jueves, 3 de diciembre de 2009

Por fin se hacía cierta la amargura que había llegado a sospecharte expresamente con el descuido de conversación entre extraños. Hacía ya semanas que pasábamos gran parte del día todos juntos bajo el mismo techo gris y como recalentado, gente ocupada, estresada, reunida por azar o por error, compartiendo almuerzos que me caían particularmente pesados. Mi amabilidad y mi paciencia se fueron agotando, afloraban indiferencias y opiniones difíciles de recibir con sonrisas, y así los almuerzos se volvieron casi placenteros. Te me ibas acercando y empezamos a coincidir en momentos que para los otros resultaban insignificantes, como mirar el clima triste por la ventana sin hacer comentarios, nunca. Después sí se hizo común que hablaras. Me contabas lo mal que dormías, me contabas sueños con tu voz terrible, y tu amargura se iba haciendo muy cierta. Creo que algo doloroso pasaba en tu garganta, algo doloroso que se había hecho normal como cicatriz. Te despertabas a la madrugada, agotado y con miedo, sentías la presencia de huérfanos en tu habitación, nenitos que se escondían en tu placard y estaban en realidad muertos, alguien los habría envenenado. Qué podrían hacerte. No mucho. Pero cómo tolerar su existencia. Ibas entendiendo que yo también entendía que no se podía ir a confesarle a cualquier personaje optimista un pesimismo que nunca podría respetar. Un día no apareciste y tuve la certeza de que te habías muerto. El pulso me temblaba, lloraba un llanto silencioso y seco por los rincones esperando que alguien diera la noticia. En un ataque de emotividad hablé con los demás, hablé sin prejuicios y sin sarcasmo, con los ojos brillosos, dramáticos. Hablé de la humanidad, de cosas inabarcables. Todos se preocuparon y después se divirtieron cuando vieron que el ataque terminaba y me daba un poco de vergüenza y volvía a ser yo pero ya no era tan yo. Al rato supe que habías pedido el día para ir al casamiento de tu primo. Algo tan ridículo como eso. Y a la mañana siguiente me contaste del casamiento, me hablaste de tu familia, que todos eran más o menos felices, y que mal que mal vos también. Mal que mal. Tu charla se volvió semiluminosa y con rompevientos blanco por si llueve. Mi decepción duró mucho más de lo que me parecía razonable. Hasta que en algún momento supe que la decepción era más bien conmigo, con haberte inventado con tanta ingenuidad, y entonces el período razonable de decepción se me extendió. Esa noche empecé a imaginar huérfanos malditos en mi habitación.

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