viernes, 7 de noviembre de 2008


Tomándome una gaseosa con mis padres adoptivos me enteré de la edad de una persona que conozco poco. El dato me sorprendió, su cara daba para bastante menos, un caso claro de edad facial precoz. Bolsas en los ojos donde guardará su deuda de sueño, o no. Cuántas horas diarias dormirá. A mis padres y a mí nos encantan los números, también a la gente de crónica tv, y a todo el resto de la gente normal. Una compañera de trabajo dio a luz a un hijo recientemente, nos mandó un mensaje que decía el nombre del nuevo personaje, su talla y peso. Para imaginármelo miré los cerámicos del piso, siempre tuve la idea de que miden veinte centímetros, es así, cuando quiero medir algo mentalmente recurro al cerámico estándar. He efectuado mediciones terribles a base de cerámicos. Y ahora esto, un bebé. Pregunto a mis padres adoptivos cuánto medía y pesaba yo al nacer, les hago ese chiste maldito. No les causa, creo que no lo entienden, somos tan distintos. Casi lamento haber irrumpido en sus vidas que iban tan bien, en recuentos felices de cosas cotidianas comestibles y demás. Tuve suerte, ellos no creo. Igual se los ve saludables, todavía con esa alegría de vivir tan manifiesta, de tomar gaseosa y hablar y que haya una calidez. No puedo contra eso, me obligan a un comportamiento ejemplar, me sumo dócilmente a los conteos y comentarios acerca de personas que conozco poco. Después me voy, camino un par de cuadras por la calle de tierra con la cabeza haciendo todo tipo de maneje para que lo que dije sea verdad.

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