martes, 24 de noviembre de 2009


Le explicabas al otro personaje, que podría ser tu reflejo sobre vidrio espejado de alta fidelidad, en qué consistían tus nuevos proyectos, tus nuevas intenciones, le manifestabas tu indignación, tu aburrimiento, también tu optimismo. Te callaste y creí sentir un sabor amargo en mi boca, a tres metros de distancia te sentí un sabor amargo en mi boca, y además el perfume de tu maquillaje denso. Tus cuatro décadas y alguna otra más sepultadas bajo capa aislante de pegote y desesperación. Tu pollera que dijiste color ciruela. Si comieras una ciruela de ese color te morirías de amargura. Era en realidad el conjunto de vos y tus alrededores lo que resultaba de una amargura mortal. Tuve miedo. No es que los años le hacen esto a la gente, técnicamente, y vale la pena decirlo bien, es que la gente es capaz de transformaciones de lo más inverosímiles si le das años. Tuve un miedo de amargura que venía arrastrando sin resistirme, pretendiendo que no era nada. Capaz que desde esa noche que hablaba con vos y yo era tu espejo. Decías que de ahora en más y que nunca y que siempre, todo lo que ibas a emprender y las precauciones y los hábitos que ibas a cultivar. Pensé en el poco alcance de tus nuncas y tus siempres, en el bicho en que igual te ibas transformando, pensé en que esto podría aplicarse a toda la humanidad, casi. A la mujer de pollera ciruela por fin empezó a hablarle su espejo, y su espejo resultó ser, más bien, una persona en pleno uso de sus facultades racionales que con mucha cautela le dio final al manantial cloacal que salía de su boca. Y, como si leyera mi pensamiento, o mi cara postura mirada y gestos, dijo un par de cosas con toda humildad, un par de comentarios casuales hechos solamente para proponer una alternativa saludable al manantial cloacal que salía de mi mente.

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