martes, 26 de mayo de 2009


En esa época le tenías miedo a los calefactores, creías que podías acercarte hasta cierto punto, permanecer un tiempo limitado calentando tus manos, si te excedías los lentes te estallarían en la cara. Física intuitiva, a veces la pegás y otras veces no, a veces la pegás y no estás entendiendo nada. En esa época estudiabas mucho, y con tu personalidad incisiva me venías con teorías del aprendizaje, teorías caseras, tuyas, a lo sumo poéticas, me venías con ejemplos. Me leías un párrafo de un libro introductorio de alguna disciplina que suponías manejar, lo leías y después asegurabas que no podía tener sentido para mí en mi ignorancia y sí lo tenía para vos que habías puesto tanto esfuerzo y dedicación en desentrañar los misterios de esa asignatura. Eras desordenado, poco claro, y hablabas de lo que yo experimentaba sin considerar preguntarme qué era lo que realmente me pasaba. Yo estaba ahí como testigo afortunado de tu sabiduría y asumía ese papel por el cariño que te tenía. Tu teoría decía que al principio había que ceder, decías vos con tu voz mal impostada que cuando empezabas a adentrarte en una disciplina nueva necesitabas fé y ser sumiso para dejarte llevar por ese tipo de párrafo que creés entender pero no podés justificar su razón de existir, por qué debe ser dicho algo tan obvio y sin importancia, salido de contexto, por qué ese párrafo me resulta ajeno y enrarecido. Entonces es que le das una oportunidad porque aprender es así, y años después, muchos años, cientos de años después, te llegará la verdadera comprensión, de la nada, disparada por alguna circunstancia insignificante de tu vida. En esa época tenías problemas para socializar, envidiabas a muchos de tus coetáneos, necesitabas ser el personaje de las teorías caseras, suyas, a lo sumo poéticas, el personaje que se sabía ridículo y de lentes estallables que acomodaba compulsivamente cada vez que una mujer se le acercaba excepto las gordas amigas tuyas. Las gordas amigas tuyas conocíamos tu dolor no confesado, tu desesperación por sobresalir que te llevaba a inventarte excentricidades. Así competías con la gente bella y normal, la gente como en las películas tontas que veías medio en secreto, la gente bella y normal que tiene muchos amigos y hace fiestas y coje y gana campeonatos. Las gordas también teníamos nuestros problemas, y veíamos esas películas y llorábamos. Y de orgullosos que éramos nos resistíamos a entender que nadie es tan bello, nadie es tan normal, y la vida de cualquiera es complicada, aburrida, y con problemas inexplicables.

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