viernes, 28 de agosto de 2009


Noche cerrada, seis y media de la mañana y noche cerrada, siete menos veinte y noche cerrada, hermética. Puntualidad británica me dice cuando nos encontramos en la vereda. No era para menos, pienso, la puntualidad es una cuestión delicada. Solamente en dos oportunidades nos habíamos visto antes pero supuse que había alcanzado para que se hiciera de unos prejuicios básicos acerca del tipo de persona que soy, un esbozo con algo de identidad, separable de la masa compacta de desconocidos cotidianos. Repasé mi primera visita a tu casa, mi celular marcaba las 14:59 y decidí que no estaba mal llegar un minuto temprano. Tu casa en perfecto desorden, procediste a ordenarla con calma y poca energía, con confusión y duda de si correr un mueble o entrábamos todos igual, te paseabas ineficaz con objetos en las manos, descontracturando mi puntualidad británica y mi tensión incipiente que resultaba invisible a tu mirada poco curiosa, pero eso todavía no lo sospechaba. Unos días después volvíamos de tornquist y dijiste que no te gustaba la gente tensa. Siendo que mi estado de tensión en relación a tu presencia había empezado casi al momento de conocerte, ese comentario me dio el alivio de saberme entre gente que no percibe los estertores neuróticos, los tropiezos psicológicos, me dio ese alivio y también esa decepción. Antes en tu auto de noche cerrada la conversación se hacía compleja, se iba a lugares que hay que ir armado o hay que escapar y vos en cambio a tus anchas con el vocablo justo y el entendimiento absoluto en el semblante, como en la gente que sabe cosas. Vos sin esfuerzo, con tu aspecto de criatura pacífica, tolerante al extremo de lo ridículo, eras gente que sabe cosas y produce mucha tensión. Y decís que no te gusta la gente tensa. A la vuelta en tu auto ruidoso vimos una monja caminando por la banquina con su capucha gris al viento, emitiste unas risas nuevas tipo graznido y me miraste, tu cara había transfigurado, había una sonrisa psicópata que era el colmo de la ternura.

lunes, 3 de agosto de 2009


En un ejercicio de empatía doble yo era vos poniéndote en mi lugar y entonces yo siendo vos queriendo ser yo miraba atentamente las paredes marmóreas de lo que vendría a ser mi mente, las tanteaba y eran impenetrables y se jactaban las paredes, se jactaban de algo todo el tiempo y eso las hacía más pared, enriquecía su esencia de pared herméticamente construida para albergar un espacio inmutable, un volumen siempre el mismo en el que yo regaría mis plantas, cambiaría mis cuadros, alimentaría mis mangostas, me pondría una escafandra yo en mi mente, un aparato de asepsia o con la capacidad de filtrar el más mínimo infrasonido que llegara del exterior para estorbar la calma forzosa de mi hogar a prueba de cualquier tipo de presencia que no fuera yo ni mis pequeñas mangostas embalsamadas ni mis plantas plásticas, a prueba de los fuegos artificiales que hay allá afuera constantemente, de la música que dejó locas de felicidad a doña rosa y a doña pepa y yo por suerte acá adentro, al resguardo, mirando fotos con microscopio y sin el tomo tres del traductor a poesía y maravilla, y sin los tomos uno ni dos, ni el tomo cuatro que se refiere a cómo adaptarse a climas tempestuosos y seguir estando contento. En un ejercicio de empatía egocéntrica doble yo era yo poniéndome en mi lugar, es como los tests, los tests al final no pueden decirte mucho más que lo que pensás vos de vos mismo -excepto los tests de inteligencia que creo que aunque te creas inteligente te pueden dar mal- y entonces yo siendo muy muy muy yo regaba mis plantas en mi bunker a prueba de cánticos alegres ajenos, yo regaba mis plantas en un ejercicio de conocimiento de cosas que ya se conocen demasiado bien, ya dan asco, repugnan, y venía un camión y me pisó y me morí.