domingo, 1 de febrero de 2009


Llegué y en el ambiente habría habido una pequeña reunión. Perfumes que se mezclan y no de la mejor manera para mi psiquis. Por lo menos si hubieran dejado algo en la heladera entonces estaría bien. Ni llegaron a tomar un café y esto lo sé sólo por intuición. Y porque tengo la suerte de hervir un poco de café para mí que quedaba en la cafetera apenas, un poco de café que ya habría sido hervido antes, sufrido unos hervores repetidos, apagado, enfriado, vuelto a calentar y que quede medio tibio. Todo a lo largo de un mismo día sábado, tengo la capacidad de reconocer un café que yo hice. Me gusta hervirlo para que no quede ninguna duda. Prendo algún aparato para no escuchar ruidos por si los hubiera. Prendo algún bossa nova porque entiendo algunas palabras fáciles y otras no y lo importante es que no hay ninguna complejidad angustiante en los bossa nova que prendo. Estuve hablando distraídamente con la quiosquera obsesiva de las cosas rojas. Dijo que todos los hombres son iguales. Qué le habrá pasado a la quiosquera obsesiva de las cosas rojas. Yo suponía que no mucho. Hay gente que con su cara no te dice nada de su pasado, hay cada vez más de esa gente. Mi café no se enfría nunca más y esto no es que me de sensación de que el tiempo se detuvo. Sería lindo. En cambio mucho tiempo pasó en un tiempo casi no tenido en cuenta, un tiempo dejado para después. El volumen está bajo porque no quisiera despertarlos. Ahora que no hay perros acá al lado saliendo a pasear a cualquier hora. Podés creer que llegué y el vecino regaba las plantas, llegué a esta hora y regaba y me dijo “a dormir” con esas modulaciones raras que a él le salen. Extraña a sus animales que te despertaban. La gente se siente sola y lo resuelve con mascotas.

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