jueves, 4 de junio de 2009


El viernes te vi, te enfoqué, sumido en tus cosas, sumido en qué, aburriéndote de todos, despreciando, rebotando gente que te hablaba, gente que te tambaleaba en tu supuesto bienestar lejano, frío, inalcanzable, congelado de brazos cruzados escuchabas la música y rebotabas con sonrisas amables a la gente contenta que amenazaba tu mundo ártico, misterioso y correctamente situado en la semioscuridad. Por qué estás en un evento como este. Adelante tuyo unas chicas hablando el idioma de estar siendo escuchadas por oyentes ocasionales, chicas divertidas animadas a ser atrevidas y graciosas por una posible audiencia que te incluye, gentes rodeándote en movimiento, comprando bebidas, asimilándolas, hablando también otros tantos idiomas, rodeándote las mismas gentes que te rodean en contextos más semiclaros. Pensabas o escuchabas la música, exagerabas el gesto de indiferencia lo suficiente como para delatarte. Estabas asustado. Estaban el que ahora en mi mente llamo el gordo ovni y su amigo pelirrojo, estaban con la energía disparada, socializando con cualquiera, conmigo, con todos, demostrando sus talentos en el humor, en el carácter, debo decir, cuánto carácter en esa dupla, llevándose cosas por delante, el gordo ovni con una mirada tan malvada y feliz le procedía en contra al amigo sólo por vocación y el amigo sacaba un hacha, unos cuchillos, y se los tiraba a carcajadas sobre la impresionante extensión de su cuerpo. Este deporte los mantenía de un humor perfecto. Adelante de la dupla el personaje misterioso y gélido los escuchaba imperceptible, los razonaba, los comparaba y etiquetaba en respectivas personalidades, camaleónica, alegrosa, persecuta, hemofílica, antártica, espadachina, lacrimosa, cabecilla, a todos y cada uno nos fue metiendo en sus cajones hasta que empezó una pelea y tiraban botellas y tiraste los cajones a tiempo, reaccionaste, esquivaste, ayudaste, la respiración se te agitó y te hizo bien.

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