay ratos impagables de no sentir culpa por lo que se está haciendo con la vida propia.

jueves, 27 de marzo de 2008

Una profesora de inglés que tuve dijo que si uno mismo no se quería entonces iba a ser imposible ser querido por otros y un par le saltaron indignados, unas almas torturadas, le saltaron con que incluso podía llegar a ser al revés. Ella usaba pantalones de cuero y nos transmitía su sabiduría en dos idiomas. Nosotros recibíamos su sabiduría en uno y medio, en uno solo, en cero idiomas. Era muy lindo compartir esos momentos en que las almas torturadas se expresaban, muy lindo el paisaje, la compulsión. Opinaba cada cual y dejaba un residuo cada cual, una maqueta de cartulinas varias, endeble y torpe casita de cartones coloridos hecha sin talento, sin sustancia. Sí que brotaba algo ameno, una armonía especial, la fluidez de unos hipopótamos rodando por la bicisenda, un concurso a la maqueta más esmerada y rosa, un debate prematuro y lleno de gritos. De una de estas sesiones me fui particularmente conforme, una vez que a una cara en general sin gesto se le prendió una bronca bien luminosa: saber que el oponente se retira con la certeza de triunfo cuando en realidad no ha entendido nada, nada de nada de la vida, y sin alma alguna que se rescatara de aquello y pudiera aunque sea aliarse un poco en parte mínima metiendo mal bocado erróneo pero en discordia, bocado revelador que hiciera ver a triunfo su ceguera, que en el estómago a todos nos diera una puntada amarga de sospechar que triunfo no estaba entendiendo nada pero nada de nada de la vida. Y sin gesto quedó con gesto en la cara, una desolación como nunca antes. Pocos habremos sido supongo los que nos llevamos un buen recuerdo, los que registramos el instante en que una parte de sin gesto murió no en vano, esa parte muerta significó el nacimiento de otra cosa, corrompida, dolorosa, infinita.

jueves, 6 de marzo de 2008

Creo que nunca me dormí en un colectivo. Serían las dos de la tarde y muy cerca de mí un hombre dormía profundamente en su asiento de colectivo, sin siquiera apoyarse sobre el respaldo parecía dormir profundamente. La cabeza cayendo, los hombros de persona abatida, una postura al límite del quiebre óseo en un equilibrio frágil. El colectivo doblaba y frenaba y las mujeres chillaban y este hombre parecía dormir profundamente. Pensé que podría estar muerto y tuve que mirarlo con detalle en busca de signos vitales, escudriñar casi indecorosamente desde mi posición. La distancia que nos separaba resultó suficiente para no corroborar nada. Sin certeza entonces de que respiraba, sin certeza de que movía un poco las manos, sin certeza de que un cadáver pueda mantenerse en esa postura como de levitación. Se sabe que hay cuestiones musculares en los recién muertos, rigideces, artefactos fisiológicos, el cuerpo insiste y hace algunas cosas, se hace el vivo. Un celular sonó estridente y el muerto respondió con un sacudón violento. Yo lo estaba observando, yo clavaba mis ojos en su cara justo en ese momento y me sobresaltó su reacción, él vio mi sobresalto, creo que llegó a ver algo de mi concentración tan aguda hacia él y el inmediato pasaje a sobresalto vergonzoso y se persiguió un poco y yo también. A partir de la llamada telefónica al ex personaje misterioso el muerto quedó bien despierto lanzándome miradas de control con cierta regularidad. Controlaba si lo estaba mirando y yo sí lo estaba mirando a veces aunque no quería porque yo también se ve que necesitaba controlarlo a él. Es increíble lo rápido que pueden moverse los ojos para mirar a alguien, a otros ojos, lo hacen como desobedeciendo al cerebro. Yo estuve en un trance así durante gran parte de mi viaje en colectivo, hasta que el muerto se bajó. Creo que nunca me morí en un colectivo.