jueves, 22 de enero de 2009


Tomando café a pleno sol, la ventana abierta por la luz natural, decís, pero hace cuarenta grados y se te está desfigurando el ambiente. Vas regido por tus propias leyes de la física. Argumentás, pensás que más o menos razonando podés entender cualquier proceso, cualquier mecanismo del mundo de la naturaleza, cualquier decisión política del mundo de la realidad. Más o menos intuyendo. Pensás que no necesitás prejuicios. Si no te lo creyeras tanto me parece que estaría muy bien. De ahora en más vas a pelearte con los vecinos que riegan impunemente las paredes de sus casas, embobados y quejosos, irrefrescables, qué será de la vida en este planeta. Es interesante cómo el tema del agua te prende una alarma. El calor tiene mucho de apocalíptico. La queja colectiva tiene mucho de apocalíptica. La queja en el colectivo desde un extraño como buscando una camaradería momentánea, eso prefiero no vivirlo. Usted señora está carcomida, está agobiada, la vi subir con su vestido de flores y un gesto de amargura impregnándole el rostro. Usted quiere estar en otra galaxia, señora. Yo también. Pero eso no va a unirnos ni por un instante. Su comentario me hace sonreír, señora. Capaz que no es lo que usted esperaba. Es que cada vez que alguien mencione el clima la temperatura va a subir un grado más, ¿no es eso un fenómeno asombroso? Podría explicártelo, más o menos razonando, más o menos intuyendo. Partiendo de que las cosas son obvias, que lo obvio es la verdad. Podríamos discutir un rato largo y no decir nada cierto. No se puede decir nada del todo cierto, sí se pueden decir cosas que te hagan pensar.