martes, 30 de diciembre de 2008


Noté algo en tu parpadeo, algo que lo hace descomunal. Primero un ojo y después el otro. El derecho procede y al izquierdo le toma un tiempo, lo espera y lo copia de inmediato. Da sensación de direccionalidad, de ir hacia la derecha. Casi a la vez noté una fragancia tipo desodorante masculino que te atribuí sin dudar. Estabas gesticulando lo suficiente, movimientos explicativos de grandes brazadas, reacomodos en tu silla. Cada frase la terminabas con uno de tus parpadeos, cada parpadeo como una prolongación necesaria de tus frases. Tu interlocutor sintió la amenaza, le sobrevino un tic espasmódico en la pierna derecha, un tiemble oculto bajo la mesa. A vos también algo te atacaba, algo que te daba una pelea digna, un momento de gloria, de expresión catártica. Te estabas luciendo y tu interlocutor temblaba. Su defensa verborrágica no hacía más que poner en evidencia las costuras toscas con que unía sus presuntos saberes. Se volvió vulnerable pero lo dejaste pasar. No tirabas a matar, en el momento más ruidoso ya ni siquiera discutían. Se volvió más una carrera en solitario, un deporte para tantear los límites propios. Te fuiste silenciando gradualmente, fuiste entendiendo lo que la situación ameritaba. Comprendiste. Había que esperar que se le pasara el estado de habla demencial, había que escuchar con apatía toda la sarta de cosas poéticas que tropezaban entre sí para explicar fenómenos de la física de partículas, había una habilidad poética en tu interlocutor. No sé si en algún momento respiraron aliviados. Sí sé que yo quería aprender a comportarme así, como alguno de ustedes dos.

lunes, 8 de diciembre de 2008


Le bajó la presión en casa muy ajena, de desconocidos prácticamente, le bajó mucho la presión y al principio quiso rescatarse, quiso hacerse el de presión desapercibida pero su color blanquecino verdoso llamó la atención de la señora de allí de la casa y entonces lo hizo sentar y le ofreció un té, como unas siete veces le ofreció un té, tuvo que pelearla la señora frente a la negativa débil y poco convincente del personaje ahora grisáceo, siete veces y nunca un sí. Igual el té le fue preparado, le fue azucarado con esmero, y el personaje gris qué hizo: se tomó su té siete veces rechazado, lo tomó y vio en la taza restos de lápiz labial fucsia y eso no le gustó nada, y menos le gustó la idea de tener que permanecer en ese lugar algún tiempo más porque la señora de la casa no iba a dejarlo ir así, moribundo como estaba, incoloro, agónico, ella tiene como siete hijos, parece, ella sabe lo que es la baja presión porque uno de sus hijos. Gris sonríe, al borde del desmayo gris es capaz de sonreír y esto es interesante porque se trata de una persona muy seria, se trata de una persona escribana además. Gris es escribano y serio y cobra sesenta pesos por una firma y no tiene vida social y no tiene hijos y trabajando le pasa esto de un bajón de presión, algo completamente nuevo para él a sus 35 años de salud física crónica. Gris tiene un poco de miedo y entonces sonríe, gris se siente a merced de la señora de la casa. La señora de la casa se siente necesaria, feliz.

martes, 2 de diciembre de 2008


Hay que mentir, dice. Que hay que mentir, que a veces se hace necesario, o mejor: que a veces la verdad se hace absolutamente innecesaria. Ilustra su punto. Que la gente demanda mucho amor, mucho reconocimiento, que nosotros la gente nos andamos con esas cuestiones y está bien, hay que mentir. No por comodidad de uno, no por comodidad del mentido, dice, sí porque es lo correcto. Y después qué, le dice el otro, mentís y después qué. Y, después es terrible.