jueves, 17 de septiembre de 2009


Otra vez contaba sus desventuras a una audiencia incómoda, distraída en el mejor de los casos. Repartía entre los presentes pedacitos de la bola descomunal de miseria que le crecía adentro. Todo lo que le pasa, la cantidad de situaciones tristes que debe atravesar van formando la bola en ese presunto adentro, y tan prolijita puede verse desde afuera. Se siente especial. Es especial, ninguna duda. Quién no es especial. Pero necesita de otros para sentirse especial, necesita entes grises desdibujados semifelices y estables para ejercer su especialidad. Y la audiencia se va poniendo gris y desdibujada, la audiencia sospecha que quedó en el rol de los semifelices y los estables, la audiencia empieza a tener problemas con ese rol y se va poniendo roja, verde, empiezan a gestarse bolas de miseria, las dejan ahí listas para salir, cerca de la boca. Y se arma un deporte con las bolas de miseria, un partido de algo, en que todos se golpean y tragan miserias ajenas y hay goles y no hay muchas reglas. Después el escenario queda rotoso, irrecuperable. Llegan otros entes con sus respectivos colores y ven que se sucedió una cuestión de bolas de miseria, que hay un desorden y nadie se hace real cargo. Y se preguntan si habría sido necesario el desparramo. Y reflexionan sobre la miseria propia de cada individuo, de la miseria que llevás adentro y la que llevás afuera, de lo mucho que te quejás. Y visualizan el aire podrido del mundo en el que flotan las miserias individuales de toda la humanidad. Se angustian con esta contaminación, le ponen una etiqueta provisoria para poder darse cuenta de lo mal que les vino pegando durante toda su vida. Y se quejan.

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