jueves, 27 de marzo de 2008

Una profesora de inglés que tuve dijo que si uno mismo no se quería entonces iba a ser imposible ser querido por otros y un par le saltaron indignados, unas almas torturadas, le saltaron con que incluso podía llegar a ser al revés. Ella usaba pantalones de cuero y nos transmitía su sabiduría en dos idiomas. Nosotros recibíamos su sabiduría en uno y medio, en uno solo, en cero idiomas. Era muy lindo compartir esos momentos en que las almas torturadas se expresaban, muy lindo el paisaje, la compulsión. Opinaba cada cual y dejaba un residuo cada cual, una maqueta de cartulinas varias, endeble y torpe casita de cartones coloridos hecha sin talento, sin sustancia. Sí que brotaba algo ameno, una armonía especial, la fluidez de unos hipopótamos rodando por la bicisenda, un concurso a la maqueta más esmerada y rosa, un debate prematuro y lleno de gritos. De una de estas sesiones me fui particularmente conforme, una vez que a una cara en general sin gesto se le prendió una bronca bien luminosa: saber que el oponente se retira con la certeza de triunfo cuando en realidad no ha entendido nada, nada de nada de la vida, y sin alma alguna que se rescatara de aquello y pudiera aunque sea aliarse un poco en parte mínima metiendo mal bocado erróneo pero en discordia, bocado revelador que hiciera ver a triunfo su ceguera, que en el estómago a todos nos diera una puntada amarga de sospechar que triunfo no estaba entendiendo nada pero nada de nada de la vida. Y sin gesto quedó con gesto en la cara, una desolación como nunca antes. Pocos habremos sido supongo los que nos llevamos un buen recuerdo, los que registramos el instante en que una parte de sin gesto murió no en vano, esa parte muerta significó el nacimiento de otra cosa, corrompida, dolorosa, infinita.

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