lunes, 4 de mayo de 2009


Ella parecía tan feliz, tan contenta con tan poco. Ella es insegura y complaciente al punto de nublársele la razón en conversaciones simples. Tiene la palabra y no tiene nada para decir, le va dando forma a sus opiniones conforme los interlocutores malditos la miren inquisitivos, estén de acuerdo o no, busquen que diga cualquier cosa. Dice cualquier cosa y se le festeja. Vos, primo, estabas contento de que existieran seres humanos como todos estos, te quedabas apartado y racional con una mano tapándote a medias el gesto, tu boca temblorosa de sensibilidad, te situabas a una distancia que estaba bien y medías a las personas cariñosamente. Ella parecía tan feliz y vos de rebote parecías también tan feliz, a tu manera introspectiva y tímida. Eran épocas en que casi no estabas corrompido, apenas unas grietas unos dibujos oscuros que hacías con lapicera negra unos papeles esmerados en tu carpetita frágil. Te ibas haciendo de una colección de rarezas colmadas de romanticismo y amigos buenos y amigos malos con quien compartirlas. Empezamos a vernos más seguido, una vez llegué y la mesa estaba puesta para uno, la mesa de las once y media de la noche puesta para uno y una sopa de arvejas recién servida y a volumen alto la sinfonía del nuevo mundo. Siento que interrumpo algo, dije, y te reíste y yo también, era tu travesura más grande de la semana y esto traía un dejo de tristeza que con el tiempo ganó terreno y llegó a quedar perpetuo. Fui entendiendo tu modo pasivo de adaptarte a las situaciones, lo que se rompe se tira y no hay nada que hacer al respecto. Lo demostraste con una computadora, aprendiste a prescindir de ella, te obligaste a creer eso. Un dedo del pie derecho dejó de funcionarte y así lo dejaste, te acostumbraste, te cambió la manera de caminar, sabías, era fácil que te murieras y se empezaba a notar. Nos cruzábamos gente que te preguntaba si habías terminado la carrera, si tenías novia, si tenías trabajo. Sonreías al piso y decías que no, abatido, derrotado, evitando contar a qué dedicabas tu vida, y avanzábamos un rato sin hablar. Imaginate si tuviera problemas reales, me decías a veces. Cuando te mataste eso se transformó en un chiste, en un chiste de tu tipo de humor que nos dejó trastornados para siempre. Te mataste y pensar que eras tan precavido para cruzar la calle, lo mucho que te preocupaba que los autos no te comieran vivo, ni a vos ni a tus amigos, que no nos masticaran y nos descarnaran y nos tragara la tierra.

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