lunes, 2 de marzo de 2009


Un grupo de jóvenes como recién salidos de una mala revista. Caminan emanando sus perfumes, una ráfaga de fragancias masculinas compitiendo entre sí despiadadamente. Si es que las personas en las fotos tienen algo de intocables, algo de perfectas, es porque falta algún olor que las delate. Así los jóvenes pasan y más o menos puede sospecharse de qué están hechos, es esa densidad, ese sarro, de la noche que ya decae. El grupo ingresa íntegro a una estación de servicio, a la parte en que podés comprar cigarrillos, osos de peluche, gatorade color turquesa. En esa estación de servicio, afuera, hay que mirar al piso. El piso refulge en esa estación de servicio, si tenés cinco años creés que es magia. La magia a los cinco años son lucecitas que oscilan, la magia después de los cinco años no existe. Hablo del piso, de la fascinación infantil con ese piso. Me hablan de un episodio de drogas con ese piso. Nefasto, te mareás. Se me ocurre que las personas son más sinceras cuando hacen sus negociaciones en estaciones de servicio en una noche que decae, es un momento de bajar la guardia y tolerarse. Hay gente con un sueño casi patológico, babeante, gente que come hamburguesas con la totalidad de los aderezos disponibles, gente pegándose patadas en la calle. Y hace unas horas cuidaban sus pasos, controlaban su aspecto con disimulo. Ahora los perfumes son otros, los maquillajes en las caras metamorfosearon ruidosamente, la ropa se impregnó de cosas y se pega al cuerpo como un pelaje animal. Las chicas se cansaron de acomodar sus pequeños vestidos y sus cuerpos adquieren formas inesperadas. Empieza a salir el sol y es verano, disfrutás todo esto como una especie de carnaval de monstruos. Pero no quisiera ver mi propia cara.

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