viernes, 20 de marzo de 2009


Una mujer grande suspira o bosteza. Una mujer grande de tamaño y corta de edad y estatura, su silla de cajera le queda alta por un lado y chica por otro, y hace demasiado ruido cuando se acomoda, arroja todo su peso sobre la silla mientras suspira o bosteza y yo desde acá puedo escuchar esa serie de cosas. En cinco minutos se va a su casa. La persona adelante mío lleva siete productos, yo tres y los llevo en la mano, más adelante ya no sé bien qué pasa. Tendría que evitar mirar tanto a la cajera pero hay algo en su cabeza que acapara mi atención como un modo primitivo de estar alerta, no existe peor color que aquel amarillo falso en su pelo, y lo necesito en mi campo de visión para tenerlo bajo control. Aquel amarillo junto con su hastío, junto con su tamaño, junto con sus ruidos de material plástico frotándose con carne humana, hacen de esta mujer el monstruo perfecto. Me sobreviene un miedo a llevar mis productos en la mano, por qué no los estoy llevando en un canasto o en un carro como todos los demás, la persona de los siete productos se da vuelta y me mira, sé que me están mirando porque llevo los productos en la mano, el de seguridad está disgustado también y no entiendo por qué, camina rápido, se va a posiciones clave y vuelve, hay mucho desplazamiento en el de seguridad y no entiendo si es que pasa algo o es así su personalidad, me están mirando por la falta de canasto pero si agarro un canasto ahora va a ser peor. Trato de hacer foco en detalles del despliegue exagerado que estos lugares ostentan, puedo fingir que me intereso por los precios, por las marcas, como todos los demás. Una nena se cae y empieza a chillar con furia, acude el de seguridad, acuden personas que no sé de dónde salen, quieren ayudar. Guían a la madre con la criatura chillante en brazos hacia el recinto en donde se resuelven este tipo de problemas, van casi corriendo pero en sus caras se nota que el asunto no es de gravedad. La nena igual grita de una forma poco humana, se está lastimando la garganta supongo, su llanto va sufriendo cambios sutiles, graduales, como me explicaron una vez que era la esencia de la música electrónica. La comitiva desaparece tras una puerta y los demás quedamos en un estado raro de conmoción y querer saber más. Se escuchan comentarios a volumen bajo, pobrecita, hay gestos encontrados. Una vez más un suceso adverso une a un grupo de anónimos. Excepto a la cajera rubia, su malestar es más fuerte, la hermetiza. Toda su preocupación está en que en treinta segundos se va a su casa, y que en ese lapso tiene que encargarse de como veinte productos, y que entonces en treinta segundos no se va a su casa, y que los gritos de esa nena accidentada le revuelven el estómago.

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