jueves, 6 de marzo de 2008

Creo que nunca me dormí en un colectivo. Serían las dos de la tarde y muy cerca de mí un hombre dormía profundamente en su asiento de colectivo, sin siquiera apoyarse sobre el respaldo parecía dormir profundamente. La cabeza cayendo, los hombros de persona abatida, una postura al límite del quiebre óseo en un equilibrio frágil. El colectivo doblaba y frenaba y las mujeres chillaban y este hombre parecía dormir profundamente. Pensé que podría estar muerto y tuve que mirarlo con detalle en busca de signos vitales, escudriñar casi indecorosamente desde mi posición. La distancia que nos separaba resultó suficiente para no corroborar nada. Sin certeza entonces de que respiraba, sin certeza de que movía un poco las manos, sin certeza de que un cadáver pueda mantenerse en esa postura como de levitación. Se sabe que hay cuestiones musculares en los recién muertos, rigideces, artefactos fisiológicos, el cuerpo insiste y hace algunas cosas, se hace el vivo. Un celular sonó estridente y el muerto respondió con un sacudón violento. Yo lo estaba observando, yo clavaba mis ojos en su cara justo en ese momento y me sobresaltó su reacción, él vio mi sobresalto, creo que llegó a ver algo de mi concentración tan aguda hacia él y el inmediato pasaje a sobresalto vergonzoso y se persiguió un poco y yo también. A partir de la llamada telefónica al ex personaje misterioso el muerto quedó bien despierto lanzándome miradas de control con cierta regularidad. Controlaba si lo estaba mirando y yo sí lo estaba mirando a veces aunque no quería porque yo también se ve que necesitaba controlarlo a él. Es increíble lo rápido que pueden moverse los ojos para mirar a alguien, a otros ojos, lo hacen como desobedeciendo al cerebro. Yo estuve en un trance así durante gran parte de mi viaje en colectivo, hasta que el muerto se bajó. Creo que nunca me morí en un colectivo.

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