lunes, 20 de abril de 2009


Comían cada cual su perfecto plato a elección y el mozo no dejaba de llevar bebidas. Te sacaste los lentes en un movimiento inesperado y los guardaste, alguien te preguntó si te habías cortado el pelo. Es que tu cara despojada dio un mensaje a los presentes, tu cara brillosa, tu cara más cerca de las caras de los demás revitalizó los niveles de emoción y se hizo un silencio en que todos sonrieron. Vos sonreíste con careta nueva y en tu mente hubo un cambio de planos. Cosas que se alejaron y palidecieron y dejaron de hacer esos ruidos infames que hacen y cosas que se revolucionaron y empezaron a ganar terreno y crecer y llevarse lo demás por delante sin ninguna consideración. Hubo un apague en tu sentido de la moral y una inflamación en la tolerancia que sos capaz de ejercer entre tus semejantes, hubo una ceguera benevolente. Es así que decidiste dar tu opinión sobre un asunto ajeno algo sagrado, colaboraste con el desorden y manoseo del asunto ajeno algo sagrado y la voz se te puso como de un animal perro pekinés y los ojos se te salieron un poco y el humor también se te salió un poco negro, perro pekinés negro y antirrábico si es que las circunstancias lo requiriesen, un perro negro contradictorio y cara de abandono y desamparo si es que las circunstancias de asuntos ajenos sagrados diluidos en un mar de baba mal gastada lo requiriesen. Hay estados de ánimo que nunca practicás y cuando se te aparecen entrás en shock, te dominan incluso físicamente, largás unas risas entrecortadas muy deformes. Hay tipos de bienestar que te hacen mal. Quedaste metamorfoseado en pequeña criatura miope que vuelve a su casa caminando una noche hermosa como para salir a trepar las paredes de la ciudad y respirar fuerte toda la contaminación, quedaste chocándote los postes de luz, ladrando a coro con el resto a ver quién es más espantoso.

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