sábado, 21 de febrero de 2009


Una mujer lee la mano de otra. Le pronostica toda una sarta de bienestares básicos. Va llegando más lejos: realización personal, amor verdadero. Va adoptando la cara de decir que va a ser difícil. Que si está dispuesta a un sacrificio espeluznante, sobrehumano. Obvio. Quién te va a decir que no. Decís que sí y durante un par de segundos hay una fuerza demoledora gestándose en el centro mismo de tu alma. Las cosas que sos capaz de hacer, las cosas que el yo paralelo de tu imaginario personal es capaz de hacer. Después, no encontrando otro destino posible, la fuerza va a implotar. La mujer está inmersa en la lectura de una mano frágil que de momento se siente poderosa, parece que va en serio. Hay un testigo casual que mira la escena con desprecio. Mira una mirada que necesita ser vista. No debe permitirse ser del todo anónimo en estas circunstancias, no debe pasar del todo desapercibido porque está en el radio de algo que necesita ser amonestado. Casi que sus genes se lo piden, casi que el centro mismo de tu alma merece involucrarse. Entonces sin dejar de caminar mirás medio de reojo y hacés tu gestito histérico de desaprobación. Y no hay nada más que puedas aportar. Es como tu nombre en la lista debajo de unas fotos de focas apaleadas, sangre y agonía infinitas en tan tiernas, dóciles criaturas. Un mail con cientos de fotos que se van abriendo de a poco y te las mandan todas, que no vaya a faltar ni una. Y la lista ahí abajo, un completo despropósito. Está bien, hay que dejar a las focas en paz, es fácil quererlas: son tiernas, dóciles criaturas. Tampoco te las cruzás mucho por la calle, con sus olores y su hidrodinamia obesa estorbándote los sentidos. Las cosas serían diferentes. Solamente te advierto que tengas cuidado, que si alguien llegara a leerte la mano podrían saltar verdades que no querés saber.

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