jueves, 23 de julio de 2009


Sí fui y la pasé bien, demasiado bien, sorprendentemente bien, hablé mucho, acoté en temas tipo: los hombres son más maricones que las mujeres para soportar el dolor y ver sangre, puse caras, millones de caras adecuadas, y me vestí con corrección, usé botas, aros, usé maquillaje, me peiné. Después te muestro las fotos. Cuando volví no dejaba de preguntarme quién soy, quién soy, quién me manipula, debo ser yo, y me llevó hasta el amanecer el análisis meticuloso de todo lo que dije mal, de todos los errores, las actuaciones, las torpezas, los prejuicios. Llevo una maquinaria mental de razonamiento y culpa que no sé parar, en un intento de controlarla le digo hemisferio izquierdo, ahora que aprendí que hay una cuestión con los hemisferios cerebrales, ahora que lo creo, teniendo en cuenta que creer no es pensar que es verdad, creer es la opción única que te dejás a vos mismo por una serie de intrincadas negociaciones que tienen que ver con tu experiencia personal, las grandes decepciones de tu vida, las cosas que te fascinaron, lo que te dio miedo. Es un enano que no afloja, un enano incrustado en el cráneo que te va indicando el ego, la falacia, lo insensible, de vos y del resto, te calcula probabilidades de comunicación, de entendimiento, te muestra las hilachas, de vos y del resto, y te va rompiendo la cabeza con esmero. Cuando hablamos puede pasar que yo no crea en lo que vos decís, o no crea que te estés explicando bien, o crea que usás mal las palabras, y si no hago mención de la sarta de barbaridades que me señala el enano es porque además la maquinaria me prende foquito rojo, me advierte, me recuerda que no quiero ser el personaje que arruina gratuitamente los momentos, y si en cambio no le hago caso a la maquinaria y me digo que mejor expresarse con sinceridad y sin reprimir y que algo de eso hay en ser espontáneo, entonces lo que al final puedo decir, lo que llega a ver la luz, es un rejunte nervioso y nebuloso que desajusta el paisaje con eficacia, deja ahí unas tensiones, unas frasecitas de más, un fracaso. Si lo digo está mal y si no lo digo también, y si directamente no digo nada de nada soy como un cubo de hielo gigante que puede caminar durante horas en silencio y se resquebraja de adentro para afuera, de afuera para adentro, no sabe, es un cubo de hielo que no sabe, que es muy cúbico y no comprende en absoluto su razón de existir, es inestable, carece de identidad, y eso tampoco nos convence. La maquinaria duda, admite su condición de mediocre, sus dificultades en materia de empatía, la contaminación fluorescente que emana, la maquinaria quiere apagarse ella misma y no le sale. Y con este episodio que me pasó se me ocurre que hay que disfrazarse, hay que ponerse esa polera negra que me compré en balbi, viste que a mí no me gustan las poleras pero esa es una polera excelente para disfrazarse, con las botas y el maquillaje, y la maquinaria queda confundida, queda en un estado de latencia trabada, y yo hablo y hablo y el enano no, y puedo ver, puedo darme cuenta, de que sigo siendo varias personas. Después te muestro las fotos.

sábado, 11 de julio de 2009


La sobrina que iba a ayudarnos resultó ser en parte albina y en parte no, y acomplejada al respecto trataba de esconder su mitad rara con posiciones casuales de su brazo, de su mano, posiciones casuales estudiadas y entrenadas, mecanizadas, milimetradas, movía su brazo y hablaba con voz suave transmitiendo paz y transmitiendo también una información inesperada, hablaba y tocaba mucho su cara con unos dedos frágiles que no tenían nada que hacer ahí pero insistían y no dejaban que admiráramos la belleza aberrante de su ojo de pestañas blancas al lado de su ojo de pestañas oscuras y era difícil prestar atención por la rareza, la belleza, la paz y la confusión que la sobrina que iba a ayudarnos significaba para nosotros en esos instantes en que creíamos que estábamos sólo un poco perdidos en un pueblo amable y en realidad estábamos muy perdidos en un pueblo bastante fantasma con hombres lobo y criaturas de las sombras, muy perdidos y prontamente robados a manos de una criatura de las sombras y la noche caería sobre nosotros, caería con todo su peso y su silencio, caería mucho más literalmente que otras veces, nos golpearía y estropearía y dividiría en bandos con ideas contrarias, con rencores cruzados y culpas y toma de decisiones diferentes y prontamente nos separaríamos además físicamente, nos distanciaríamos kilómetros y kilómetros y nos odiaríamos tenazmente en el frío y el miedo, en la desesperación, pero el odio nos mantendría con fuerza, con temperatura, con un sentido competitivo energizante de ir por el camino más peligroso, con osos y arañas y estalactitas, de ir convirtiéndonos en animales salvajes que saben qué hacer en ese paisaje, que armonizan con lo siniestro, que por momentos sienten un placer insólito, pero que pasa, un placer que pasa y se vuelve concentración en el entorno, supervivencia medida y pensada, y entonces un golpe de suerte merecido, milagroso, sano y salvo, y que se resuelvan los bandos y se reencuentren, sanos y salvos, que descansen y recapaciten, y que al final había estado clarísima la desgracia que nos estaba por tocar, perfecto el signo de peligro frente a nuestros ojos que contemplaban a la sobrina en parte albina, que contemplaban a una chica con un padecimiento de mitades que no existe.

sábado, 4 de julio de 2009


La primera vez que los dos individuos en una misma bicicleta pasaron por mi izquierda a mayor velocidad que la que llevaba mi propia bicicleta mientras hacían con sus voces ruidos de carrera de autos me hice la indiferente. Después fueron más lento y me resultó inevitable alcanzarlos y dejarlos atrás. Ellos reaccionaron con un acelere virtuosístico y me pasaron haciendo con sus voces ruidos de carrera de autos, y me hice la indiferente. Aminoraron y en el semáforo nos reencontramos y tardaron en arrancar por cuestiones técnicas y gané entonces la primera posición sin proponérmelo casi en realidad con una leve proposición de mi parte a participar con sólo una insinuación de que quería jugar esa carrera y con una tenue desviación de mi concentración puesta ahora en cierta proporción en que estaba ganando y en que se avecinaban los ruidos de carrera de autos hechos impecablemente con voces humanas de dos individuos en una misma bicicleta se avecinaban cada vez más vecinamente cada vez más cerca al lado ahora los ruidos de perfecta carrera el sol y el viento en la cara y las manos la indiferencia sí o no me pasan indiferencia sí o no me pasan o no sí o no sí o no un semáforo de nuevo sí o no sí o no no? pero sí me freno sí y sí me pasan sí pero esta vez río sí río mucho con los ruidos río sí y los miro y miro para arriba el cielo que está tan revuelto que soy feliz y ellos ejecutan sus ruidos de mejor y mejor manera y ríen y ríen y no frenan en el semáforo y se alejan ampliamente de mí y antes de desaparecer en la otra esquina me saludan.

miércoles, 1 de julio de 2009


El pasado cambió otra vez.
Esa noche que habíamos inventado un juego nuevo todos los primos juntos en una necochea paradisíaca, se hacía más y más tarde y los grandes no nos mandaban a dormir, nos dejaban gritar y romper todo, nos dejaban ser unos salvajes lastimados y frenéticos y ellos caminaban por los rincones, por las paredes casi, iban a una pieza y volvían y hacían llamadas telefónicas con caras espantadas, iban y cerraban la puerta como si fueran gente delicada y mantenían una guardia de un par de grandes siempre, por turnos, y a veces alguno se acercaba y se hacía el que todo iba bien y entonces entendíamos que algo andaba mal pero el juego nuevo nos tenía involucrados en cuerpo y alma y no podíamos parar de correr y automáticamente suspendíamos nuestras sospechas que nunca llegaban a verbalizarse, que nunca llegaban a ser una amenaza. Ese juego de esas vacaciones era el recuerdo más feliz que teníamos hasta que varios años después nos enteramos de qué venía toda la maniobra misteriosa de la pieza y entonces el pasado ya nunca fue el mismo, el pasado tuvo que cambiar y fue muy triste.
De ahí en más, y seguramente desde antes, el pasado empezó a cambiar con cierta facilidad y se volvió un tipo de sensación amarga bien precisa.
Y ahora el pasado cambió otra vez.