miércoles, 24 de septiembre de 2008


Las chicas de la oficina son terribles, les llevás una información cualquiera y la mastican como vacas, la regurgitan y la mugen. Las chicas de la oficina me arañan con sus garras bovinas tan sutilmente que yo accedo como si fueran caricias, como si quisieran ser mis amigas, yo hablo presa de la euforia que me crispa el corazón cuando las personas se me acercan como si quisieran ser mis amigas, digo cosas tibias, gratas, digo lo que ellas quieren porque ellas se me acercan a pesar de mi psoriasis y mis manos grandes y mis lentes que no son modernos. Cuando la jornada termina nos pasa a buscar el transporte y durante el viaje no hablo con nadie, me voy dando cuenta de mis flaquezas recientes, me voy dando culpa y para distraerme escucho cómo los demás conversan y algunos se ríen y ellas van bien atrás y se ríen más. El transporte avanza por una zona de ciclistas, ciclistas raza ciclista, yo trato de ver sus caras sufridas pero es imposible porque es una raza llena de accesorios fluorescentes y tornasolados y lycra y entonces los ciclistas no tienen cara y vuelvo a pensar en mis flaquezas y me arrepiento mucho de la información que di, de la información que me obligaron a saber mientras comíamos nuestras respectivas ensaladas de vegetales modificados genéticamente que te dicen que se inventaron para poder alimentar al mundo entero, que haya vegetales gigantes y resistentes para la nutrición completa del mundo, y las chicas de la oficina hacen dietas y se desnutren con vegetales hipertrofiados que iban a salvar al mundo y las chicas se jactan de la genética y comen pasto, pasto, pasto y hablan, hablan, hablan y despiertan mi lado oscuro, que vendría a ser el más claro en realidad, color pastel, color de algo que se diluyó mucho más de lo debido.

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