miércoles, 1 de julio de 2009


El pasado cambió otra vez.
Esa noche que habíamos inventado un juego nuevo todos los primos juntos en una necochea paradisíaca, se hacía más y más tarde y los grandes no nos mandaban a dormir, nos dejaban gritar y romper todo, nos dejaban ser unos salvajes lastimados y frenéticos y ellos caminaban por los rincones, por las paredes casi, iban a una pieza y volvían y hacían llamadas telefónicas con caras espantadas, iban y cerraban la puerta como si fueran gente delicada y mantenían una guardia de un par de grandes siempre, por turnos, y a veces alguno se acercaba y se hacía el que todo iba bien y entonces entendíamos que algo andaba mal pero el juego nuevo nos tenía involucrados en cuerpo y alma y no podíamos parar de correr y automáticamente suspendíamos nuestras sospechas que nunca llegaban a verbalizarse, que nunca llegaban a ser una amenaza. Ese juego de esas vacaciones era el recuerdo más feliz que teníamos hasta que varios años después nos enteramos de qué venía toda la maniobra misteriosa de la pieza y entonces el pasado ya nunca fue el mismo, el pasado tuvo que cambiar y fue muy triste.
De ahí en más, y seguramente desde antes, el pasado empezó a cambiar con cierta facilidad y se volvió un tipo de sensación amarga bien precisa.
Y ahora el pasado cambió otra vez.

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