miércoles, 23 de diciembre de 2009


Entra y nota algo de farándula, algo de presunción de cuarta en el ambiente. Sonríe con farsa, se acomoda el disfraz, y su mirada busca una ventana porque ya extraña la niebla dudosa en la noche de afuera. Aunque amenazaba con una asfixia lenta y le daba un miedo de instinto, busca con los ojos la niebla exterior porque adentro hay una niebla más peligrosa. Por momentos casi sabe que en todas partes va a haber niebla, que es su propio pánico que ve borroso y ajeno, que lo lleva como escondiendo un embarazo, campera puesta y náusea subyacente. Se sirve una bebida y se deja llevar como en un zoológico feliz, va visitando a los animalitos a ver cuál responde mejor a su cariño. Va a los tumbos, a merced de sus emociones de dosis altas, empastillables, y sin recursos para enfrentarlas. Sabe que la farándula de una reunión social de disfrazados puede provocarle una crisis con facilidad espantosa, entonces sin querer toma precauciones que la van desfigurando más y más. Habla con palabras de otros, con voces de otros, opina opiniones que robó inocentemente, incompletas y hechas collage. Hay un disfrazado que le hace unos amagues de desafío filosófico acorde a su disfraz, no se imagina que está al borde de causarle un colapso con llanto y asma y todo el show. Él en realidad no quiere problemas, no quiere llamar a la ambulancia, pero sí tiene la fuerte intención constante de brillar y no ve mucho más allá de su flequillo, no ve el embarazo de doce meses que ella esconde con risitas desesperadas cuando él le pide que justifique lo que se supone que ella dijo. Él la mira con furia y sube el volumen y la violencia de sus argumentos porque está poseído por la sabiduría y fosforece. Ella se siente atacada por un mastodonte, ella va a parir algo ridículo en cualquier momento. Un disfrazado con el morbo suficiente disfruta la escena desde lejos. Otro se acerca a moderar porque se embarazó un poco y duele en su cuerpo el parto ajeno. Morbo se vuelve participativo, se acerca, morbo quiere las tripas de todos y se decide a intervenir. Si la discusión antes no tenía sentido ahora es una ameba gigante que se va volviendo graciosa con sus espasmos gelatinosos. Y al final explota y primero todos se miran y después todos se ríen, pegoteados de algo dulce y sin sustancia, ríen y ríen entregados a una atmósfera de confusión, hasta que entienden que la situación se definió en paz y armonía para cada uno de los implicados y no se sabe bien por qué. Las risas se van apagando pero las miradas se encienden y están agudas. Ahí se nota que los disfraces eran verdad. Los disfrazados no eran disfrazados, eran gente con su ropa correcta, a lo sumo gente con la vida como desmembrada, como varias cosas viajando en líneas paralelas que nunca se tocan y aparentan que sí.

jueves, 3 de diciembre de 2009

Por fin se hacía cierta la amargura que había llegado a sospecharte expresamente con el descuido de conversación entre extraños. Hacía ya semanas que pasábamos gran parte del día todos juntos bajo el mismo techo gris y como recalentado, gente ocupada, estresada, reunida por azar o por error, compartiendo almuerzos que me caían particularmente pesados. Mi amabilidad y mi paciencia se fueron agotando, afloraban indiferencias y opiniones difíciles de recibir con sonrisas, y así los almuerzos se volvieron casi placenteros. Te me ibas acercando y empezamos a coincidir en momentos que para los otros resultaban insignificantes, como mirar el clima triste por la ventana sin hacer comentarios, nunca. Después sí se hizo común que hablaras. Me contabas lo mal que dormías, me contabas sueños con tu voz terrible, y tu amargura se iba haciendo muy cierta. Creo que algo doloroso pasaba en tu garganta, algo doloroso que se había hecho normal como cicatriz. Te despertabas a la madrugada, agotado y con miedo, sentías la presencia de huérfanos en tu habitación, nenitos que se escondían en tu placard y estaban en realidad muertos, alguien los habría envenenado. Qué podrían hacerte. No mucho. Pero cómo tolerar su existencia. Ibas entendiendo que yo también entendía que no se podía ir a confesarle a cualquier personaje optimista un pesimismo que nunca podría respetar. Un día no apareciste y tuve la certeza de que te habías muerto. El pulso me temblaba, lloraba un llanto silencioso y seco por los rincones esperando que alguien diera la noticia. En un ataque de emotividad hablé con los demás, hablé sin prejuicios y sin sarcasmo, con los ojos brillosos, dramáticos. Hablé de la humanidad, de cosas inabarcables. Todos se preocuparon y después se divirtieron cuando vieron que el ataque terminaba y me daba un poco de vergüenza y volvía a ser yo pero ya no era tan yo. Al rato supe que habías pedido el día para ir al casamiento de tu primo. Algo tan ridículo como eso. Y a la mañana siguiente me contaste del casamiento, me hablaste de tu familia, que todos eran más o menos felices, y que mal que mal vos también. Mal que mal. Tu charla se volvió semiluminosa y con rompevientos blanco por si llueve. Mi decepción duró mucho más de lo que me parecía razonable. Hasta que en algún momento supe que la decepción era más bien conmigo, con haberte inventado con tanta ingenuidad, y entonces el período razonable de decepción se me extendió. Esa noche empecé a imaginar huérfanos malditos en mi habitación.

martes, 24 de noviembre de 2009


Le explicabas al otro personaje, que podría ser tu reflejo sobre vidrio espejado de alta fidelidad, en qué consistían tus nuevos proyectos, tus nuevas intenciones, le manifestabas tu indignación, tu aburrimiento, también tu optimismo. Te callaste y creí sentir un sabor amargo en mi boca, a tres metros de distancia te sentí un sabor amargo en mi boca, y además el perfume de tu maquillaje denso. Tus cuatro décadas y alguna otra más sepultadas bajo capa aislante de pegote y desesperación. Tu pollera que dijiste color ciruela. Si comieras una ciruela de ese color te morirías de amargura. Era en realidad el conjunto de vos y tus alrededores lo que resultaba de una amargura mortal. Tuve miedo. No es que los años le hacen esto a la gente, técnicamente, y vale la pena decirlo bien, es que la gente es capaz de transformaciones de lo más inverosímiles si le das años. Tuve un miedo de amargura que venía arrastrando sin resistirme, pretendiendo que no era nada. Capaz que desde esa noche que hablaba con vos y yo era tu espejo. Decías que de ahora en más y que nunca y que siempre, todo lo que ibas a emprender y las precauciones y los hábitos que ibas a cultivar. Pensé en el poco alcance de tus nuncas y tus siempres, en el bicho en que igual te ibas transformando, pensé en que esto podría aplicarse a toda la humanidad, casi. A la mujer de pollera ciruela por fin empezó a hablarle su espejo, y su espejo resultó ser, más bien, una persona en pleno uso de sus facultades racionales que con mucha cautela le dio final al manantial cloacal que salía de su boca. Y, como si leyera mi pensamiento, o mi cara postura mirada y gestos, dijo un par de cosas con toda humildad, un par de comentarios casuales hechos solamente para proponer una alternativa saludable al manantial cloacal que salía de mi mente.

martes, 17 de noviembre de 2009


Dos de noviembre, quince treinta horas, proliferan los árboles de navidad con todo su esplendor plástico. Se entrelazan en mal bosque, se empujan, uno permanece en equilibrio solidario con otros dos. Por si acaso visten gorros rojos en la punta, en lo que alguien habrá supuesto equivalente anatómico a la cabeza humana. Así da gusto caminar por esta ciudad. Dieciséis horas, llego y en la mesada hay un par de esos tés que él prepara con esmero al ras de la taza, sin margen para el error humano que él mismo tan internalizado tiene. Vuelca. Esos tés que hacen manchas acumulativas en una casa que se limpia poco, que en el mantel que mezcla frutas flores y cuadros fueron formando una geografía que me distrae. Esos tés. Tenemos una conversación inútil, inofensiva, la mejor que podía pasarnos. Posiciones de perros al dormir, cosas que te enterás por facebook, un tipo especialista en tela antiestática. Yo estaba ahí estirando una amistad que amenazaba gravemente con no tener excusa, con no tener sentido, yo estaba en eso y vos también, y a las diecisiete horas, a las diecisiete horas cero tres que tu reloj horripilante marcaba, hubo un blanqueo de la situación, un blanqueo que nadie llamó y que nadie necesitaba y que hubiéramos querido evitar, un blanqueo que se hizo presente por sí solo y tuvimos que recibirlo y nos encontramos abriendo los ojos y no pudiendo mirarnos y el sueño se nos pasó y la frivolidad y supimos que nos estábamos despidiendo, que este encuentro era más una despedida que un intento de fortalecer lazos y el blanqueo, como era de carácter telepático intuitivo paranormal, era como un ovni aterrizando en tu patio, se iba sucediendo a la vez que le poníamos un esfuerzo desesperado a la conversación de perros y navidades porque al final era mejor cuando éramos normales y nos aburríamos o no éramos interesantes o no teníamos sensaciones o éramos amigos, al final era mejor eso podés creer excepto en la retrospectiva de las veintitrés quince horas, comiendo hamburguesas en una borrachera feliz, blanqueada y humana.

viernes, 30 de octubre de 2009


Subimos a la terraza a ver un corte de luz. Creía que ver un corte de luz era ver nada, resultó ser mucho más. Él llevaba un aparato iluminador que daba una luz blanca, tenue y sucia, que en esas circunstancias estaba muy bien. El paisaje de los techos, de la luna, me producía una fascinación que no esperaba. Un rato después bajaríamos y le haría probar el café una vez más, era un lunes odioso, una noche de verano infernal que con estos detalles se iba volviendo algo mejor. Estaba por irme pero el momento empezó a prolongarse, empezó a extenderse como pegajoso y era imposible escapar. Adopté una posición de descanso en mi bicicleta y él se sentó en un cantero. Casi no conversamos, se dio un silencio que parecía de autocontemplación. Tu expresión podría corresponder a la de alguien que sabe que su vida no va a cambiar drásticamente por ninguna cosa, ninguna, que no hay milagros, ni suerte, ni hadas, ni personas tan excesivamente inspiradoras por demasiado tiempo, alguien con esa decepción crónica eras, con una melancolía básica que es correcto aceptar. Pasó un auto con un personaje pelado conocido que nos saludó. En esa época ese personaje pelado era de mis preferidos y por eso este episodio me significó un entusiasmo momentáneo que me sacó el susto de mirarse uno tan adentro. Qué tiene este lunes de lunes. Hablamos del pelado. También quisiste hablar de tu propio personaje preferido y de su auto, había una anécdota. En eso surgió el capricho de que probaras de nuevo el café y entramos y de nuevo no te gustó, creo que para ese entonces el corte de luz ya había terminado. Cuando volvía pedaleando el esfuerzo que tenía que hacer era ridículo, el viento era de cálido a sofocante, me sacaba la energía peor que un desconocido psicótico hablándome de música en el colectivo, hablándome de música en idioma matemático en un colectivo con trescientas personas colgadas de los caños, me sacaba la energía. Qué tiene este lunes de lunes, qué tiene un lunes de lunes. Ya no era lunes, pensé, ya el reloj decía que era martes, ampliamente, y eso amagó con cambiarme las sensaciones. Qué engaño esto de los días de la semana, esto de las horas, qué engaño que al ser humano le encanta. Cuando se cortó la luz de nuevo y la calle se volvió una boca de lobo terrible que respiraba aire tibio y semipodrido, en ese momento oscuro y de baja presión, me amigué con el calendario, me amigué con la alarma del reloj que sonó por error como diciendo que qué importaba, si igual puede pasar cualquier cosa en cualquier parte.

martes, 27 de octubre de 2009


Leyendo artículos de cómo funcionan los cerebros se me pasó hasta la más mínima intención de entender algo del tema. Desde afuera puede ser prometedor, leés los títulos y te imaginás el resto con palabras sueltas, con una asociación libre errónea que igual nunca podría convencerte. Y a medida que te metas el paisaje va a sufrir sus colapsos y vas a decepcionarte. De nuevo. Hay una ingenuidad arrastrándote hacia el horizonte, y si eso no estuviera creo que te morirías. Te quejás, pero las cegueras de la emoción podrían estar manteniéndote con vida. Aprendés que no ver es tan importante como sí ver, y empezás a lamentar lo mucho que te estropeaste. Es como lo contrario de la gente que dice que encontró a dios. Discutiendo sobre cómo funcionan los cerebros se me pasó la culpa, el cartón, el celofán, se me pasó el hambre, la sed, la voz se me puso gallinácea. De nuevo. Después revolvimos todos un poco para que cada cual encontrara su envoltorio, su material característico, y se volviera a abrigar. De ahí en más era cuestión de mantener la amabilidad de personas que no se conocen, las cortesías, seguir unas pautas mínimas hechas para que después no haya rencores. Empiezo a valorar las cortesías, empiezo a valorarlas desmedidamente. Son difíciles las cortesías, requieren un esfuerzo, una atención que ponés porque las personas te importan. Y si no te importan entonces no te tomás ciertos trabajos. Ese es el cálculo del cerebro, así funcionan los cerebros, sacan sus conclusiones sin que lo sepas, hacen balances de lo poco que te importo los cerebros, de la energía insumida los cerebros en todo lo que no valió la pena, los cerebros, no es gratuito los cerebros, no te permiten ser un ser desinteresado, ser un ser los cerebros, machacan hasta que te acartonás, hasta que te vestís de celofán rojo y no sabés por qué.

jueves, 15 de octubre de 2009


Sacás la radiografía del sobre y la ponés a contraluz, miramos durante unos segundos y caés en que está al revés, la das vuelta y seguimos sin entender qué es lo que se pudre en tus pulmones. Al fin doy con algo sospechoso. No tengo idea de cómo interpretar una radiografía pero doy con algo sospechoso. Reprimís un comentario que igual se ve patente en tu cara. El mal recurrir a la intuición para resolver matemáticas, anatomías, ingenierías hidráulicas, el placebo de cuando te jode la ignorancia, me dice tu cara. Discutimos. La intuición está hecha de prejuicios y lógica imperceptible, inconsciente, no es una magia que te avisa que te está por pisar un auto, que el señor a tu derecha es una eminencia del deporte, sucede que en tu cabeza hubo un cálculo que dio bien. Hacés una pausa y tu ceño fruncido me recuerda al de la vieja que hoy al mediodía luchaba contra un viento que la indignaba. Aprovecho y te demuestro mi disconformidad con una mirada de que sobrás, de que el mundo no te necesita para nada en absoluto. Esto te enciende y necesitás expresarte más y más. Necesitás hablar de tu hartazgo para con la gente, la gente que intuye, la gente que acostumbra intuir lo que quiere que le pase, todo el tiempo intuyendo lo mismo, con la menor creatividad posible, con el menor esmero racional. Como cuando te cruzás por la calle a tu compañero del curso de reconocimiento de ascomicetes ese compañerito que te hacía calentar y te distraías en el curso de reconocimiento de ascomicetes y te lo cruzás y al final no era, era un pibe horrible con cara de caballo, creo que el ejemplo que te di no viene tan al caso pero es la misma parte de la mente involucrada, la misma porción cerebral no sé si física o qué que hace ese tipo de trabajos de intuir repetitivamente lo mismo y focalizar dentro de unos límites determinados, en una fracción muy estrecha y pobre del universo, y entonces cuando finalmente pasa lo que esperabas te creés psíquico y te creés feliz. Ceño de vieja. Compañerito. Cómo quedaste con este tema del compañerito. Y te digo que sí pero basta, pero otras cosas, no solamente eso, y quiero que te calles y dejes de dar ejemplos y dejes de hablar con ese vocabulario histérico por favor, yo digo que son tus pulmones ahí enfermos, sos vos ahí en un plástico y estás en problemas y hay que encontrar algo sospechoso, algo culpable, más vale que superes esta etapa de negación ingenua y encontremos algo de lo que se pueda armar un muñequito vudú para pinchar y pinchar toda la noche.

jueves, 17 de septiembre de 2009


Otra vez contaba sus desventuras a una audiencia incómoda, distraída en el mejor de los casos. Repartía entre los presentes pedacitos de la bola descomunal de miseria que le crecía adentro. Todo lo que le pasa, la cantidad de situaciones tristes que debe atravesar van formando la bola en ese presunto adentro, y tan prolijita puede verse desde afuera. Se siente especial. Es especial, ninguna duda. Quién no es especial. Pero necesita de otros para sentirse especial, necesita entes grises desdibujados semifelices y estables para ejercer su especialidad. Y la audiencia se va poniendo gris y desdibujada, la audiencia sospecha que quedó en el rol de los semifelices y los estables, la audiencia empieza a tener problemas con ese rol y se va poniendo roja, verde, empiezan a gestarse bolas de miseria, las dejan ahí listas para salir, cerca de la boca. Y se arma un deporte con las bolas de miseria, un partido de algo, en que todos se golpean y tragan miserias ajenas y hay goles y no hay muchas reglas. Después el escenario queda rotoso, irrecuperable. Llegan otros entes con sus respectivos colores y ven que se sucedió una cuestión de bolas de miseria, que hay un desorden y nadie se hace real cargo. Y se preguntan si habría sido necesario el desparramo. Y reflexionan sobre la miseria propia de cada individuo, de la miseria que llevás adentro y la que llevás afuera, de lo mucho que te quejás. Y visualizan el aire podrido del mundo en el que flotan las miserias individuales de toda la humanidad. Se angustian con esta contaminación, le ponen una etiqueta provisoria para poder darse cuenta de lo mal que les vino pegando durante toda su vida. Y se quejan.

martes, 8 de septiembre de 2009


A mi abuelo lo están transformando en una criatura inmortal que nunca más va a ser un humano. Continuaron su aparato digestivo mediante un cable que sale de su nariz. Cuatro veces por día hay que sentarlo y proveerle su ración licuada. Un pegote espeso bajando despacio por el sistema plástico. Mi primo suicida se niega a visitarlo. Yo le insisto pero él prefiere estancarse en una ensoñación culposa a ir a veces a conversarle los delirios. Ayer surgió una cuestión de viaje en bote, un viaje en bote que si somos más de dos él no va a ninguna parte, mi abuelo postrado hace años gritando que no va en bote a ninguna parte si somos más de dos, que no vayan a tratar de engañarlo, que de ahí no lo mueve nadie. Yo le digo que no hay de qué preocuparse, que somos solamente dos, que al primo no le gusta andar en bote. Pero dale primo, yo te sugiero que vengas, tenés que ver esto, vos que no necesitás tragedias para sentirte mortalmente triste vení a ver un humano que devino en cosa. Serían una dupla increíble. Si odiás la vida, primo, entonces tenés que venir a ver esto. Si odiás la vida entonces deberías procurar odiarla completamente, deberías ir resolviendo.
Confesar a alguien tus intenciones de suicidio suele ser un error.
Responder a alguien que sí, que se suicide, suele ser un error bastante más amargo.

viernes, 28 de agosto de 2009


Noche cerrada, seis y media de la mañana y noche cerrada, siete menos veinte y noche cerrada, hermética. Puntualidad británica me dice cuando nos encontramos en la vereda. No era para menos, pienso, la puntualidad es una cuestión delicada. Solamente en dos oportunidades nos habíamos visto antes pero supuse que había alcanzado para que se hiciera de unos prejuicios básicos acerca del tipo de persona que soy, un esbozo con algo de identidad, separable de la masa compacta de desconocidos cotidianos. Repasé mi primera visita a tu casa, mi celular marcaba las 14:59 y decidí que no estaba mal llegar un minuto temprano. Tu casa en perfecto desorden, procediste a ordenarla con calma y poca energía, con confusión y duda de si correr un mueble o entrábamos todos igual, te paseabas ineficaz con objetos en las manos, descontracturando mi puntualidad británica y mi tensión incipiente que resultaba invisible a tu mirada poco curiosa, pero eso todavía no lo sospechaba. Unos días después volvíamos de tornquist y dijiste que no te gustaba la gente tensa. Siendo que mi estado de tensión en relación a tu presencia había empezado casi al momento de conocerte, ese comentario me dio el alivio de saberme entre gente que no percibe los estertores neuróticos, los tropiezos psicológicos, me dio ese alivio y también esa decepción. Antes en tu auto de noche cerrada la conversación se hacía compleja, se iba a lugares que hay que ir armado o hay que escapar y vos en cambio a tus anchas con el vocablo justo y el entendimiento absoluto en el semblante, como en la gente que sabe cosas. Vos sin esfuerzo, con tu aspecto de criatura pacífica, tolerante al extremo de lo ridículo, eras gente que sabe cosas y produce mucha tensión. Y decís que no te gusta la gente tensa. A la vuelta en tu auto ruidoso vimos una monja caminando por la banquina con su capucha gris al viento, emitiste unas risas nuevas tipo graznido y me miraste, tu cara había transfigurado, había una sonrisa psicópata que era el colmo de la ternura.

lunes, 3 de agosto de 2009


En un ejercicio de empatía doble yo era vos poniéndote en mi lugar y entonces yo siendo vos queriendo ser yo miraba atentamente las paredes marmóreas de lo que vendría a ser mi mente, las tanteaba y eran impenetrables y se jactaban las paredes, se jactaban de algo todo el tiempo y eso las hacía más pared, enriquecía su esencia de pared herméticamente construida para albergar un espacio inmutable, un volumen siempre el mismo en el que yo regaría mis plantas, cambiaría mis cuadros, alimentaría mis mangostas, me pondría una escafandra yo en mi mente, un aparato de asepsia o con la capacidad de filtrar el más mínimo infrasonido que llegara del exterior para estorbar la calma forzosa de mi hogar a prueba de cualquier tipo de presencia que no fuera yo ni mis pequeñas mangostas embalsamadas ni mis plantas plásticas, a prueba de los fuegos artificiales que hay allá afuera constantemente, de la música que dejó locas de felicidad a doña rosa y a doña pepa y yo por suerte acá adentro, al resguardo, mirando fotos con microscopio y sin el tomo tres del traductor a poesía y maravilla, y sin los tomos uno ni dos, ni el tomo cuatro que se refiere a cómo adaptarse a climas tempestuosos y seguir estando contento. En un ejercicio de empatía egocéntrica doble yo era yo poniéndome en mi lugar, es como los tests, los tests al final no pueden decirte mucho más que lo que pensás vos de vos mismo -excepto los tests de inteligencia que creo que aunque te creas inteligente te pueden dar mal- y entonces yo siendo muy muy muy yo regaba mis plantas en mi bunker a prueba de cánticos alegres ajenos, yo regaba mis plantas en un ejercicio de conocimiento de cosas que ya se conocen demasiado bien, ya dan asco, repugnan, y venía un camión y me pisó y me morí.

jueves, 23 de julio de 2009


Sí fui y la pasé bien, demasiado bien, sorprendentemente bien, hablé mucho, acoté en temas tipo: los hombres son más maricones que las mujeres para soportar el dolor y ver sangre, puse caras, millones de caras adecuadas, y me vestí con corrección, usé botas, aros, usé maquillaje, me peiné. Después te muestro las fotos. Cuando volví no dejaba de preguntarme quién soy, quién soy, quién me manipula, debo ser yo, y me llevó hasta el amanecer el análisis meticuloso de todo lo que dije mal, de todos los errores, las actuaciones, las torpezas, los prejuicios. Llevo una maquinaria mental de razonamiento y culpa que no sé parar, en un intento de controlarla le digo hemisferio izquierdo, ahora que aprendí que hay una cuestión con los hemisferios cerebrales, ahora que lo creo, teniendo en cuenta que creer no es pensar que es verdad, creer es la opción única que te dejás a vos mismo por una serie de intrincadas negociaciones que tienen que ver con tu experiencia personal, las grandes decepciones de tu vida, las cosas que te fascinaron, lo que te dio miedo. Es un enano que no afloja, un enano incrustado en el cráneo que te va indicando el ego, la falacia, lo insensible, de vos y del resto, te calcula probabilidades de comunicación, de entendimiento, te muestra las hilachas, de vos y del resto, y te va rompiendo la cabeza con esmero. Cuando hablamos puede pasar que yo no crea en lo que vos decís, o no crea que te estés explicando bien, o crea que usás mal las palabras, y si no hago mención de la sarta de barbaridades que me señala el enano es porque además la maquinaria me prende foquito rojo, me advierte, me recuerda que no quiero ser el personaje que arruina gratuitamente los momentos, y si en cambio no le hago caso a la maquinaria y me digo que mejor expresarse con sinceridad y sin reprimir y que algo de eso hay en ser espontáneo, entonces lo que al final puedo decir, lo que llega a ver la luz, es un rejunte nervioso y nebuloso que desajusta el paisaje con eficacia, deja ahí unas tensiones, unas frasecitas de más, un fracaso. Si lo digo está mal y si no lo digo también, y si directamente no digo nada de nada soy como un cubo de hielo gigante que puede caminar durante horas en silencio y se resquebraja de adentro para afuera, de afuera para adentro, no sabe, es un cubo de hielo que no sabe, que es muy cúbico y no comprende en absoluto su razón de existir, es inestable, carece de identidad, y eso tampoco nos convence. La maquinaria duda, admite su condición de mediocre, sus dificultades en materia de empatía, la contaminación fluorescente que emana, la maquinaria quiere apagarse ella misma y no le sale. Y con este episodio que me pasó se me ocurre que hay que disfrazarse, hay que ponerse esa polera negra que me compré en balbi, viste que a mí no me gustan las poleras pero esa es una polera excelente para disfrazarse, con las botas y el maquillaje, y la maquinaria queda confundida, queda en un estado de latencia trabada, y yo hablo y hablo y el enano no, y puedo ver, puedo darme cuenta, de que sigo siendo varias personas. Después te muestro las fotos.

sábado, 11 de julio de 2009


La sobrina que iba a ayudarnos resultó ser en parte albina y en parte no, y acomplejada al respecto trataba de esconder su mitad rara con posiciones casuales de su brazo, de su mano, posiciones casuales estudiadas y entrenadas, mecanizadas, milimetradas, movía su brazo y hablaba con voz suave transmitiendo paz y transmitiendo también una información inesperada, hablaba y tocaba mucho su cara con unos dedos frágiles que no tenían nada que hacer ahí pero insistían y no dejaban que admiráramos la belleza aberrante de su ojo de pestañas blancas al lado de su ojo de pestañas oscuras y era difícil prestar atención por la rareza, la belleza, la paz y la confusión que la sobrina que iba a ayudarnos significaba para nosotros en esos instantes en que creíamos que estábamos sólo un poco perdidos en un pueblo amable y en realidad estábamos muy perdidos en un pueblo bastante fantasma con hombres lobo y criaturas de las sombras, muy perdidos y prontamente robados a manos de una criatura de las sombras y la noche caería sobre nosotros, caería con todo su peso y su silencio, caería mucho más literalmente que otras veces, nos golpearía y estropearía y dividiría en bandos con ideas contrarias, con rencores cruzados y culpas y toma de decisiones diferentes y prontamente nos separaríamos además físicamente, nos distanciaríamos kilómetros y kilómetros y nos odiaríamos tenazmente en el frío y el miedo, en la desesperación, pero el odio nos mantendría con fuerza, con temperatura, con un sentido competitivo energizante de ir por el camino más peligroso, con osos y arañas y estalactitas, de ir convirtiéndonos en animales salvajes que saben qué hacer en ese paisaje, que armonizan con lo siniestro, que por momentos sienten un placer insólito, pero que pasa, un placer que pasa y se vuelve concentración en el entorno, supervivencia medida y pensada, y entonces un golpe de suerte merecido, milagroso, sano y salvo, y que se resuelvan los bandos y se reencuentren, sanos y salvos, que descansen y recapaciten, y que al final había estado clarísima la desgracia que nos estaba por tocar, perfecto el signo de peligro frente a nuestros ojos que contemplaban a la sobrina en parte albina, que contemplaban a una chica con un padecimiento de mitades que no existe.

sábado, 4 de julio de 2009


La primera vez que los dos individuos en una misma bicicleta pasaron por mi izquierda a mayor velocidad que la que llevaba mi propia bicicleta mientras hacían con sus voces ruidos de carrera de autos me hice la indiferente. Después fueron más lento y me resultó inevitable alcanzarlos y dejarlos atrás. Ellos reaccionaron con un acelere virtuosístico y me pasaron haciendo con sus voces ruidos de carrera de autos, y me hice la indiferente. Aminoraron y en el semáforo nos reencontramos y tardaron en arrancar por cuestiones técnicas y gané entonces la primera posición sin proponérmelo casi en realidad con una leve proposición de mi parte a participar con sólo una insinuación de que quería jugar esa carrera y con una tenue desviación de mi concentración puesta ahora en cierta proporción en que estaba ganando y en que se avecinaban los ruidos de carrera de autos hechos impecablemente con voces humanas de dos individuos en una misma bicicleta se avecinaban cada vez más vecinamente cada vez más cerca al lado ahora los ruidos de perfecta carrera el sol y el viento en la cara y las manos la indiferencia sí o no me pasan indiferencia sí o no me pasan o no sí o no sí o no un semáforo de nuevo sí o no sí o no no? pero sí me freno sí y sí me pasan sí pero esta vez río sí río mucho con los ruidos río sí y los miro y miro para arriba el cielo que está tan revuelto que soy feliz y ellos ejecutan sus ruidos de mejor y mejor manera y ríen y ríen y no frenan en el semáforo y se alejan ampliamente de mí y antes de desaparecer en la otra esquina me saludan.

miércoles, 1 de julio de 2009


El pasado cambió otra vez.
Esa noche que habíamos inventado un juego nuevo todos los primos juntos en una necochea paradisíaca, se hacía más y más tarde y los grandes no nos mandaban a dormir, nos dejaban gritar y romper todo, nos dejaban ser unos salvajes lastimados y frenéticos y ellos caminaban por los rincones, por las paredes casi, iban a una pieza y volvían y hacían llamadas telefónicas con caras espantadas, iban y cerraban la puerta como si fueran gente delicada y mantenían una guardia de un par de grandes siempre, por turnos, y a veces alguno se acercaba y se hacía el que todo iba bien y entonces entendíamos que algo andaba mal pero el juego nuevo nos tenía involucrados en cuerpo y alma y no podíamos parar de correr y automáticamente suspendíamos nuestras sospechas que nunca llegaban a verbalizarse, que nunca llegaban a ser una amenaza. Ese juego de esas vacaciones era el recuerdo más feliz que teníamos hasta que varios años después nos enteramos de qué venía toda la maniobra misteriosa de la pieza y entonces el pasado ya nunca fue el mismo, el pasado tuvo que cambiar y fue muy triste.
De ahí en más, y seguramente desde antes, el pasado empezó a cambiar con cierta facilidad y se volvió un tipo de sensación amarga bien precisa.
Y ahora el pasado cambió otra vez.

lunes, 15 de junio de 2009


Mirando por televisión a la gente cada cual con su rasgo que al nombrarlo genera burla. Cejas depiladas habla, después habla falta sopa, después el del tono desesperado. Burla. Son personas y una cara tienen que tener, un cuerpo y unas ropas tienen que tener, un parecido remoto a superhéroe de los setenta puede ser que tengan, una voz animal y preferencia por colores marronosos es posible que les pase. Escucharlos hablar en palabras sueltas, tijereteando para no pensar, uno dijo escrutinio y se le escapó un sonido salivoso. Recortamos eso y burla. Mirando por televisión los rasgos era divertido y se tornaba más y más supersticioso, bruto y medieval, con pretensiones circenses, ya en el fondo con ganas de tirar unas piedras al más raro a ver qué hace. Unas personas que tenían algo para decir les clavábamos las tijeras y hacíamos bufones. Por la calle lo mismo, se nos hizo un vicio insoportable con esto, en la calle todos son payasos y en las fotos también, en los diarios está lleno de payasos y te lo digo nomás por el maquillaje, te lo digo porque el maquillaje siempre es lo más refulgente, siempre queda más cerca, y entonces veo a las personas en esa única dimensión de lo ridículas que pueden ser con solamente estar comprando algo en la farmacia. Después viste que la gente que conocés de hace mucho tiene narices raras y todo eso pero lograron pasar a otra categoría, de normalidad ponele, te acordás qué pensaste la primea vez que me viste, qué tipo de payaso era, habré llenado tus expectativas, te habré después decepcionado mucho. Te acostumbraste capaz a mi cara y me volví normal. A mí me pasó así con varios payasos, viste, afloraron otras cosas. Los payasos tienen un potencial que nos gusta recortar.

jueves, 4 de junio de 2009


El viernes te vi, te enfoqué, sumido en tus cosas, sumido en qué, aburriéndote de todos, despreciando, rebotando gente que te hablaba, gente que te tambaleaba en tu supuesto bienestar lejano, frío, inalcanzable, congelado de brazos cruzados escuchabas la música y rebotabas con sonrisas amables a la gente contenta que amenazaba tu mundo ártico, misterioso y correctamente situado en la semioscuridad. Por qué estás en un evento como este. Adelante tuyo unas chicas hablando el idioma de estar siendo escuchadas por oyentes ocasionales, chicas divertidas animadas a ser atrevidas y graciosas por una posible audiencia que te incluye, gentes rodeándote en movimiento, comprando bebidas, asimilándolas, hablando también otros tantos idiomas, rodeándote las mismas gentes que te rodean en contextos más semiclaros. Pensabas o escuchabas la música, exagerabas el gesto de indiferencia lo suficiente como para delatarte. Estabas asustado. Estaban el que ahora en mi mente llamo el gordo ovni y su amigo pelirrojo, estaban con la energía disparada, socializando con cualquiera, conmigo, con todos, demostrando sus talentos en el humor, en el carácter, debo decir, cuánto carácter en esa dupla, llevándose cosas por delante, el gordo ovni con una mirada tan malvada y feliz le procedía en contra al amigo sólo por vocación y el amigo sacaba un hacha, unos cuchillos, y se los tiraba a carcajadas sobre la impresionante extensión de su cuerpo. Este deporte los mantenía de un humor perfecto. Adelante de la dupla el personaje misterioso y gélido los escuchaba imperceptible, los razonaba, los comparaba y etiquetaba en respectivas personalidades, camaleónica, alegrosa, persecuta, hemofílica, antártica, espadachina, lacrimosa, cabecilla, a todos y cada uno nos fue metiendo en sus cajones hasta que empezó una pelea y tiraban botellas y tiraste los cajones a tiempo, reaccionaste, esquivaste, ayudaste, la respiración se te agitó y te hizo bien.

martes, 26 de mayo de 2009


En esa época le tenías miedo a los calefactores, creías que podías acercarte hasta cierto punto, permanecer un tiempo limitado calentando tus manos, si te excedías los lentes te estallarían en la cara. Física intuitiva, a veces la pegás y otras veces no, a veces la pegás y no estás entendiendo nada. En esa época estudiabas mucho, y con tu personalidad incisiva me venías con teorías del aprendizaje, teorías caseras, tuyas, a lo sumo poéticas, me venías con ejemplos. Me leías un párrafo de un libro introductorio de alguna disciplina que suponías manejar, lo leías y después asegurabas que no podía tener sentido para mí en mi ignorancia y sí lo tenía para vos que habías puesto tanto esfuerzo y dedicación en desentrañar los misterios de esa asignatura. Eras desordenado, poco claro, y hablabas de lo que yo experimentaba sin considerar preguntarme qué era lo que realmente me pasaba. Yo estaba ahí como testigo afortunado de tu sabiduría y asumía ese papel por el cariño que te tenía. Tu teoría decía que al principio había que ceder, decías vos con tu voz mal impostada que cuando empezabas a adentrarte en una disciplina nueva necesitabas fé y ser sumiso para dejarte llevar por ese tipo de párrafo que creés entender pero no podés justificar su razón de existir, por qué debe ser dicho algo tan obvio y sin importancia, salido de contexto, por qué ese párrafo me resulta ajeno y enrarecido. Entonces es que le das una oportunidad porque aprender es así, y años después, muchos años, cientos de años después, te llegará la verdadera comprensión, de la nada, disparada por alguna circunstancia insignificante de tu vida. En esa época tenías problemas para socializar, envidiabas a muchos de tus coetáneos, necesitabas ser el personaje de las teorías caseras, suyas, a lo sumo poéticas, el personaje que se sabía ridículo y de lentes estallables que acomodaba compulsivamente cada vez que una mujer se le acercaba excepto las gordas amigas tuyas. Las gordas amigas tuyas conocíamos tu dolor no confesado, tu desesperación por sobresalir que te llevaba a inventarte excentricidades. Así competías con la gente bella y normal, la gente como en las películas tontas que veías medio en secreto, la gente bella y normal que tiene muchos amigos y hace fiestas y coje y gana campeonatos. Las gordas también teníamos nuestros problemas, y veíamos esas películas y llorábamos. Y de orgullosos que éramos nos resistíamos a entender que nadie es tan bello, nadie es tan normal, y la vida de cualquiera es complicada, aburrida, y con problemas inexplicables.

lunes, 11 de mayo de 2009


Tu computadora puede darte una ilusión de calidez con su ruido de que algo está trabajando, de que hay un corazón, un alma. La luz que emana su monitor puede colmarte de maneras múltiples. Te gusta este tipo de engaño. Últimamente las cosas importantes las comunicás por medio de teclados y no está mal, son vicios de haber nacido en esta era. Por qué tanta culpa con eso. Por qué tanta culpa cuando ves por la calle unas personas que se abrazan y lloran juntas sus emociones hasta fundirse en una masa inflamada y confusa. Por qué el nudo en la garganta. Ibas a desagotarlo cuando llegaras pero llegaste y ese nudo tuvo tiempo para subir a tu cabeza y te dijiste que ese nudo de presunta empatía era tu ego en su versión vulnerable, tu ego de admitir todo lo que no vas a poder ser. Quedaste en un mal trance. Quedó en evidencia tu capricho de persona queriendo encajar en un patrón de belleza que no le conviene, que le queda como un disfraz fallido. Una vez más tuviste tu momento de saber la verdad, una lucidez que no pediste y te dejó infeliz, tratándote con una sinceridad muy dolorosa. Veías bien tu cara, sin prejuicios o con prejuicios nuevos, y te daba vértigo. Si hacés lo mismo con caras ajenas, si buscás las marcas, las costuras y cintas adhesivas en otras personas, te sumís en una satisfacción especial. Te encanta criticarlas, reducirlas a entes tecleables, compartir un tiempo con ellas fingiéndote que hacés un estudio antropológico secreto. Volvés y las tecleás para tenerlas bajo control, en un intento de darle un significado más amable a tu torpeza, a tu mal humor.

lunes, 4 de mayo de 2009


Ella parecía tan feliz, tan contenta con tan poco. Ella es insegura y complaciente al punto de nublársele la razón en conversaciones simples. Tiene la palabra y no tiene nada para decir, le va dando forma a sus opiniones conforme los interlocutores malditos la miren inquisitivos, estén de acuerdo o no, busquen que diga cualquier cosa. Dice cualquier cosa y se le festeja. Vos, primo, estabas contento de que existieran seres humanos como todos estos, te quedabas apartado y racional con una mano tapándote a medias el gesto, tu boca temblorosa de sensibilidad, te situabas a una distancia que estaba bien y medías a las personas cariñosamente. Ella parecía tan feliz y vos de rebote parecías también tan feliz, a tu manera introspectiva y tímida. Eran épocas en que casi no estabas corrompido, apenas unas grietas unos dibujos oscuros que hacías con lapicera negra unos papeles esmerados en tu carpetita frágil. Te ibas haciendo de una colección de rarezas colmadas de romanticismo y amigos buenos y amigos malos con quien compartirlas. Empezamos a vernos más seguido, una vez llegué y la mesa estaba puesta para uno, la mesa de las once y media de la noche puesta para uno y una sopa de arvejas recién servida y a volumen alto la sinfonía del nuevo mundo. Siento que interrumpo algo, dije, y te reíste y yo también, era tu travesura más grande de la semana y esto traía un dejo de tristeza que con el tiempo ganó terreno y llegó a quedar perpetuo. Fui entendiendo tu modo pasivo de adaptarte a las situaciones, lo que se rompe se tira y no hay nada que hacer al respecto. Lo demostraste con una computadora, aprendiste a prescindir de ella, te obligaste a creer eso. Un dedo del pie derecho dejó de funcionarte y así lo dejaste, te acostumbraste, te cambió la manera de caminar, sabías, era fácil que te murieras y se empezaba a notar. Nos cruzábamos gente que te preguntaba si habías terminado la carrera, si tenías novia, si tenías trabajo. Sonreías al piso y decías que no, abatido, derrotado, evitando contar a qué dedicabas tu vida, y avanzábamos un rato sin hablar. Imaginate si tuviera problemas reales, me decías a veces. Cuando te mataste eso se transformó en un chiste, en un chiste de tu tipo de humor que nos dejó trastornados para siempre. Te mataste y pensar que eras tan precavido para cruzar la calle, lo mucho que te preocupaba que los autos no te comieran vivo, ni a vos ni a tus amigos, que no nos masticaran y nos descarnaran y nos tragara la tierra.

lunes, 27 de abril de 2009


Estaba esperándote afuera con el ánimo justo como para mantener una comunicación simple y que todo anduviera bien si es que los personajes implicados no nos salíamos de un par de normas básicas de convivencia, si adheríamos pacíficamente a un par de principios lógicos, si nos manteníamos en ese perímetro bastante chico y vos dirás aburrido del mundo yo soy capaz con este tipo y cantidad de ánimo que me gané por mi propia culpa de comportarme como una persona promediada entre lo que quiero ser y lo que quieren que sea. Puedo vivir en ese cálculo a fuerza de disciplina, a fuerza de un trabajo que produce sus dolores, sus lesiones, puedo hacerlo en nombre de cosas importantes de existencia dudosa y vos también y el resto de las personas también y eso es lo que más o menos venimos haciendo, más o menos. Estaba esperándote bajo el sol en un perímetro chico imposibilitado de sombra, me estaba tostando en nombre de cosas que me importan y no sé si existen y con el ánimo en cantidad y calidad complicadas, estaba al borde, al límite del perímetro chico, estaba muy al borde y al final me fui. Después a la noche la insolación dio paso a una actitud nueva, calma y analítica. Después a la noche yo solamente quería caminar en paz y así lo hice, fumar mi primer cigarrillo en nueve meses y que fuera tan innecesario como siempre había sido, y de hecho así es como resultó, yo quería describirte magistralmente los dolores las lesiones del trabajo que se hace para no volverse temperamental, yo no quería volverme temperamental pero descubrí en algún momento que era una manera interesante de enfrentar estas situaciones, quería que vos después me explicaras tu trabajo y la manera particular que tiene de lesionarte. Las emociones hacen eso, lesionan, las emociones sin dosificación sin bozal sin la ortopedia que propongo tienen su grado de riesgo. Los puntos débiles de la gente viste que brillan en la oscuridad cuando de emociones se trata, fosforecen, quedan prendidos a la hora de dormir de cada cual y hay gente viste que cuando no puede dormir se pone a afilar su hacha por ejemplo, y eso es un peligro.

lunes, 20 de abril de 2009


Comían cada cual su perfecto plato a elección y el mozo no dejaba de llevar bebidas. Te sacaste los lentes en un movimiento inesperado y los guardaste, alguien te preguntó si te habías cortado el pelo. Es que tu cara despojada dio un mensaje a los presentes, tu cara brillosa, tu cara más cerca de las caras de los demás revitalizó los niveles de emoción y se hizo un silencio en que todos sonrieron. Vos sonreíste con careta nueva y en tu mente hubo un cambio de planos. Cosas que se alejaron y palidecieron y dejaron de hacer esos ruidos infames que hacen y cosas que se revolucionaron y empezaron a ganar terreno y crecer y llevarse lo demás por delante sin ninguna consideración. Hubo un apague en tu sentido de la moral y una inflamación en la tolerancia que sos capaz de ejercer entre tus semejantes, hubo una ceguera benevolente. Es así que decidiste dar tu opinión sobre un asunto ajeno algo sagrado, colaboraste con el desorden y manoseo del asunto ajeno algo sagrado y la voz se te puso como de un animal perro pekinés y los ojos se te salieron un poco y el humor también se te salió un poco negro, perro pekinés negro y antirrábico si es que las circunstancias lo requiriesen, un perro negro contradictorio y cara de abandono y desamparo si es que las circunstancias de asuntos ajenos sagrados diluidos en un mar de baba mal gastada lo requiriesen. Hay estados de ánimo que nunca practicás y cuando se te aparecen entrás en shock, te dominan incluso físicamente, largás unas risas entrecortadas muy deformes. Hay tipos de bienestar que te hacen mal. Quedaste metamorfoseado en pequeña criatura miope que vuelve a su casa caminando una noche hermosa como para salir a trepar las paredes de la ciudad y respirar fuerte toda la contaminación, quedaste chocándote los postes de luz, ladrando a coro con el resto a ver quién es más espantoso.

martes, 14 de abril de 2009


La manera de permanecer relacionado con personas muchas veces depende del esmero que dediques a que te sigan necesitando. Ciertas amistades están hechas íntegramente de ese material. Conjugaciones de intereses en principio negociables, proyectos en común que hay que hacer funcionar o la amistad se termina. En las relaciones de pareja esto puede apreciarse, creo, con una claridad encandilante. Hay perspectivas del mundo que resultan un poco incómodas para cualquiera, hay perspectivas que te hacen tomar cualquier fenómeno del mundo humano que está cerca tuyo, el mundo humano del que formás parte porque está hecho de tu casa y las casas de tus vecinos y las casas de tus amigos y sus autos y mascotas y parientes y problemas y colectivos que te llevan al trabajo al estudio al deporte al ocio cuando es de día y cuando es de tarde y de noche, hay perspectivas que te hacen tomar cualquier fenómeno del mundo humano que está cerca tuyo y verlo como algo raro egoísta y sin sentido, te lo hacen ver como varias descargas nerviosas personales tratando de compartirse, tratando de elevarse y significar mucho más de lo que pueden ser.

sábado, 4 de abril de 2009


Te estuve siguiendo. Fueron un par de cuadras, no mucho más. Vi una persona que eras vos y empecé a seguirte en un acto impulsivo, espontáneo, en un acto energético histérico en una atmósfera de humedad y calor agobiante. Tu caminar tiene una asimetría leve de renguera, pude cerciorarme, y una velocidad difícil de alcanzar. Podés sostener la mirada vertiginosamente, buscabas algo con esa mirada sostenida, decisiva, buscabas algo en el centro de la ciudad en calle alsina y después soler y después belgrano, que es donde dejé de seguirte porque estaría volviendo sobre mis pasos, porque o sea estabas dando la vuelta a la manzana porque buscabas un lugar en particular en el centro de esta ciudad triste y en belgrano dejé de seguirte. Sonreías, no sé si es que pude ver que sonreías o lo asumí y en este caso de haberlo asumido creo que estaría bien porque el estado básico de tu cara es de sonrisa, tu sonrisa llega a parecer un deporte, un entrenamiento hecho muy a conciencia, un trabajo muscular sutil, eficiente, siempre en su máximo esplendor pero en búsqueda constante de una manera nueva de expandirse. Después te fuiste por belgrano y yo me convencí de ir por soler, fueron un par de cuadras muy intensas, tengo plena seguridad de que el corazón me latía, y todo terminó cuando la racionalidad se abrió paso para guiarme en mi camino. Ahora le pago a una persona para hablarle. En mis fantasías la gente hace silencio para que yo me exprese y después me responden lo que yo quiero, así está fácil. La realidad va muchísimo peor, y entonces le pago a una persona para que haga silencio y yo me expreso y sus respuestas en cambio son bastante jodidas, crueles y humillantes y de una agudeza que implica unos cálculos densos, una frialdad casi genial, y es increíble cómo al cabo de un lapso de tiempo del tipo de 48 horas tiene lugar un fenómeno mental repentino que divide en un antes y un después y empiezo a pensar con un optimismo ridículo que sé algo más de mí y que seguirte de esa forma no es nada descabellado, no es nada anormal.

jueves, 26 de marzo de 2009


Entonces para la foto alguien dice agarrados de las manos y otro alguien ve que hay un manco y dice mejor codo con codo y la gente se acomoda como puede y la foto queda muy rara, no se entiende para nada el mensaje fraternal que querían dar. Todos van vestidos con sus trajes de artes marciales.


viernes, 20 de marzo de 2009


Una mujer grande suspira o bosteza. Una mujer grande de tamaño y corta de edad y estatura, su silla de cajera le queda alta por un lado y chica por otro, y hace demasiado ruido cuando se acomoda, arroja todo su peso sobre la silla mientras suspira o bosteza y yo desde acá puedo escuchar esa serie de cosas. En cinco minutos se va a su casa. La persona adelante mío lleva siete productos, yo tres y los llevo en la mano, más adelante ya no sé bien qué pasa. Tendría que evitar mirar tanto a la cajera pero hay algo en su cabeza que acapara mi atención como un modo primitivo de estar alerta, no existe peor color que aquel amarillo falso en su pelo, y lo necesito en mi campo de visión para tenerlo bajo control. Aquel amarillo junto con su hastío, junto con su tamaño, junto con sus ruidos de material plástico frotándose con carne humana, hacen de esta mujer el monstruo perfecto. Me sobreviene un miedo a llevar mis productos en la mano, por qué no los estoy llevando en un canasto o en un carro como todos los demás, la persona de los siete productos se da vuelta y me mira, sé que me están mirando porque llevo los productos en la mano, el de seguridad está disgustado también y no entiendo por qué, camina rápido, se va a posiciones clave y vuelve, hay mucho desplazamiento en el de seguridad y no entiendo si es que pasa algo o es así su personalidad, me están mirando por la falta de canasto pero si agarro un canasto ahora va a ser peor. Trato de hacer foco en detalles del despliegue exagerado que estos lugares ostentan, puedo fingir que me intereso por los precios, por las marcas, como todos los demás. Una nena se cae y empieza a chillar con furia, acude el de seguridad, acuden personas que no sé de dónde salen, quieren ayudar. Guían a la madre con la criatura chillante en brazos hacia el recinto en donde se resuelven este tipo de problemas, van casi corriendo pero en sus caras se nota que el asunto no es de gravedad. La nena igual grita de una forma poco humana, se está lastimando la garganta supongo, su llanto va sufriendo cambios sutiles, graduales, como me explicaron una vez que era la esencia de la música electrónica. La comitiva desaparece tras una puerta y los demás quedamos en un estado raro de conmoción y querer saber más. Se escuchan comentarios a volumen bajo, pobrecita, hay gestos encontrados. Una vez más un suceso adverso une a un grupo de anónimos. Excepto a la cajera rubia, su malestar es más fuerte, la hermetiza. Toda su preocupación está en que en treinta segundos se va a su casa, y que en ese lapso tiene que encargarse de como veinte productos, y que entonces en treinta segundos no se va a su casa, y que los gritos de esa nena accidentada le revuelven el estómago.

lunes, 16 de marzo de 2009


De las doce personas que somos ocho nos aferramos tenazmente a nuestras respectivas bebidas, es evidente que algo anda mal. La tensión hace que se tome mucho líquido, agarrar el vaso y tragar o pretender tragar lentamente como paliativo momentáneo es lo más a mano y es además muy contagioso. Cómo relajarse en una reunión así tan errada. Mientras trago voy haciendo foco en las enfermedades de los presentes, estados paranoides y obsesivos que se intensifican dadas las circunstancias, desidia acumulándose, desgastando relaciones. Entablo conversación con algunos para cerciorarme de lo bajo que caímos, el infranivel que nos recibió es una especie de basural comunitario al que la gente llega por pura negligencia, por falta de energía para cambiar de dirección cuando todavía se está a tiempo. Es un ambiente que confunde, todos tratando de olvidar dónde están, de olvidar cómo llegaron. Después de reuniones así tan erradas no se te pasa para nada rápido la sensación de incongruencia, de haber visitado una morgue feliz. Te hace necesitar una morgue más triste, una charla con un primo suicida. Yo tengo un primo suicida y cuando nos encontramos siempre habla de lo mismo. Que va mal mal, mal. Que le da igual. Que confesar intenciones de suicidio es admitir que todavía hay algo que te retiene en la vida y pensamientos así te dejan como en un coma de indecisión, las conclusiones racionales de las que sos capaz y las cuestiones que realmente te comen la cabeza nunca van a converger. Van ahí conviviendo como pueden, censurándose mutuamente. Le digo que tiene razón y entramos en un silencio largo que en un punto lo desespera y trata de romperlo, trata frenéticamente de romperlo y ya nada de lo que diga va a resultar gracioso o pertinente, se va a manifestar su faceta paranoide, su faceta obsesiva, qué, te creés que no me doy cuenta de lo deforme que soy si vos me entendés si vos sos un poco como yo vos te embelezás con nimiedades y sufrís arrebatos de tener fe en que podés volverte otra persona cuando me decido a hablarte de lo que me pasa de mis sentimientos me parece que te estoy tirando un fardo tan apestoso tan mal armado que no puedo seguir más pero yo creo que vos un poco me entendés que vos sabés. Como si las palabras fueran a arreglar esto, como si la voluntad tuviera algún poder. Pasamos a hablar directamente del mundo, de lo injusto y desproporcionado que es, hablamos de tragedias insólitas que si nos pasan a nosotros nos morimos seguro. Hablamos de sobrevivientes, su esmero por vivir tiene algo de lucha despiadada que no nos convence. Otro silencio y la morgue se va poniendo fría, muy fría. Lo último que decimos, como una burla capaz, es que igual todos los seres humanos estamos hechos del mismo material.

martes, 10 de marzo de 2009


En mi televisor terminó una película. La pantalla en negro y las letras borrosas en blanco, títulos de canciones entre comillas, tantos nombres, la cantidad de gente y sus respectivos roles que involucra una de estas superproducciones. Estoy en una habitación iluminada nada más que por los créditos finales de una película, y no es que la mesa las sillas las pilas de objetos ya definitivas en el suelo se me hagan irreconocibles, es más como enterarme de una faceta perturbadora que no les conocía. Hasta me digo que me cuesta creer que esos objetos no tengan vida, me lo digo porque les estoy notando una personalidad, un humor raro, y a eso es mejor ponerlo en palabras. Tal es el sinsentido circundante. Sólo se interrumpe cuando vuelve a dolerme la mano izquierda en puntadas leves, una molestia en la base del dedo anular. Uno de esos dolores tan sutiles como inexplicables que todos portamos casi en forma constante pero no comunicamos, pienso que por eso justamente cobran un poder especial. Pienso que podría ser la compleja suma de esa índole de cosas lo que hace que a las personas se nos de por sospecharnos más sensibles, más sufrientes, a veces más subnormales que el resto, aunque sea momentáneamente. Hoy hice un trámite en el lugar que atiende el personaje robótico ese que vos le decís el prolijo. Se diría que hay una gruesa capa de amianto entre él y sus potenciales interlocutores. Me hizo una pregunta estando muy seguro de la respuesta que iba a obtener pero obtuvo otra y en el acomode mental que necesitó llevar a cabo podés creer que en sus ojos, en su boca, había cómo te explico una connotación humana. En casos así la verdad sale a la luz cruda y deslumbrante. El prolijo, un humano entonces con sus afecciones particulares, le podés suponer un picor en la región occipital de la cabeza, una sensación de lámina metálica tenue en íntimo contacto con un músculo de la espalda. Una personalidad, un humor raro. La diferencia entre un ser vivo y un objeto inanimado.

lunes, 2 de marzo de 2009


Un grupo de jóvenes como recién salidos de una mala revista. Caminan emanando sus perfumes, una ráfaga de fragancias masculinas compitiendo entre sí despiadadamente. Si es que las personas en las fotos tienen algo de intocables, algo de perfectas, es porque falta algún olor que las delate. Así los jóvenes pasan y más o menos puede sospecharse de qué están hechos, es esa densidad, ese sarro, de la noche que ya decae. El grupo ingresa íntegro a una estación de servicio, a la parte en que podés comprar cigarrillos, osos de peluche, gatorade color turquesa. En esa estación de servicio, afuera, hay que mirar al piso. El piso refulge en esa estación de servicio, si tenés cinco años creés que es magia. La magia a los cinco años son lucecitas que oscilan, la magia después de los cinco años no existe. Hablo del piso, de la fascinación infantil con ese piso. Me hablan de un episodio de drogas con ese piso. Nefasto, te mareás. Se me ocurre que las personas son más sinceras cuando hacen sus negociaciones en estaciones de servicio en una noche que decae, es un momento de bajar la guardia y tolerarse. Hay gente con un sueño casi patológico, babeante, gente que come hamburguesas con la totalidad de los aderezos disponibles, gente pegándose patadas en la calle. Y hace unas horas cuidaban sus pasos, controlaban su aspecto con disimulo. Ahora los perfumes son otros, los maquillajes en las caras metamorfosearon ruidosamente, la ropa se impregnó de cosas y se pega al cuerpo como un pelaje animal. Las chicas se cansaron de acomodar sus pequeños vestidos y sus cuerpos adquieren formas inesperadas. Empieza a salir el sol y es verano, disfrutás todo esto como una especie de carnaval de monstruos. Pero no quisiera ver mi propia cara.

sábado, 21 de febrero de 2009


Una mujer lee la mano de otra. Le pronostica toda una sarta de bienestares básicos. Va llegando más lejos: realización personal, amor verdadero. Va adoptando la cara de decir que va a ser difícil. Que si está dispuesta a un sacrificio espeluznante, sobrehumano. Obvio. Quién te va a decir que no. Decís que sí y durante un par de segundos hay una fuerza demoledora gestándose en el centro mismo de tu alma. Las cosas que sos capaz de hacer, las cosas que el yo paralelo de tu imaginario personal es capaz de hacer. Después, no encontrando otro destino posible, la fuerza va a implotar. La mujer está inmersa en la lectura de una mano frágil que de momento se siente poderosa, parece que va en serio. Hay un testigo casual que mira la escena con desprecio. Mira una mirada que necesita ser vista. No debe permitirse ser del todo anónimo en estas circunstancias, no debe pasar del todo desapercibido porque está en el radio de algo que necesita ser amonestado. Casi que sus genes se lo piden, casi que el centro mismo de tu alma merece involucrarse. Entonces sin dejar de caminar mirás medio de reojo y hacés tu gestito histérico de desaprobación. Y no hay nada más que puedas aportar. Es como tu nombre en la lista debajo de unas fotos de focas apaleadas, sangre y agonía infinitas en tan tiernas, dóciles criaturas. Un mail con cientos de fotos que se van abriendo de a poco y te las mandan todas, que no vaya a faltar ni una. Y la lista ahí abajo, un completo despropósito. Está bien, hay que dejar a las focas en paz, es fácil quererlas: son tiernas, dóciles criaturas. Tampoco te las cruzás mucho por la calle, con sus olores y su hidrodinamia obesa estorbándote los sentidos. Las cosas serían diferentes. Solamente te advierto que tengas cuidado, que si alguien llegara a leerte la mano podrían saltar verdades que no querés saber.

lunes, 16 de febrero de 2009


Me fui enterando de su devoción por las personas flacas. Si sos flaco sos dios, o al menos sos feliz. Que consideran que bajar música o películas por internet es un delito, dicen que van a disquerías. Tienen que dejar bien en claro que la homosexualidad les da una especie particular de asco. Una vez vio a dos hombres de la mano, dos hombres normales, y no pudo soportarlo, fue en un lugar raro del mundo, raro como San Francisco, California. Combinar es violeta con lila, marrón oscuro con marrón claro. Usar ropa que antes fue de otro supone bastante mal gusto. Juntaron plata para castrar a una perrita que apareció en los alrededores, ya habría sido madre y no querría serlo de nuevo. Andaría decrépita con un par de cachorros sobrevivientes, unos animalitos que nacieron miserables y desnutridos y de todas formas parecen contentos. Como esos chiquitos de África, dice. Puse diez pesos. Y acordarse de que falta encontrarle a los pequeños un hogar. Anotó la señora mi nombre en la lista de gente buena, me agradeció y trató de memorizar mi cara. En vano, supongo. Ellos siempre se preocupan por los perritos, se desviven. Aman a los animales. Y no es que sean gordos, es simplemente que están obsesionados con la comida. A veces hay que llevar una torta. Sienten lástima por los gordos, entienden a los godos, les dicen gorditos. Si describís a un gordo decís que es gordito o grandote. Hay uno que se queda más al margen del palabrerío tendencioso, le escapa con elegancia a las conversaciones que se viven con la amenaza de hacerte decir cosas que no pensás. Tiene mejor humor. Hablaron de las noticias, dos chicos entraron en un coma por tomarle las pastillas para la diabetes a la abuela, en una fiesta mezclaron todo con la bebida. Qué bárbaro. Después hablaron de una muerte más cercana, bajaron el volumen. Detalle de la complicación en el quirófano. Nadie puede parecer realmente acongojado si dice “cirugía transesfenoidal”. Me gusta eso que tienen de superar las muertes ajenas, no sé si es algo que se gana con la experiencia, no lo creo. Sentido práctico. Voy a volverme un poco como ellos pero eso de las muertes sé que va a quedar pendiente.

jueves, 5 de febrero de 2009


Te vi entre el gentío y noté que era una buena oportunidad para corroborar esto de que tenés una doble vida. Rodeado de un grupo de amigos que te queda raro, incómodo, como parientes al borde del manicomio, saltándote alrededor y cantándote en idiomas falsos. Y vos tenés que hacerte cargo de llevarlos a algún tipo de chequeo médico, sin que ellos se enteren. Está difícil, te esforzás por meterte de hijo adoptivo correcto en una familia que va armándose lazos compulsivamente con los perros de la calle, con un par de chicas divinas, con sillones de mimbre que otras personas abandonaron. No sé si van por azar o por una necesidad de abarcarlo todo. Está fácil en realidad, podrías ser el nenito encontrado en la escena del crimen que creció medio aturdido, la persona que se respeta más que nada por el lado oscuro que le suponés de sólo verla. Alguien que no baila ni canta, que no consigue aplaudir, que camina torpe y perseguido. De tu doble vida entonces me fijé que había poco más que unas huellas queriendo ir a alguna parte. Una conquista que te propusiste y que capaz de a ratos va saliendo. Si socializás así por medio de fórmulas eso es lo que pasa, que se te notan unos números en la cara. Como cuando me junto a almorzar con mis amigas que creen en dios. Hablan mucho de maternidad últimamente, están por dar ese paso. Sus vidas van bien, sus trabajos, sus maridos, su entendimiento de la humanidad. Hasta tocamos un dilema ético con cierto humor. Parecen convencidas y felices, resueltas a traer vidas al mundo. Tienen unos números en la cara pero las cuentas dan bien. Dice que no tolera que le hablen con los lentes de sol puestos, que no sabés si te están mirando. Le digo que es parte de la cosa. Es otra manera de números en la cara. O sea, qué distancia hay entre hablarte con los lentes de sol puestos y que vos cierres toda frase con un si dios quiere.

domingo, 1 de febrero de 2009


Llegué y en el ambiente habría habido una pequeña reunión. Perfumes que se mezclan y no de la mejor manera para mi psiquis. Por lo menos si hubieran dejado algo en la heladera entonces estaría bien. Ni llegaron a tomar un café y esto lo sé sólo por intuición. Y porque tengo la suerte de hervir un poco de café para mí que quedaba en la cafetera apenas, un poco de café que ya habría sido hervido antes, sufrido unos hervores repetidos, apagado, enfriado, vuelto a calentar y que quede medio tibio. Todo a lo largo de un mismo día sábado, tengo la capacidad de reconocer un café que yo hice. Me gusta hervirlo para que no quede ninguna duda. Prendo algún aparato para no escuchar ruidos por si los hubiera. Prendo algún bossa nova porque entiendo algunas palabras fáciles y otras no y lo importante es que no hay ninguna complejidad angustiante en los bossa nova que prendo. Estuve hablando distraídamente con la quiosquera obsesiva de las cosas rojas. Dijo que todos los hombres son iguales. Qué le habrá pasado a la quiosquera obsesiva de las cosas rojas. Yo suponía que no mucho. Hay gente que con su cara no te dice nada de su pasado, hay cada vez más de esa gente. Mi café no se enfría nunca más y esto no es que me de sensación de que el tiempo se detuvo. Sería lindo. En cambio mucho tiempo pasó en un tiempo casi no tenido en cuenta, un tiempo dejado para después. El volumen está bajo porque no quisiera despertarlos. Ahora que no hay perros acá al lado saliendo a pasear a cualquier hora. Podés creer que llegué y el vecino regaba las plantas, llegué a esta hora y regaba y me dijo “a dormir” con esas modulaciones raras que a él le salen. Extraña a sus animales que te despertaban. La gente se siente sola y lo resuelve con mascotas.

jueves, 22 de enero de 2009


Tomando café a pleno sol, la ventana abierta por la luz natural, decís, pero hace cuarenta grados y se te está desfigurando el ambiente. Vas regido por tus propias leyes de la física. Argumentás, pensás que más o menos razonando podés entender cualquier proceso, cualquier mecanismo del mundo de la naturaleza, cualquier decisión política del mundo de la realidad. Más o menos intuyendo. Pensás que no necesitás prejuicios. Si no te lo creyeras tanto me parece que estaría muy bien. De ahora en más vas a pelearte con los vecinos que riegan impunemente las paredes de sus casas, embobados y quejosos, irrefrescables, qué será de la vida en este planeta. Es interesante cómo el tema del agua te prende una alarma. El calor tiene mucho de apocalíptico. La queja colectiva tiene mucho de apocalíptica. La queja en el colectivo desde un extraño como buscando una camaradería momentánea, eso prefiero no vivirlo. Usted señora está carcomida, está agobiada, la vi subir con su vestido de flores y un gesto de amargura impregnándole el rostro. Usted quiere estar en otra galaxia, señora. Yo también. Pero eso no va a unirnos ni por un instante. Su comentario me hace sonreír, señora. Capaz que no es lo que usted esperaba. Es que cada vez que alguien mencione el clima la temperatura va a subir un grado más, ¿no es eso un fenómeno asombroso? Podría explicártelo, más o menos razonando, más o menos intuyendo. Partiendo de que las cosas son obvias, que lo obvio es la verdad. Podríamos discutir un rato largo y no decir nada cierto. No se puede decir nada del todo cierto, sí se pueden decir cosas que te hagan pensar.