lunes, 8 de septiembre de 2008


A un hombre le falta el brazo izquierdo. Camina hasta un lugar en donde venden cosas como cigarrillos, tarjetas telefónicas. Es un lugar al que no se entra del todo porque es chico como una cabina. Se ve que el hombre compra un diario y lo dispone bajo su brazo único. Algo pasa que obliga a una espera mirando primero al vendedor que busca monedas supongo, cambio, y después miradas distraídas a la calle. Miradas a una mujer que pasa llevando un vestido incorpóreo que permite sobreentender su parte corpórea delicadamente. El hombre sin brazo queda colgado de esa imagen, de esa mujer pelirroja que desaparece rápido. El hombre con brazo termina su interacción con el vendedor y sale. Camisa adentro del pantalón, cinturón bien ajustado, un aire de timidez cuando camina, zapatillas tan blancas como es posible. Hay al menos dos películas con la escena cruda de hombre que pierde brazo en explosión, uno en contexto bélico, otro en contexto más bien terrorista. En ambos casos la reacción del hombre involucrado es la misma: agarrar el brazo desprendido con la mano del brazo prendido. Y lo que sigue será caer desmayado, llegar a correr un poco capaz como escapando de la realidad, pero esto no se muestra. El hombre del diario avanza unos metros y nota la figura de otro hombre que avanza por la misma cuadra en dirección contraria, también le falta el brazo izquierdo. Cuando se cruzan hay una disminución de velocidades, ínfima pero evidente, hay unas miradas a sus respectivos no brazos y a uno se le escapa un hola a medias, un hola desde las profundidades de su mente que no se permite a salir del todo. El otro en respuesta lo mira a los ojos y enseguida reanudan su marcha. Hubo esa cuestión de las soledades que te unen, esto por un lado. Por el otro: faltaba un par de brazos entre dos personas y eso es mucho.

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