martes, 28 de octubre de 2008


Pasé por un lugar en donde venden ropa para mujeres embarazadas. Miré la vidriera. Miré los maniquíes embarazados a fuerza de un relleno accesorio, desmontable, confeccionado a base de cierto material capaz de tomar la forma que se le quiere dar pero sólo de manera aproximada, imperfecta. Poliuretano te diría, o bolsas plásticas, como les gusta a los locos. Y por encima un traje a finas rayas o flores atontantes, colores embarazados como el celeste y el rosa pálido, algún dibujo de animal cachorro. Y por debajo la malformación aquella que nadie quisiera parir. Los maniquíes antes venían con cabeza y ahora no, antes tenían una cara y ahora me parece que no, antes parecía que te miraban. Yo ando mejor ahora que los maniquíes vienen sin cabeza, no sé qué le pasará al resto de la gente. Hoy en el hospital mientras esperaba que llegara el cardiólogo creí escuchar una conversación sobre maniquíes y cuando agudicé resultó que no, que hablaban de un niño prodigio de la cumbia villera. Me entretuve. El cardiólogo nunca llegó, hubo que sacar otro turno y hubo que irse con ese tipo de alivio que es el peor: cuando las cosas se posponen. Hubo mucho papeleo además, hablar con personas que son como autistas del papeleo, y mucha exhuberancia hospitalaria. Gente que camina raro y veo pasar ocho veces, ancianos tan frágiles, completamente idos, embarazadas con tres hijitos ya nacidos a su alrededor, uno llorando. Yo cuando voy a un hospital me siento más cerca de la humanidad.

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