lunes, 3 de agosto de 2009


En un ejercicio de empatía doble yo era vos poniéndote en mi lugar y entonces yo siendo vos queriendo ser yo miraba atentamente las paredes marmóreas de lo que vendría a ser mi mente, las tanteaba y eran impenetrables y se jactaban las paredes, se jactaban de algo todo el tiempo y eso las hacía más pared, enriquecía su esencia de pared herméticamente construida para albergar un espacio inmutable, un volumen siempre el mismo en el que yo regaría mis plantas, cambiaría mis cuadros, alimentaría mis mangostas, me pondría una escafandra yo en mi mente, un aparato de asepsia o con la capacidad de filtrar el más mínimo infrasonido que llegara del exterior para estorbar la calma forzosa de mi hogar a prueba de cualquier tipo de presencia que no fuera yo ni mis pequeñas mangostas embalsamadas ni mis plantas plásticas, a prueba de los fuegos artificiales que hay allá afuera constantemente, de la música que dejó locas de felicidad a doña rosa y a doña pepa y yo por suerte acá adentro, al resguardo, mirando fotos con microscopio y sin el tomo tres del traductor a poesía y maravilla, y sin los tomos uno ni dos, ni el tomo cuatro que se refiere a cómo adaptarse a climas tempestuosos y seguir estando contento. En un ejercicio de empatía egocéntrica doble yo era yo poniéndome en mi lugar, es como los tests, los tests al final no pueden decirte mucho más que lo que pensás vos de vos mismo -excepto los tests de inteligencia que creo que aunque te creas inteligente te pueden dar mal- y entonces yo siendo muy muy muy yo regaba mis plantas en mi bunker a prueba de cánticos alegres ajenos, yo regaba mis plantas en un ejercicio de conocimiento de cosas que ya se conocen demasiado bien, ya dan asco, repugnan, y venía un camión y me pisó y me morí.

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