sábado, 11 de julio de 2009


La sobrina que iba a ayudarnos resultó ser en parte albina y en parte no, y acomplejada al respecto trataba de esconder su mitad rara con posiciones casuales de su brazo, de su mano, posiciones casuales estudiadas y entrenadas, mecanizadas, milimetradas, movía su brazo y hablaba con voz suave transmitiendo paz y transmitiendo también una información inesperada, hablaba y tocaba mucho su cara con unos dedos frágiles que no tenían nada que hacer ahí pero insistían y no dejaban que admiráramos la belleza aberrante de su ojo de pestañas blancas al lado de su ojo de pestañas oscuras y era difícil prestar atención por la rareza, la belleza, la paz y la confusión que la sobrina que iba a ayudarnos significaba para nosotros en esos instantes en que creíamos que estábamos sólo un poco perdidos en un pueblo amable y en realidad estábamos muy perdidos en un pueblo bastante fantasma con hombres lobo y criaturas de las sombras, muy perdidos y prontamente robados a manos de una criatura de las sombras y la noche caería sobre nosotros, caería con todo su peso y su silencio, caería mucho más literalmente que otras veces, nos golpearía y estropearía y dividiría en bandos con ideas contrarias, con rencores cruzados y culpas y toma de decisiones diferentes y prontamente nos separaríamos además físicamente, nos distanciaríamos kilómetros y kilómetros y nos odiaríamos tenazmente en el frío y el miedo, en la desesperación, pero el odio nos mantendría con fuerza, con temperatura, con un sentido competitivo energizante de ir por el camino más peligroso, con osos y arañas y estalactitas, de ir convirtiéndonos en animales salvajes que saben qué hacer en ese paisaje, que armonizan con lo siniestro, que por momentos sienten un placer insólito, pero que pasa, un placer que pasa y se vuelve concentración en el entorno, supervivencia medida y pensada, y entonces un golpe de suerte merecido, milagroso, sano y salvo, y que se resuelvan los bandos y se reencuentren, sanos y salvos, que descansen y recapaciten, y que al final había estado clarísima la desgracia que nos estaba por tocar, perfecto el signo de peligro frente a nuestros ojos que contemplaban a la sobrina en parte albina, que contemplaban a una chica con un padecimiento de mitades que no existe.

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