miércoles, 23 de diciembre de 2009


Entra y nota algo de farándula, algo de presunción de cuarta en el ambiente. Sonríe con farsa, se acomoda el disfraz, y su mirada busca una ventana porque ya extraña la niebla dudosa en la noche de afuera. Aunque amenazaba con una asfixia lenta y le daba un miedo de instinto, busca con los ojos la niebla exterior porque adentro hay una niebla más peligrosa. Por momentos casi sabe que en todas partes va a haber niebla, que es su propio pánico que ve borroso y ajeno, que lo lleva como escondiendo un embarazo, campera puesta y náusea subyacente. Se sirve una bebida y se deja llevar como en un zoológico feliz, va visitando a los animalitos a ver cuál responde mejor a su cariño. Va a los tumbos, a merced de sus emociones de dosis altas, empastillables, y sin recursos para enfrentarlas. Sabe que la farándula de una reunión social de disfrazados puede provocarle una crisis con facilidad espantosa, entonces sin querer toma precauciones que la van desfigurando más y más. Habla con palabras de otros, con voces de otros, opina opiniones que robó inocentemente, incompletas y hechas collage. Hay un disfrazado que le hace unos amagues de desafío filosófico acorde a su disfraz, no se imagina que está al borde de causarle un colapso con llanto y asma y todo el show. Él en realidad no quiere problemas, no quiere llamar a la ambulancia, pero sí tiene la fuerte intención constante de brillar y no ve mucho más allá de su flequillo, no ve el embarazo de doce meses que ella esconde con risitas desesperadas cuando él le pide que justifique lo que se supone que ella dijo. Él la mira con furia y sube el volumen y la violencia de sus argumentos porque está poseído por la sabiduría y fosforece. Ella se siente atacada por un mastodonte, ella va a parir algo ridículo en cualquier momento. Un disfrazado con el morbo suficiente disfruta la escena desde lejos. Otro se acerca a moderar porque se embarazó un poco y duele en su cuerpo el parto ajeno. Morbo se vuelve participativo, se acerca, morbo quiere las tripas de todos y se decide a intervenir. Si la discusión antes no tenía sentido ahora es una ameba gigante que se va volviendo graciosa con sus espasmos gelatinosos. Y al final explota y primero todos se miran y después todos se ríen, pegoteados de algo dulce y sin sustancia, ríen y ríen entregados a una atmósfera de confusión, hasta que entienden que la situación se definió en paz y armonía para cada uno de los implicados y no se sabe bien por qué. Las risas se van apagando pero las miradas se encienden y están agudas. Ahí se nota que los disfraces eran verdad. Los disfrazados no eran disfrazados, eran gente con su ropa correcta, a lo sumo gente con la vida como desmembrada, como varias cosas viajando en líneas paralelas que nunca se tocan y aparentan que sí.

jueves, 3 de diciembre de 2009

Por fin se hacía cierta la amargura que había llegado a sospecharte expresamente con el descuido de conversación entre extraños. Hacía ya semanas que pasábamos gran parte del día todos juntos bajo el mismo techo gris y como recalentado, gente ocupada, estresada, reunida por azar o por error, compartiendo almuerzos que me caían particularmente pesados. Mi amabilidad y mi paciencia se fueron agotando, afloraban indiferencias y opiniones difíciles de recibir con sonrisas, y así los almuerzos se volvieron casi placenteros. Te me ibas acercando y empezamos a coincidir en momentos que para los otros resultaban insignificantes, como mirar el clima triste por la ventana sin hacer comentarios, nunca. Después sí se hizo común que hablaras. Me contabas lo mal que dormías, me contabas sueños con tu voz terrible, y tu amargura se iba haciendo muy cierta. Creo que algo doloroso pasaba en tu garganta, algo doloroso que se había hecho normal como cicatriz. Te despertabas a la madrugada, agotado y con miedo, sentías la presencia de huérfanos en tu habitación, nenitos que se escondían en tu placard y estaban en realidad muertos, alguien los habría envenenado. Qué podrían hacerte. No mucho. Pero cómo tolerar su existencia. Ibas entendiendo que yo también entendía que no se podía ir a confesarle a cualquier personaje optimista un pesimismo que nunca podría respetar. Un día no apareciste y tuve la certeza de que te habías muerto. El pulso me temblaba, lloraba un llanto silencioso y seco por los rincones esperando que alguien diera la noticia. En un ataque de emotividad hablé con los demás, hablé sin prejuicios y sin sarcasmo, con los ojos brillosos, dramáticos. Hablé de la humanidad, de cosas inabarcables. Todos se preocuparon y después se divirtieron cuando vieron que el ataque terminaba y me daba un poco de vergüenza y volvía a ser yo pero ya no era tan yo. Al rato supe que habías pedido el día para ir al casamiento de tu primo. Algo tan ridículo como eso. Y a la mañana siguiente me contaste del casamiento, me hablaste de tu familia, que todos eran más o menos felices, y que mal que mal vos también. Mal que mal. Tu charla se volvió semiluminosa y con rompevientos blanco por si llueve. Mi decepción duró mucho más de lo que me parecía razonable. Hasta que en algún momento supe que la decepción era más bien conmigo, con haberte inventado con tanta ingenuidad, y entonces el período razonable de decepción se me extendió. Esa noche empecé a imaginar huérfanos malditos en mi habitación.