lunes, 16 de marzo de 2009


De las doce personas que somos ocho nos aferramos tenazmente a nuestras respectivas bebidas, es evidente que algo anda mal. La tensión hace que se tome mucho líquido, agarrar el vaso y tragar o pretender tragar lentamente como paliativo momentáneo es lo más a mano y es además muy contagioso. Cómo relajarse en una reunión así tan errada. Mientras trago voy haciendo foco en las enfermedades de los presentes, estados paranoides y obsesivos que se intensifican dadas las circunstancias, desidia acumulándose, desgastando relaciones. Entablo conversación con algunos para cerciorarme de lo bajo que caímos, el infranivel que nos recibió es una especie de basural comunitario al que la gente llega por pura negligencia, por falta de energía para cambiar de dirección cuando todavía se está a tiempo. Es un ambiente que confunde, todos tratando de olvidar dónde están, de olvidar cómo llegaron. Después de reuniones así tan erradas no se te pasa para nada rápido la sensación de incongruencia, de haber visitado una morgue feliz. Te hace necesitar una morgue más triste, una charla con un primo suicida. Yo tengo un primo suicida y cuando nos encontramos siempre habla de lo mismo. Que va mal mal, mal. Que le da igual. Que confesar intenciones de suicidio es admitir que todavía hay algo que te retiene en la vida y pensamientos así te dejan como en un coma de indecisión, las conclusiones racionales de las que sos capaz y las cuestiones que realmente te comen la cabeza nunca van a converger. Van ahí conviviendo como pueden, censurándose mutuamente. Le digo que tiene razón y entramos en un silencio largo que en un punto lo desespera y trata de romperlo, trata frenéticamente de romperlo y ya nada de lo que diga va a resultar gracioso o pertinente, se va a manifestar su faceta paranoide, su faceta obsesiva, qué, te creés que no me doy cuenta de lo deforme que soy si vos me entendés si vos sos un poco como yo vos te embelezás con nimiedades y sufrís arrebatos de tener fe en que podés volverte otra persona cuando me decido a hablarte de lo que me pasa de mis sentimientos me parece que te estoy tirando un fardo tan apestoso tan mal armado que no puedo seguir más pero yo creo que vos un poco me entendés que vos sabés. Como si las palabras fueran a arreglar esto, como si la voluntad tuviera algún poder. Pasamos a hablar directamente del mundo, de lo injusto y desproporcionado que es, hablamos de tragedias insólitas que si nos pasan a nosotros nos morimos seguro. Hablamos de sobrevivientes, su esmero por vivir tiene algo de lucha despiadada que no nos convence. Otro silencio y la morgue se va poniendo fría, muy fría. Lo último que decimos, como una burla capaz, es que igual todos los seres humanos estamos hechos del mismo material.

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