lunes, 11 de mayo de 2009


Tu computadora puede darte una ilusión de calidez con su ruido de que algo está trabajando, de que hay un corazón, un alma. La luz que emana su monitor puede colmarte de maneras múltiples. Te gusta este tipo de engaño. Últimamente las cosas importantes las comunicás por medio de teclados y no está mal, son vicios de haber nacido en esta era. Por qué tanta culpa con eso. Por qué tanta culpa cuando ves por la calle unas personas que se abrazan y lloran juntas sus emociones hasta fundirse en una masa inflamada y confusa. Por qué el nudo en la garganta. Ibas a desagotarlo cuando llegaras pero llegaste y ese nudo tuvo tiempo para subir a tu cabeza y te dijiste que ese nudo de presunta empatía era tu ego en su versión vulnerable, tu ego de admitir todo lo que no vas a poder ser. Quedaste en un mal trance. Quedó en evidencia tu capricho de persona queriendo encajar en un patrón de belleza que no le conviene, que le queda como un disfraz fallido. Una vez más tuviste tu momento de saber la verdad, una lucidez que no pediste y te dejó infeliz, tratándote con una sinceridad muy dolorosa. Veías bien tu cara, sin prejuicios o con prejuicios nuevos, y te daba vértigo. Si hacés lo mismo con caras ajenas, si buscás las marcas, las costuras y cintas adhesivas en otras personas, te sumís en una satisfacción especial. Te encanta criticarlas, reducirlas a entes tecleables, compartir un tiempo con ellas fingiéndote que hacés un estudio antropológico secreto. Volvés y las tecleás para tenerlas bajo control, en un intento de darle un significado más amable a tu torpeza, a tu mal humor.

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