lunes, 29 de septiembre de 2008


Otra película que fui a ver es El fumigador. Trata de un hombre que fumiga. Usa un traje que usan los hombres que fumigan, usa un aparato de fumigar y va a un lugar y fumiga. Se lo ve trabajar en un invernadero de dimensiones impresionantes, cantidad de vidrio, luz, sistema de ventilación haciendo un ruido casi blanco, follajes varios y flores. Una presencia gélida en un ambiente absolutamente cálido. Esa misma presencia también se mueve por pasillos oscuros, el fumigador habla con científicos que le dan indicaciones y deambula incansable y sube escaleras y lleva su traje y su aparato y su voz es grave y usa palabras adecuadas y las pronuncia como si tuvieran muchos ángulos, como si estuvieran escritas con una tipografía siniestra. El fumigador tiene grandes planes. En una escena se ve el invernadero, la construcción completa y a lo lejos el personaje practicando unos movimientos en medio de una extensión silvestre de pastos e insectos, el sol siempre presente, quemando, y el fumigador en sus movimientos fumigatorios vestido de blanco y el sonido son pájaros que cantan. Después otra vez penumbras y pasos que retumban, solamente eso durante minutos, camina despacio durante minutos eternos y retumba molesto y se ven muchas luces de emergencia. Habla con científicos que le dan indicaciones y los científicos nunca son tan misteriosos, tan graves e impersonales como él. Esta es otra película que fui a ver y que me dio sensaciones tan vacías que tuve miedo de volverme loca. Se la recomendé a mi padrino y mi padrino fue a verla y me dijo
- Es la peor película que vi en toda mi vida.
Porque no pasaba nada, dijo que en esa película no pasaba nada y que cómo siempre que nos veíamos yo estaba en un estado de aburrimiento que era la perdición y después veía esa película y quedaba maravillada, si no pasaba nada, y que me había vuelto completamente loca.

miércoles, 24 de septiembre de 2008


Las chicas de la oficina son terribles, les llevás una información cualquiera y la mastican como vacas, la regurgitan y la mugen. Las chicas de la oficina me arañan con sus garras bovinas tan sutilmente que yo accedo como si fueran caricias, como si quisieran ser mis amigas, yo hablo presa de la euforia que me crispa el corazón cuando las personas se me acercan como si quisieran ser mis amigas, digo cosas tibias, gratas, digo lo que ellas quieren porque ellas se me acercan a pesar de mi psoriasis y mis manos grandes y mis lentes que no son modernos. Cuando la jornada termina nos pasa a buscar el transporte y durante el viaje no hablo con nadie, me voy dando cuenta de mis flaquezas recientes, me voy dando culpa y para distraerme escucho cómo los demás conversan y algunos se ríen y ellas van bien atrás y se ríen más. El transporte avanza por una zona de ciclistas, ciclistas raza ciclista, yo trato de ver sus caras sufridas pero es imposible porque es una raza llena de accesorios fluorescentes y tornasolados y lycra y entonces los ciclistas no tienen cara y vuelvo a pensar en mis flaquezas y me arrepiento mucho de la información que di, de la información que me obligaron a saber mientras comíamos nuestras respectivas ensaladas de vegetales modificados genéticamente que te dicen que se inventaron para poder alimentar al mundo entero, que haya vegetales gigantes y resistentes para la nutrición completa del mundo, y las chicas de la oficina hacen dietas y se desnutren con vegetales hipertrofiados que iban a salvar al mundo y las chicas se jactan de la genética y comen pasto, pasto, pasto y hablan, hablan, hablan y despiertan mi lado oscuro, que vendría a ser el más claro en realidad, color pastel, color de algo que se diluyó mucho más de lo debido.

lunes, 8 de septiembre de 2008


A un hombre le falta el brazo izquierdo. Camina hasta un lugar en donde venden cosas como cigarrillos, tarjetas telefónicas. Es un lugar al que no se entra del todo porque es chico como una cabina. Se ve que el hombre compra un diario y lo dispone bajo su brazo único. Algo pasa que obliga a una espera mirando primero al vendedor que busca monedas supongo, cambio, y después miradas distraídas a la calle. Miradas a una mujer que pasa llevando un vestido incorpóreo que permite sobreentender su parte corpórea delicadamente. El hombre sin brazo queda colgado de esa imagen, de esa mujer pelirroja que desaparece rápido. El hombre con brazo termina su interacción con el vendedor y sale. Camisa adentro del pantalón, cinturón bien ajustado, un aire de timidez cuando camina, zapatillas tan blancas como es posible. Hay al menos dos películas con la escena cruda de hombre que pierde brazo en explosión, uno en contexto bélico, otro en contexto más bien terrorista. En ambos casos la reacción del hombre involucrado es la misma: agarrar el brazo desprendido con la mano del brazo prendido. Y lo que sigue será caer desmayado, llegar a correr un poco capaz como escapando de la realidad, pero esto no se muestra. El hombre del diario avanza unos metros y nota la figura de otro hombre que avanza por la misma cuadra en dirección contraria, también le falta el brazo izquierdo. Cuando se cruzan hay una disminución de velocidades, ínfima pero evidente, hay unas miradas a sus respectivos no brazos y a uno se le escapa un hola a medias, un hola desde las profundidades de su mente que no se permite a salir del todo. El otro en respuesta lo mira a los ojos y enseguida reanudan su marcha. Hubo esa cuestión de las soledades que te unen, esto por un lado. Por el otro: faltaba un par de brazos entre dos personas y eso es mucho.