jueves, 17 de septiembre de 2009


Otra vez contaba sus desventuras a una audiencia incómoda, distraída en el mejor de los casos. Repartía entre los presentes pedacitos de la bola descomunal de miseria que le crecía adentro. Todo lo que le pasa, la cantidad de situaciones tristes que debe atravesar van formando la bola en ese presunto adentro, y tan prolijita puede verse desde afuera. Se siente especial. Es especial, ninguna duda. Quién no es especial. Pero necesita de otros para sentirse especial, necesita entes grises desdibujados semifelices y estables para ejercer su especialidad. Y la audiencia se va poniendo gris y desdibujada, la audiencia sospecha que quedó en el rol de los semifelices y los estables, la audiencia empieza a tener problemas con ese rol y se va poniendo roja, verde, empiezan a gestarse bolas de miseria, las dejan ahí listas para salir, cerca de la boca. Y se arma un deporte con las bolas de miseria, un partido de algo, en que todos se golpean y tragan miserias ajenas y hay goles y no hay muchas reglas. Después el escenario queda rotoso, irrecuperable. Llegan otros entes con sus respectivos colores y ven que se sucedió una cuestión de bolas de miseria, que hay un desorden y nadie se hace real cargo. Y se preguntan si habría sido necesario el desparramo. Y reflexionan sobre la miseria propia de cada individuo, de la miseria que llevás adentro y la que llevás afuera, de lo mucho que te quejás. Y visualizan el aire podrido del mundo en el que flotan las miserias individuales de toda la humanidad. Se angustian con esta contaminación, le ponen una etiqueta provisoria para poder darse cuenta de lo mal que les vino pegando durante toda su vida. Y se quejan.

martes, 8 de septiembre de 2009


A mi abuelo lo están transformando en una criatura inmortal que nunca más va a ser un humano. Continuaron su aparato digestivo mediante un cable que sale de su nariz. Cuatro veces por día hay que sentarlo y proveerle su ración licuada. Un pegote espeso bajando despacio por el sistema plástico. Mi primo suicida se niega a visitarlo. Yo le insisto pero él prefiere estancarse en una ensoñación culposa a ir a veces a conversarle los delirios. Ayer surgió una cuestión de viaje en bote, un viaje en bote que si somos más de dos él no va a ninguna parte, mi abuelo postrado hace años gritando que no va en bote a ninguna parte si somos más de dos, que no vayan a tratar de engañarlo, que de ahí no lo mueve nadie. Yo le digo que no hay de qué preocuparse, que somos solamente dos, que al primo no le gusta andar en bote. Pero dale primo, yo te sugiero que vengas, tenés que ver esto, vos que no necesitás tragedias para sentirte mortalmente triste vení a ver un humano que devino en cosa. Serían una dupla increíble. Si odiás la vida, primo, entonces tenés que venir a ver esto. Si odiás la vida entonces deberías procurar odiarla completamente, deberías ir resolviendo.
Confesar a alguien tus intenciones de suicidio suele ser un error.
Responder a alguien que sí, que se suicide, suele ser un error bastante más amargo.