viernes, 30 de octubre de 2009


Subimos a la terraza a ver un corte de luz. Creía que ver un corte de luz era ver nada, resultó ser mucho más. Él llevaba un aparato iluminador que daba una luz blanca, tenue y sucia, que en esas circunstancias estaba muy bien. El paisaje de los techos, de la luna, me producía una fascinación que no esperaba. Un rato después bajaríamos y le haría probar el café una vez más, era un lunes odioso, una noche de verano infernal que con estos detalles se iba volviendo algo mejor. Estaba por irme pero el momento empezó a prolongarse, empezó a extenderse como pegajoso y era imposible escapar. Adopté una posición de descanso en mi bicicleta y él se sentó en un cantero. Casi no conversamos, se dio un silencio que parecía de autocontemplación. Tu expresión podría corresponder a la de alguien que sabe que su vida no va a cambiar drásticamente por ninguna cosa, ninguna, que no hay milagros, ni suerte, ni hadas, ni personas tan excesivamente inspiradoras por demasiado tiempo, alguien con esa decepción crónica eras, con una melancolía básica que es correcto aceptar. Pasó un auto con un personaje pelado conocido que nos saludó. En esa época ese personaje pelado era de mis preferidos y por eso este episodio me significó un entusiasmo momentáneo que me sacó el susto de mirarse uno tan adentro. Qué tiene este lunes de lunes. Hablamos del pelado. También quisiste hablar de tu propio personaje preferido y de su auto, había una anécdota. En eso surgió el capricho de que probaras de nuevo el café y entramos y de nuevo no te gustó, creo que para ese entonces el corte de luz ya había terminado. Cuando volvía pedaleando el esfuerzo que tenía que hacer era ridículo, el viento era de cálido a sofocante, me sacaba la energía peor que un desconocido psicótico hablándome de música en el colectivo, hablándome de música en idioma matemático en un colectivo con trescientas personas colgadas de los caños, me sacaba la energía. Qué tiene este lunes de lunes, qué tiene un lunes de lunes. Ya no era lunes, pensé, ya el reloj decía que era martes, ampliamente, y eso amagó con cambiarme las sensaciones. Qué engaño esto de los días de la semana, esto de las horas, qué engaño que al ser humano le encanta. Cuando se cortó la luz de nuevo y la calle se volvió una boca de lobo terrible que respiraba aire tibio y semipodrido, en ese momento oscuro y de baja presión, me amigué con el calendario, me amigué con la alarma del reloj que sonó por error como diciendo que qué importaba, si igual puede pasar cualquier cosa en cualquier parte.

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