sábado, 29 de noviembre de 2008


Llegaste justo cuando los de sanidad clausuraban mi habitación. Perimetraban con cinta demarcatoria, vestían sus trajes antipatológicos antitoxiocológicos antiestéticos, una onda con mucha pretensión de NASA, las caras serias tras unos cascos como para salir fuera de la atmósfera. Llegaste y estos hombres con sus trajes y cinta precaria te asustaron un poco, no comprendías qué pasaba. Yo recién me levantaba de la siesta, salí y traté de explicarles que era absurdo que clausuraran mi habitación, que toda la ciudad estaba así. Creo que sus cascos hacían de barrera a todo lo que les decía, creo que no podían escucharme. Intentaste alejarte, sé que necesitabas mirar la situación desde más afuera, pero mi vecino del cuatro te interceptó. Pude ver su maniobra, fue y te invitó a unas charlas de metafísica, que viene gente de Buenos Aires, que es gente muy preparada. Mi vecino del cuatro ni se había percatado del operativo a su alrededor. Yo miraba a los hombres trabajar con esmero, tuvieron la delicadeza de dejarme fuera del perímetro de cinta, eso me gustó. También me hablaron un par de veces, frases memorizadas a la perfección, ensayado el tono de voz, la articulación tranquilizadora, yo ya había abandonado mis intentos de hacerme entender. En ningún momento pudimos comunicarnos realmente. Como con los niños pobres esos que entraron al patio del bar a vender cositas coloridas de plástico, cinco hermanitos pobres que iban llegando de a uno, nosotros comíamos una pizza. No queríamos comprarles nada, sí hubo un intento de comunicación. Somos pobres, dijo un pobre. Nosotros también, dijo un no pobre. Después se fueron, descuidando un poco sus caras de tristes. Con los de sanidad lo mismo, cuando se iban le aflojaron un poco a la seriedad, uno me miró con lástima, con comprensión. Vos le tiraste una tosca que rebotó en su casco haciendo un ruido lindo, un ruido nuevo.

viernes, 7 de noviembre de 2008


Tomándome una gaseosa con mis padres adoptivos me enteré de la edad de una persona que conozco poco. El dato me sorprendió, su cara daba para bastante menos, un caso claro de edad facial precoz. Bolsas en los ojos donde guardará su deuda de sueño, o no. Cuántas horas diarias dormirá. A mis padres y a mí nos encantan los números, también a la gente de crónica tv, y a todo el resto de la gente normal. Una compañera de trabajo dio a luz a un hijo recientemente, nos mandó un mensaje que decía el nombre del nuevo personaje, su talla y peso. Para imaginármelo miré los cerámicos del piso, siempre tuve la idea de que miden veinte centímetros, es así, cuando quiero medir algo mentalmente recurro al cerámico estándar. He efectuado mediciones terribles a base de cerámicos. Y ahora esto, un bebé. Pregunto a mis padres adoptivos cuánto medía y pesaba yo al nacer, les hago ese chiste maldito. No les causa, creo que no lo entienden, somos tan distintos. Casi lamento haber irrumpido en sus vidas que iban tan bien, en recuentos felices de cosas cotidianas comestibles y demás. Tuve suerte, ellos no creo. Igual se los ve saludables, todavía con esa alegría de vivir tan manifiesta, de tomar gaseosa y hablar y que haya una calidez. No puedo contra eso, me obligan a un comportamiento ejemplar, me sumo dócilmente a los conteos y comentarios acerca de personas que conozco poco. Después me voy, camino un par de cuadras por la calle de tierra con la cabeza haciendo todo tipo de maneje para que lo que dije sea verdad.