jueves, 26 de marzo de 2009


Entonces para la foto alguien dice agarrados de las manos y otro alguien ve que hay un manco y dice mejor codo con codo y la gente se acomoda como puede y la foto queda muy rara, no se entiende para nada el mensaje fraternal que querían dar. Todos van vestidos con sus trajes de artes marciales.


viernes, 20 de marzo de 2009


Una mujer grande suspira o bosteza. Una mujer grande de tamaño y corta de edad y estatura, su silla de cajera le queda alta por un lado y chica por otro, y hace demasiado ruido cuando se acomoda, arroja todo su peso sobre la silla mientras suspira o bosteza y yo desde acá puedo escuchar esa serie de cosas. En cinco minutos se va a su casa. La persona adelante mío lleva siete productos, yo tres y los llevo en la mano, más adelante ya no sé bien qué pasa. Tendría que evitar mirar tanto a la cajera pero hay algo en su cabeza que acapara mi atención como un modo primitivo de estar alerta, no existe peor color que aquel amarillo falso en su pelo, y lo necesito en mi campo de visión para tenerlo bajo control. Aquel amarillo junto con su hastío, junto con su tamaño, junto con sus ruidos de material plástico frotándose con carne humana, hacen de esta mujer el monstruo perfecto. Me sobreviene un miedo a llevar mis productos en la mano, por qué no los estoy llevando en un canasto o en un carro como todos los demás, la persona de los siete productos se da vuelta y me mira, sé que me están mirando porque llevo los productos en la mano, el de seguridad está disgustado también y no entiendo por qué, camina rápido, se va a posiciones clave y vuelve, hay mucho desplazamiento en el de seguridad y no entiendo si es que pasa algo o es así su personalidad, me están mirando por la falta de canasto pero si agarro un canasto ahora va a ser peor. Trato de hacer foco en detalles del despliegue exagerado que estos lugares ostentan, puedo fingir que me intereso por los precios, por las marcas, como todos los demás. Una nena se cae y empieza a chillar con furia, acude el de seguridad, acuden personas que no sé de dónde salen, quieren ayudar. Guían a la madre con la criatura chillante en brazos hacia el recinto en donde se resuelven este tipo de problemas, van casi corriendo pero en sus caras se nota que el asunto no es de gravedad. La nena igual grita de una forma poco humana, se está lastimando la garganta supongo, su llanto va sufriendo cambios sutiles, graduales, como me explicaron una vez que era la esencia de la música electrónica. La comitiva desaparece tras una puerta y los demás quedamos en un estado raro de conmoción y querer saber más. Se escuchan comentarios a volumen bajo, pobrecita, hay gestos encontrados. Una vez más un suceso adverso une a un grupo de anónimos. Excepto a la cajera rubia, su malestar es más fuerte, la hermetiza. Toda su preocupación está en que en treinta segundos se va a su casa, y que en ese lapso tiene que encargarse de como veinte productos, y que entonces en treinta segundos no se va a su casa, y que los gritos de esa nena accidentada le revuelven el estómago.

lunes, 16 de marzo de 2009


De las doce personas que somos ocho nos aferramos tenazmente a nuestras respectivas bebidas, es evidente que algo anda mal. La tensión hace que se tome mucho líquido, agarrar el vaso y tragar o pretender tragar lentamente como paliativo momentáneo es lo más a mano y es además muy contagioso. Cómo relajarse en una reunión así tan errada. Mientras trago voy haciendo foco en las enfermedades de los presentes, estados paranoides y obsesivos que se intensifican dadas las circunstancias, desidia acumulándose, desgastando relaciones. Entablo conversación con algunos para cerciorarme de lo bajo que caímos, el infranivel que nos recibió es una especie de basural comunitario al que la gente llega por pura negligencia, por falta de energía para cambiar de dirección cuando todavía se está a tiempo. Es un ambiente que confunde, todos tratando de olvidar dónde están, de olvidar cómo llegaron. Después de reuniones así tan erradas no se te pasa para nada rápido la sensación de incongruencia, de haber visitado una morgue feliz. Te hace necesitar una morgue más triste, una charla con un primo suicida. Yo tengo un primo suicida y cuando nos encontramos siempre habla de lo mismo. Que va mal mal, mal. Que le da igual. Que confesar intenciones de suicidio es admitir que todavía hay algo que te retiene en la vida y pensamientos así te dejan como en un coma de indecisión, las conclusiones racionales de las que sos capaz y las cuestiones que realmente te comen la cabeza nunca van a converger. Van ahí conviviendo como pueden, censurándose mutuamente. Le digo que tiene razón y entramos en un silencio largo que en un punto lo desespera y trata de romperlo, trata frenéticamente de romperlo y ya nada de lo que diga va a resultar gracioso o pertinente, se va a manifestar su faceta paranoide, su faceta obsesiva, qué, te creés que no me doy cuenta de lo deforme que soy si vos me entendés si vos sos un poco como yo vos te embelezás con nimiedades y sufrís arrebatos de tener fe en que podés volverte otra persona cuando me decido a hablarte de lo que me pasa de mis sentimientos me parece que te estoy tirando un fardo tan apestoso tan mal armado que no puedo seguir más pero yo creo que vos un poco me entendés que vos sabés. Como si las palabras fueran a arreglar esto, como si la voluntad tuviera algún poder. Pasamos a hablar directamente del mundo, de lo injusto y desproporcionado que es, hablamos de tragedias insólitas que si nos pasan a nosotros nos morimos seguro. Hablamos de sobrevivientes, su esmero por vivir tiene algo de lucha despiadada que no nos convence. Otro silencio y la morgue se va poniendo fría, muy fría. Lo último que decimos, como una burla capaz, es que igual todos los seres humanos estamos hechos del mismo material.

martes, 10 de marzo de 2009


En mi televisor terminó una película. La pantalla en negro y las letras borrosas en blanco, títulos de canciones entre comillas, tantos nombres, la cantidad de gente y sus respectivos roles que involucra una de estas superproducciones. Estoy en una habitación iluminada nada más que por los créditos finales de una película, y no es que la mesa las sillas las pilas de objetos ya definitivas en el suelo se me hagan irreconocibles, es más como enterarme de una faceta perturbadora que no les conocía. Hasta me digo que me cuesta creer que esos objetos no tengan vida, me lo digo porque les estoy notando una personalidad, un humor raro, y a eso es mejor ponerlo en palabras. Tal es el sinsentido circundante. Sólo se interrumpe cuando vuelve a dolerme la mano izquierda en puntadas leves, una molestia en la base del dedo anular. Uno de esos dolores tan sutiles como inexplicables que todos portamos casi en forma constante pero no comunicamos, pienso que por eso justamente cobran un poder especial. Pienso que podría ser la compleja suma de esa índole de cosas lo que hace que a las personas se nos de por sospecharnos más sensibles, más sufrientes, a veces más subnormales que el resto, aunque sea momentáneamente. Hoy hice un trámite en el lugar que atiende el personaje robótico ese que vos le decís el prolijo. Se diría que hay una gruesa capa de amianto entre él y sus potenciales interlocutores. Me hizo una pregunta estando muy seguro de la respuesta que iba a obtener pero obtuvo otra y en el acomode mental que necesitó llevar a cabo podés creer que en sus ojos, en su boca, había cómo te explico una connotación humana. En casos así la verdad sale a la luz cruda y deslumbrante. El prolijo, un humano entonces con sus afecciones particulares, le podés suponer un picor en la región occipital de la cabeza, una sensación de lámina metálica tenue en íntimo contacto con un músculo de la espalda. Una personalidad, un humor raro. La diferencia entre un ser vivo y un objeto inanimado.

lunes, 2 de marzo de 2009


Un grupo de jóvenes como recién salidos de una mala revista. Caminan emanando sus perfumes, una ráfaga de fragancias masculinas compitiendo entre sí despiadadamente. Si es que las personas en las fotos tienen algo de intocables, algo de perfectas, es porque falta algún olor que las delate. Así los jóvenes pasan y más o menos puede sospecharse de qué están hechos, es esa densidad, ese sarro, de la noche que ya decae. El grupo ingresa íntegro a una estación de servicio, a la parte en que podés comprar cigarrillos, osos de peluche, gatorade color turquesa. En esa estación de servicio, afuera, hay que mirar al piso. El piso refulge en esa estación de servicio, si tenés cinco años creés que es magia. La magia a los cinco años son lucecitas que oscilan, la magia después de los cinco años no existe. Hablo del piso, de la fascinación infantil con ese piso. Me hablan de un episodio de drogas con ese piso. Nefasto, te mareás. Se me ocurre que las personas son más sinceras cuando hacen sus negociaciones en estaciones de servicio en una noche que decae, es un momento de bajar la guardia y tolerarse. Hay gente con un sueño casi patológico, babeante, gente que come hamburguesas con la totalidad de los aderezos disponibles, gente pegándose patadas en la calle. Y hace unas horas cuidaban sus pasos, controlaban su aspecto con disimulo. Ahora los perfumes son otros, los maquillajes en las caras metamorfosearon ruidosamente, la ropa se impregnó de cosas y se pega al cuerpo como un pelaje animal. Las chicas se cansaron de acomodar sus pequeños vestidos y sus cuerpos adquieren formas inesperadas. Empieza a salir el sol y es verano, disfrutás todo esto como una especie de carnaval de monstruos. Pero no quisiera ver mi propia cara.