martes, 30 de diciembre de 2008


Noté algo en tu parpadeo, algo que lo hace descomunal. Primero un ojo y después el otro. El derecho procede y al izquierdo le toma un tiempo, lo espera y lo copia de inmediato. Da sensación de direccionalidad, de ir hacia la derecha. Casi a la vez noté una fragancia tipo desodorante masculino que te atribuí sin dudar. Estabas gesticulando lo suficiente, movimientos explicativos de grandes brazadas, reacomodos en tu silla. Cada frase la terminabas con uno de tus parpadeos, cada parpadeo como una prolongación necesaria de tus frases. Tu interlocutor sintió la amenaza, le sobrevino un tic espasmódico en la pierna derecha, un tiemble oculto bajo la mesa. A vos también algo te atacaba, algo que te daba una pelea digna, un momento de gloria, de expresión catártica. Te estabas luciendo y tu interlocutor temblaba. Su defensa verborrágica no hacía más que poner en evidencia las costuras toscas con que unía sus presuntos saberes. Se volvió vulnerable pero lo dejaste pasar. No tirabas a matar, en el momento más ruidoso ya ni siquiera discutían. Se volvió más una carrera en solitario, un deporte para tantear los límites propios. Te fuiste silenciando gradualmente, fuiste entendiendo lo que la situación ameritaba. Comprendiste. Había que esperar que se le pasara el estado de habla demencial, había que escuchar con apatía toda la sarta de cosas poéticas que tropezaban entre sí para explicar fenómenos de la física de partículas, había una habilidad poética en tu interlocutor. No sé si en algún momento respiraron aliviados. Sí sé que yo quería aprender a comportarme así, como alguno de ustedes dos.

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