martes, 28 de octubre de 2008


Pasé por un lugar en donde venden ropa para mujeres embarazadas. Miré la vidriera. Miré los maniquíes embarazados a fuerza de un relleno accesorio, desmontable, confeccionado a base de cierto material capaz de tomar la forma que se le quiere dar pero sólo de manera aproximada, imperfecta. Poliuretano te diría, o bolsas plásticas, como les gusta a los locos. Y por encima un traje a finas rayas o flores atontantes, colores embarazados como el celeste y el rosa pálido, algún dibujo de animal cachorro. Y por debajo la malformación aquella que nadie quisiera parir. Los maniquíes antes venían con cabeza y ahora no, antes tenían una cara y ahora me parece que no, antes parecía que te miraban. Yo ando mejor ahora que los maniquíes vienen sin cabeza, no sé qué le pasará al resto de la gente. Hoy en el hospital mientras esperaba que llegara el cardiólogo creí escuchar una conversación sobre maniquíes y cuando agudicé resultó que no, que hablaban de un niño prodigio de la cumbia villera. Me entretuve. El cardiólogo nunca llegó, hubo que sacar otro turno y hubo que irse con ese tipo de alivio que es el peor: cuando las cosas se posponen. Hubo mucho papeleo además, hablar con personas que son como autistas del papeleo, y mucha exhuberancia hospitalaria. Gente que camina raro y veo pasar ocho veces, ancianos tan frágiles, completamente idos, embarazadas con tres hijitos ya nacidos a su alrededor, uno llorando. Yo cuando voy a un hospital me siento más cerca de la humanidad.

miércoles, 22 de octubre de 2008


Parece haber desarrollado unos olfatos nuevos, unos sentidos que le dan soltura en las incursiones que hace, supongamos, en las artes plásticas, supongamos, en la gastronomía o en la zoología aplicada, en la novela policial, en la cosmética, supongamos, en un mercado al que vamos que es atendido por personas raras. Yo le creo a sus olfatos, ella misma también, y yo por mi parte entiendo que es nada más y nada menos que eso: olfato, ella por su parte cree tener fundamentos teóricos y yo creo en cambio que ha desarrollado un olfato especial y por eso me fascina. La intuición es algo para fascinarse. Yo tengo intuiciones pero siempre erradas y por eso no las considero o termino por encontrarles fundamentos teóricos, varios, sin buscarlos, sin por esto recibir gratificación alguna. Ella ejerce su intuición sin empañarla demasiado y parece una persona normal y feliz, bueno a veces anormal, infeliz incluso, y yo independientemente de esto último insisto en ponerla a prueba. Es en realidad una actividad que intento compulsivamente para llenar el vacío que se genera cuando estamos juntas, sin querer la pongo a prueba y ella siempre consigue salidas que no me esperaba, salidas que tienen las de ganar y que ni siquiera me esperaba. Me gusta ver cómo afina su olfato hasta las últimas consecuencias, cómo construye personalidades, situaciones del pasado y del presente, del futuro, todo a partir de la evidencia dudosa que el mundo le va dejando para que pruebe con alguno de sus olfatos en desarrollo. Como ser una señora de lentes de marco bordó mirando con insistencia hacia un lugar específico en la heladera de los embutidos y chacinados y fiambres, una mirada desesperada casi, que trata de ocultar pero no, muy inquietante y no tan reveladora como yo quisiera pero más que suficiente para vos. Vos conocés a esa mujer por esa mirada a una terrible bondiola de la zona de embutidos y chacinados y fiambres, la conocés y no te cabe la menor duda. Me gusta saber cosas que cuando las digo ya no las sé y en cambio ella va sabiendo sus cosas a medida que las dice.

miércoles, 15 de octubre de 2008


El presidente habla y yo de todo lo que dice entiendo una sola palabra. Monopolio. No pienso en el concepto, me quedo solamente con los sonidos, el vocablo. Monopolio. Es lo último que dice el presidente antes de ceder el micrófono a un personaje de voz grave que más tarde retomaría el tema monopolio, pero eso en otro escenario, tomaría un gin tonic y retomaría el tema monopolio sentado a una mesa servida con unas pizzas por demás excéntricas, en la vereda, un vidrio separaba nuestro sector externo del sector interno que yo sentía particularmente ajeno, y a través de ese vidrio vi reír al presidente y vi que cuando reía el presidente también reían sus compañeros de mesa, que estaban verdosos o azulados según algo de la iluminación. Al presidente se le notaba un estrabismo feroz.
-Presidente es un apodo que le puse ayer
dice voz grave sin jactancia casi. Hay oscuridad en voz grave pero también hay claridad. Oscuridad cuando llega a un evento con otros dos señores, bien encamperados todos, llega a un evento de música con el presidente y otro más de la índole correcta. Después el presidente bailaría alocado y encamperado aun. Después le darían el micrófono. Hay claridad en voz grave cuando alguien habla de hacer bajar al presidente, bajar o tal vez volver era más bien la palabra, volver. Quiere darle una de las pastillas que él toma a ver si lo hacen bajar, volver. Es gracioso, el presidente ríe a través del vidrio y mira en direcciones estrábicas mientras afuera se habla de hacerlo bajar o volver. En ese momento voz grave tiene claridad. También la tiene cuando dice
-No tiene algo bravo, tiene algo bravísimo.

sábado, 4 de octubre de 2008


Yo estaba pensando en vos, estaba pensando tanto en vos que me pasé de largo, iba caminando y pensando patológicamente en vos y en un momento paré sin saber ni a dónde estaba ni a dónde iba. Fue un momento de pánico, miré a mi alrededor y todo era desconocido y conocido a la vez, lleno de objetos que no correspondían y sí correspondían a la vez, algo con los colores, primaveral hasta el hartazgo y lleno de basura, plantas y basura, gente elegante y basura, aire denso cargado de aromas de polen y basura, cosas así normales. Yo estaba entre basura y colores de primavera y pensaba en vos y te odié repentinamente una vez que fui conciente de dónde estaba y a dónde iba y que el mundo seguía siendo un lugar con basura y belleza simultáneas en cantidades insoportables. Después casi me largo a llorar, fueron un par de emociones ahí que merecían un llanto silencioso, visceral. Pero no se puede llorar en la calle y disfrutarlo salvo que estés demasiado más allá del bien y del mal y yo tengo particular arraigue al bien y al mal y a todo lo del medio te diría, y que alguien me vea llorando por la calle, que alguien vea mis lágrimas que son algo tibio y cargado de emoción que sale del interior mío, eso me haría muy mal. Entonces me aguanté. Y me acordé de la vez que estaba llorando en un locutorio y una mujer ni se dio cuenta y me habló de que juntaba firmas para salvar a perros desvalidos y yo sonreía y lloraba y firmé.