sábado, 25 de diciembre de 2010

una persona promedio, ideal, bienintencionada

Dormía en la profundidad de un sueño retorcido y el teléfono sonó. Me desperté rápido y sin necesidad de aclimatarme a ese otro paisaje en penumbras, sabía aun en medio de mi pesadilla que esa llamada era importante, sabía quién era y qué quería y sabía al detalle cómo se desarrollaría nuestra conversación y los próximos minutos de mi vida. Hablé con la actitud de quien se levantó temprano, varias horas antes que la indicada en ese momento por el reloj de pared viejo y horrendo del que nunca logré deshacerme, fingí que mi mañana transcurría como la de una persona promedio, ideal, bienintencionada, y me escuché creíble. Fue decepcionante que media hora después mi cara delatara la verdad con total precisión. Lo primero que ella me preguntó cuando llegué fue si había dormido mal y le dije que sí, que sufría de nervios, que este asunto de esperar la beca importante y este otro asunto de seguir pidiendo becas menores. Y ella, siempre luminosa y emanando aromas florales, sonrió de una manera distinta de la que venía sonriendo y opinó que capaz no era tan bueno que me dieran la beca importante. Mis ojos se abrieron mucho más de lo que creía posible en esas circunstancias, interrogando por sí solos, por lo que ella me contó de esa maldición china que dice “que todos tus deseos se hagan realidad”. Esa frase y esa sonrisa profunda hicieron que me replanteara mi existencia en tiempo record, pude respirar profundamente por primera vez en el día. Habrá que adherir a alguna filosofía oriental, le dije torpe, mientras armábamos en la mesa de entrada la carpeta con toda la información que yo había llevado y las hojas extra con las firmas pertinentes que ella me había conseguido. Nos despedimos en el ascensor, yo iba al tercero y ella al primero, y el hombre de traje marrón iba más arriba, su presencia aumentó la ridiculez de la situación. Encontré la oficina correcta y pasé el rato de espera mirando unas fotos puestas bajo el vidrio del mostrador, africanos andando en bicicletas, pedaleando felices por algún lugar de su continente decrépito. Después recibieron mi carpeta, me dieron uno de esos comprobantes que siempre pierdo y pude irme habiendo llevado a cabo el trámite exitosamente. Como no quería volver a cruzarme con ella en el ascensor bajé por las escaleras y lo hice demasiado rápido, perdiendo un poco el aliento. La falta de desayuno además empezaba a dar sus síntomas y por un momento el malestar se hizo agudo. Igual me apuré en salir, en atravesar la puerta enorme del edificio imponente en el que estaba, recién cuando vi luz solar y me puse los lentes oscuros sentí el alivio correspondiente. Caminé unas cuadras sin pensar, después sí traté de resolver por qué siempre que me iba de ese lugar maldito mis pasos me llevaban autómata en direcciones que no eran las de volver. Entonces desaceleré, me concentré un poco en el contexto y vi cómo alguien rociaba esmeradamente con insecticida el ángulo pared - suelo de la fachada de su casa. El veneno volaba, se expandía en una nube que ya varios respirábamos con asco. Subí la mirada intentado seguir el trazo de la nube, buscándole un límite, y en lo alto me distrajo un cartel. Campanas doradas, muérdago, moño rojo, y en letras verdes “que todos tus deseos se hagan realidad”.

sábado, 27 de noviembre de 2010

fenómeno dual de reconocimiento – desconocimiento

Caminata bajo el sol radiante del mediodía, se le ocurre que la capa de ozono finalmente dejó de existir. Un rayo ultravioleta le da justo en el medio de la frente y la lámina de sustancia mucosa que a veces siente recubrir su cráneo está ahora burbujeando, se licua, genera una presión insoportable sobre su piel, un dolor frío por dentro y caliente por fuera. Cruza para la plaza buscando sombra, frescura vegetal, y ve que Agustín pasa a unos metros. Nota que el mismo Agustín que siempre ve de cerca ahora está a una distancia y en un contexto poco habituales, resultando entonces un Agustín distinto, como visto por primera vez. Prefiere no llamarlo ni interceptarlo, en cambio adopta una actitud analítica y se limita a seguir sus movimientos con la mirada. Qué es esa dualidad de reconocer a Agustín con tanta facilidad y en simultáneo verlo por primera vez. Se sorprende, en la misma caminata ya había tenido dos encuentros de esa naturaleza con personas que no veía hacía años. La memoria reciente incluso le revela un intento de razonar el mecanismo de reconocimiento que se habría disparado, y una consecuente fascinación con el nivel de sutileza de los detalles responsables. Postura y estructura ósea, características de la locomoción y expresión facial serían la clave para una identificación sin esfuerzo a cargo de alguna parte del cerebro que actúa por sí sola, sin que el resto de la masa cerebral se entere. Sigue caminando y muy rápido se esfuma de su mente la conclusión obtenida y contradicciones incipientes, es que el sol está amagando con atravesarle los huesos y resquebrajarlos, disolverlos y aspirárselos. Casi puede ver un humo que asciende desde su cuerpo en dirección al astro. Es evidente, el sol le saca la energía aunque su primo yogui insista en que es exactamente al revés. Como si no tuviera razones para desconfiar de primo yogui, le habían calculado alguna vez con Agustín una apertura a nuevas culturas y experiencias de no más de doce grados, la boca apenas abierta de un pacman tímido. Otro triste caso de persona disfrazada de lo que quiere ser. Enseguida irrumpe en su mente una imagen de primo yogui vestido con traje impecable, testigo de casamiento occidental convencional unos pocos días atrás, y de nuevo piensa en ese fenómeno dual de reconocimiento – desconocimiento que en realidad desde hace años le viene proporcionando pequeñas dosis de malestar. Ahora que le puso ese nombre, supone, va a ser otra cosa. Caminata bajo el sol radiante del mediodía, su gesto vira a otro más vital cuando se encuentra presenciando con atención a tres pájaros marrones en ritual de apareamiento.

viernes, 12 de noviembre de 2010

distintas pendientes para una línea hipotética de desensibilización

En el sueño un monitor, literalmente, me comía la cabeza. Lo hacía en un acto eficaz y sin violencia, como algo encomendado por entes superiores que cumplen un rol de equilibrio y armonía del cosmos, y llevan a cabo tareas que podrían considerarse perversas de un modo limpio y noble. Lejos de aterrorizarme, la sensación preponderante fue de liberación. Horas después, en un estado mental de inmersión plena en la realidad de lo práctico, preparaba mis fideos chinos a la italiana habiendo olvidado completamente el episodio. La mañana no podría haber sido más rara, excepto por el hecho de que ni en la oficina ni en el banco ni en la farmacia los monitores se comían a las personas. Le mentí a alguien, me acuerdo, le mentí a una mujer cuyo marido se había suicidado cinco días atrás. Al narrarme su historia no me conmovió en absoluto, me pareció que usaba a su marido suicidado para sacar ventaja, para romper las reglas que le impedían hacer un trámite. Por eso fue que le mentí: no hay nadie en este momento que pueda atenderla, venga el viernes, que es el día asignado para este tipo de caso. Ella no me creyó, supongo que antes de acudir a mí había hablado con la secretaria nueva que todavía no comprende que estamos juntos en sostener la mentira de base que nos permite conservar nuestro trabajo día a día, y que realmente no hay otra forma en que las cosas puedan funcionar. Si fuéramos sinceros todo se desbarataría. La mujer entonces se fue pero volvió a los pocos minutos, se sentó cerca de la escalera en lugar estratégico para interceptar a cualquiera que quisiera salir del edificio. Yo hacía de cuenta que ella no estaba ahí, ella también me ignoraba, la tensión se había reducido al mínimo en esa indiferencia mutua que daba comodidad. Habrá estado esperando un par de horas, pero al final logró lo que quería, le fue fácil incluso, y en principio me sorprendió que en ningún momento me dirigiera una mirada de triunfo, ni siquiera una leve. Después entendí lo mucho que teníamos en común, y tuve un instante de empatía. No había ningún placer en mentir, ni en fingir, ni en romper reglas, era una cuestión de supervivencia y no de orgullo. Simplemente por eso es que somos capaces de cosas terribles. Cuando me iba pensaba en cómo estaba perdiendo la sensibilidad, pero sin reprochármelo. Hacía unos cálculos nada más, extrapolaba y consideraba distintas pendientes para una línea hipotética de desensibilización. Y justo en pensamientos así, después de una mañana de hipocresía y mentiras sin sentir nada -una mañana representativa en mi vida- afloró la angustia. Camino por la calle y una estrella amarilla en el pavimento me hace llorar, una estrella que dice juampi y es un juampi que nunca conocí pero lloro porque juampi era una persona y ahora es una estrella amarilla en el pavimento. Llegué y preparé mi comida, me llevé el plato a la computadora a revisar los mails y el monitor, obvio, me miraba hambriento.

viernes, 5 de noviembre de 2010

punzada cotidiana de la culpa

Se sienta a esperar en una de las sillas de tapizado floral y mira por la ventana cómo el clima va completando un cuadro perfecto. Las nubes densas se abren paso, se agrupan, se fusionan, podrían portar enormes volúmenes de gas tóxico. Eso afuera, lo suficientemente lejos y arriba. Más abajo y adentro la atmósfera es completamente diferente, a volumen casi imperceptible suena una música que jamás podría provocar emociones en nadie. Es raro cuando el señor de traje por momentos marca el compás con el pie. Espera y mira por la ventana el cuadro perfecto que acentúa la ridiculez de la sala de espera. Los otros cuadros que cuelgan de las paredes, piensa, no parecen haber sido pintados por criaturas con alma, flores naranjas en jardines verdosos que si se suman a la música funcional se genera una sensación de coherencia. Sonríe cuando nota que se siente a gusto en medio de esa primavera plastificada, es el alivio de estar esperando, un tiempo muerto en que la punzada cotidiana de la culpa no tiene cabida. Agarra una revista de frivolidades para escaparle a cualquier cuestionamiento profundo que podría aparecer si siguiera en ese tipo de pensamiento analítico. Hojea y mira las fotos, vestidos que le gustan y vestidos que no, zapatos y maquillaje. Con el maquillaje tiene sus reservas, de lejos acerca pero de cerca pone una distancia. Tiene una ilustración vívida de este fenómeno cuando pregunta a la secretaria si el doctor va a tardar en llegar y entonces una barrera pesada de textura, color e incluso aroma se hace presente entre ellas. El doctor va a tardar por los menos una hora más. Vuelve a su tapizado floral y a su revista con satisfacción, le queda larga espera libre de responsabilidades. En frente el señor de traje que lee un diario sube la mirada, duda, y finalmente se decide a acercarse al escritorio de la secretaria y sugerirle, amablemente, que tal vez se estén dando los turnos de manera poco acertada, suponiéndole a cada uno una duración que no se corresponde con la realidad, una duración bastante menor. El señor da a entender que no es la primera vez que tiene que esperar largamente en la sala floral, ni la segunda ni la tercera, a través de sus ojos, de su voz, salpica un odio infinito por las esperas. La secretaria le explica, amablemente, que la duración de cada turno es variable, que depende de la patología del paciente, que se hace un promedio. El señor insiste en el hecho de que siempre le toca larga espera, podría sospecharse un mal cálculo del promedio. La secretaria repite, robótica, que la duración depende de la patología del paciente. El señor no puede más que rendirse, vuelve a su tapizado floral y a su diario. Por un momento mira por la ventana la tormenta y su expresión es triste, muy triste.

lunes, 20 de septiembre de 2010

material neurótico correspondiente a la humanidad

Almuerza en un patio de comidas. Mira un dibujo animado sin sonido y sigue de reojo un juego de cartas entre nena y señora en mesa contigua. Todo movimiento que ejecuta, y también toda quietud, se logran por proceder involuntario. No hay señales de intención real de hacer absolutamente nada. La pantalla le queda justo en frente a unos tres metros y muy cerca el juego de cartas se vuelve ruidoso a intervalos, él se reparte entre miradas directas a la pantalla y reojos al juego según lo intenso del estímulo. Su almorzar autómata fascina a algunas personas, hay algo genial en su manera de moverse, eficaz en su gasto energético mínimo. Pero su indiferencia llega a resultar ofensiva, excluye de inmediato a los que la notan, y hay quienes lo miran repetidas veces con cierto malestar. Como la señora que juega cartas, busca una prueba de que él al igual que ella está hecho del material neurótico correspondiente a la humanidad. Y aunque los ojos del hombre se manejan con comando propio inquieto y van a donde quieren sin que dispositivo alguno les restrinja la libertad, nunca delatan preocupación, empatía o satisfacción. La nena gana el juego a la señora y las dos se ríen en frecuencia aguda, juntan las cartas y se habla de empezar nuevo partido en la plaza. La nena en su entusiasmo toma un color fucsia en la cara. A punto de emprender la retirada ven que otra señora ha caminado a su encuentro, aparentemente un lazo muy fuerte de amistad la une a la señora que jugaba cartas. Entablan entonces una conversación desprolija que empieza por alusiones al crecimiento de la nena, continúa con comentarios agrios sobre el paso del tiempo, juventud y vejez, y se va yendo por los caminos siniestros de un chusmerío denso. Así es que se ve amenazado el estado de emoción de la nena, que se desploma otra vez en su silla a intentar sola un juego de cartas sin sentido que no funciona, que la aburre, que la hace prestar atención a su alrededor y por fin notar que hay un señor en la mesa de al lado. Empieza por las preguntas básicas, nombre, edad, por qué tiene el pelo largo. Él responde casi con dulzura y su cara vira a una modalidad expresiva cuya existencia en semejante ser nadie habría sospechado. Se va desarrollando una comunicación amena, la nena ríe, se entretiene. Las señoras, a pesar de la ceguera que les produce el intercambio de información al que se entregaron, detectan el acercamiento entre nena y hombre y lo desaprueban con muecas y miradas. De todas formas no interrumpen su verborrea, no mientras puedan mantener vigilada la situación. La nena pregunta, el hombre contesta y pregunta, las señoras atentas como aves de rapiña, la nena ríe y responde, el hombre sonríe, la nena canta y avanza un poco más hacia el hombre, las señoras le clavan sus pupilas en un intento de inmovilizarlo, de hacerle saber lo agresivas que pueden volverse. El hombre nota esas pupilas y se decepciona, mira a las señoras con simpatía, en un intento de sacarles la paranoia. La nena canta, las señoras clavan, el hombre se decepciona. La nena habla, la nena pregunta si tiene mascota, el hombre responde. La nena se acerca más y más. La nena pregunta al hombre si sus papás se murieron. Las pupilas de las señoras implotan, agarran a la nena y sonríen al hombre, se la llevan a los tirones, miran al hombre y asienten, sonríen, tironean, se alejan, se habla de mala educación. Al hombre le quedó una sonrisa melancólica. Mira por la ventana, ve cómo pasan las tres, la nena llora. En frente alguien de unos tres años corre torpe hacia alguien vestido de dinosaurio violeta y se abraza a sus piernas con toda su fuerza.

martes, 27 de julio de 2010

sucesos conmovedores aleatorios

Su casa permanece desordenada y sin limpiar durante meses. Sucesos de su vida que se caracterizan por una alta capacidad de conmoverlo y por una ocurrencia de tipo aleatoria, él supone, tienen el efecto de romper con cada uno de estos períodos de abandono erosivo de su hogar. Se trata de eventos que lo llevan, él cree, a crisis de intensa hiperactividad. En su cuerpo se generan de súbito cantidades enormes de energía que él destina casi sin proponérselo al reestablecimiento de la pureza, la asepsia, la pulcritud que su casa habría tenido en un estado original, y que en realidad le encantaría poder preservar en el tiempo. Pero al tratarse de una tarea imposible en su perfección él se rinde, ni siquiera intenta un orden y una limpieza normales. Entonces el estado ideal de su casa se reconstruye únicamente mientras duran sus arrebatos involuntarios. Si calculara que estas crisis se dan, con exactitud notable, cada cuatro meses, podría sacar la conclusión de que los sucesos conmovedores aleatorios no son tales. Podría llegar a sospechar la existencia del ritmo interno inevitable que guía sus acciones, y de la maquinaria sofisticada que en el momento oportuno del ciclo selecciona disfraza y etiqueta sucesos ordinarios, de manera que resulten adecuadamente emocionantes. Podría fascinarse con el mecanismo intrincado que lo habilita a sufrir con regularidad precisa sus accesos de organización limpieza seca primero húmeda después repasado de objetos con franela suave productos químicos intensos enjuague de sustancias sobrantes corrosivas aspiradora y acomodación generalizada al final, capaz que algún cambio de disposición de muebles también. Pero él cree en los sucesos conmovedores aleatorios, con mucha facilidad puede hacer un recuento bastante completo y convencerse de que las cosas siempre funcionaron así. La historia lo confirma, la próxima crisis va a llegar y él se sorprendió esta vez esperándola con algo de ansiedad. Lo que no termina de darse cuenta es de la extensión en un mes más de lo habitual del período de abandono erosivo vigente. No lo sabe del todo pero sí empieza a advertir señales que, él piensa, su casa misma le quiere hace ver. Como si la dejadez en que la tiene le propiciara el desarrollo de una voluntad. En su habitación alfombrada si un objeto chico cae y llega al suelo, nunca más lo encuentra. La casa se está comiendo fracciones insignificantes de su vida, y eso, con razón, empieza a preocuparle.

domingo, 4 de julio de 2010


Me llamó y pidió que lo esperara, que se le había hecho tarde. La voz enrarecida y el mensaje ambiguo decían mucho más de lo que él hubiera querido. Cuando llegó me contó que había ido a ver a su abuela internada en un neuropsiquiátrico, y que estaba preocupado, angustiado, porque no había sentido nada. Su visita se habría reducido a una serie de reacciones primitivas, comandadas exclusivamente por las partes más trogloditas del cerebro. Resistencia, repulsión, un miedo básico a lo enfermo o extraño. Le pregunté si habían podido hablar y me dijo que a lo sumo le había sacado unos monosílabos agónicos, pero acerca de eso tenía la memoria trabada y prefería no confiar demasiado en ese recuerdo. Sí tenía bien presente cuestiones de la mirada. La miraba a los ojos y esos ojos no lo miraban a él, y no miraban a ninguna otra cosa tampoco. Había un infierno propio muy complicado ahí, tan podrido como incomunicable. Y entonces venía la resistencia, la urgencia de escape cobarde, el instinto de supervivencia que lo tentaba a abandonar el lugar y liberarse del ente maldito que se suponía era su abuela. Podría estar gritándole desde las tinieblas que la ayudara, podría estar desesperada allá en el fondo, pero no había forma de saberlo. Transpiración fría, una náusea sutil incluso, lo sacaban de su intento torpe de comportarse como un ser humano noble. Y ahora culposo, verdoso, miraba por la ventana que daba a un patio gris en el que no pasaba nada. Sonreía ingenuo, como para mantener un mínimo de compostura, él creería, pero esa sonrisa débil quedaba bastante mal en su cara sufrida, sonreía y miraba por la ventana como si hubiera un perro con sus cachorros sedientos, y bebieran juntos de un manantial. Le hice un café y puse música casi adecuada a las circunstancias, no había nada correcto para decir. Se trató de conversar pero la tensión, la ansiedad, llevaban por caminos de chatura que se volvían insoportables. En un momento me miró con aire renovado y me dijo: tengo que volver ya, tengo que hacerlo por mi abuela. Obró de manera tal que al instante estaba afuera, caminando para el loquero con total convicción. Yo lo miraba desde la puerta y era como un soldadito yendo a una guerra cruenta que nunca iba entender, un héroe infantil confundido que da revancha por una cosa y le pone nombre de otra. En frente un perro grande y otros chicos rompían bolsas de basura y se disputaban su contenido.

sábado, 19 de junio de 2010


Arriba vive una familia de locos, pero la única medicada es la hija. Con ella me llevo bien, hablamos de manera tal que en ningún momento de la conversación me siento hipócrita. El tema es que sufre crisis violentas y lo que empieza como un intercambio de palabras bastante sugestivo puede volverse un forcejeo tan inútil como confuso. A veces me ve y no duda en colgarse de mi cuello en tentativa infantil de recibir y dar cariño, yo todavía no sé cómo proceder en estos casos. Lo que más me gusta es verla fumar sin que note mi presencia. Se sienta en los escalones de la entrada y prende un cigarrillo atrás del otro en ritual meticuloso, como si fumar fuera tocar un instrumento chino o hacer la disección de un crustáceo muy chico. Un cigarrillo atrás del otro escupiendo en el piso y tirando las cenizas sobre la saliva. Eso me encanta. Siempre que llego tengo que esquivar sus marcas babosas que parecen criaturas vivas. La saliva cuando está afuera de una boca resulta amenazante, si lleva disueltas cenizas es un poco peor. Creo que es debido a este gusto por fumar y escupir libremente que la portera la odia más a ella que a mí. Pero yo no tengo ninguna enfermedad conmovedora y ningún rasgo de inocencia, entonces sucede que el grueso del odio de la portera, según las circunstancias, sufre oscilaciones pudiendo inclinarse para mi lado. Sería como un subibaja de niños autistas que pesan lo mismo. Anoche estuvo difícil, la loca con algún tipo de ataque de gritos y golpes que se me infiltraban en sueños. Después la alarma sonó sin mi despertar previo habitual, pocas cosas me causan más terror. Esa mañana omití el ascensor y bajé por las escaleras, a ver si podía sentir mi propio cuerpo como algo realmente vital. Pisé planta baja y a través del vidrio vi una ambulancia estacionada, quieta y apagada como un animal feroz que se hace el manso. Salí rápido, abrí mi paraguas y me fui. Esa ambulancia tenía destinatario conocido y yo no quería pensar en semejante cosa. Recordé los tiempos en que no usaba paraguas. Cómo fue que un día entré en el local extraño del brasilero y me compré uno con total naturalidad, siendo que para mí los paraguas siempre habían tenido una cuestión ortopédica muy triste. Y no solamente eso, también una asociación incomprensible a la vida de camping. Un día entré en el local extraño y compré un paraguas azul y salí y lo abrí y caminé bajo la lluvia como todas las demás personas. Aunque sintiendo la sospecha tenue de haber perdido algún tipo de sensibilidad, y el consiguiente malestar. Ese malestar me acompañó todo el camino de vuelta, a la tarde. Cuando llegué no me sorprendió la falta de marcas babosas frescas, ausencia que se prolongaría por unos cuantos días más. Pero no quise preguntar nada a nadie. Fue una mañana de esas que bajo por las escaleras que me topé con ella, o la parte de ella que quedaba. Cara lastimada, brazo inmovilizado, pierna renga, pero eso era lo de menos. Tenía los ojos muertos y ni siquiera intentó hablar. Acomodo de dosis, pensé. Enseguida entró el padre y la agarró por el hombro sin ningún tipo de cuidado. Me dijo algo mientras subían al ascensor, sin que se lo pidiera me contó el episodio
trágico con entusiasmo irrespetuoso. En esa familia están todos locos, pero la única medicada es la hija.

viernes, 21 de mayo de 2010


No hay viento, el frío es una cosa quieta omnipresente que le produce angustia. El sol salió hace tres minutos y por esa calle de ese pueblo ajeno empiezan a pasar unos pocos vehículos. En su pelo olor al almuerzo multitudinario de ayer, olor a tuco, en sus ojos maquillaje de anteayer. No sabe con certeza en qué devino su apariencia en las últimas horas, imagina su reflejo en un espejo y le da un pánico leve, pero retiene la imagen, va al detalle y cuanto más profundiza más le atrae jugar a eso. No es ella, es una persona con otra historia, empobrecida en algunos aspectos y enriquecida en otros. Los ruidos de los que están descargando el colectivo interrumpen su fantasía pero no su sensación, y enfoca sobre el paisaje real con esa perspectiva nueva. Mira a la gente que fuma a su alrededor, el sol salió hace cuatro minutos y a su alrededor hay gente que fuma. Ayer eso le habría parecido incongruente, ahora en cambio hay algo puro y delicado en el humo, en su contacto con la piel y su manera de impregnarse. También hay algo en el frío, ya no le da angustia si no vitalidad. Se siente rara, ella que siempre está cansada, preocupada, sonriente, ella que es una especie de gusano, de larva pálida que hace esfuerzos monstruosos para moverse y para quererse, que se traslada con dificultad y no puede dejar de sonreír porque le inculcaron que eso es lo que hay que mostrar a los demás, una sonrisa forzada y espléndida, ella que es siempre un conjunto de inseguridad y debilidad y pulcritud se siente rara porque se volvió otra. Mira a la gente que fuma a su alrededor, piensa que podría ser como ellos. Ellos son sanguíneos, despilfarran bienes y energía y nunca se abrigan lo suficiente, si se enferman no les importa. Tampoco hacen cálculos de las horas que van a dormir. Desde hace años los estudia, secretamente, para terminar por admirarlos y creerlos peligrosos y fascinantes. Ahora escucha sus carcajadas y quiere reírse como ellos, incluso cree que puede. Se acerca al grupo, están hablando del peruano y su recientemente revelada habilidad para socializar en estado de ebriedad, alguien ilustra con un par de anécdotas, transcurren la noche anterior en ese lugar oscuro donde jugaron a los bolos como payasos. El peruano realmente los habría desconcertado con su faceta chillona, se habla incluso de doble personalidad, seriamente, nadie hubiera pensado que en esa cabecita morocha podía entrar tanta esquizofrenia. Se ríen, ella ríe y cruza miradas con ojos amigables y malditos sin ningún temor. Así es que deciden solidarizarse con la descarga de cosas del colectivo y ella recibe un pedido de ayuda distraído para encargarse de una de las maderas pesadas, una voz femenina que denota un espíritu activo le dice que esas hay que bajarlas de a dos. Ella acepta, forma parte de ellos. Proceden. Se astilla las manos y siente un tipo de dolor olvidado, de la infancia, sonríe. El chofer, de capacidad de habla dudosa hasta el momento, las ve a las dos descargar una de las tablas pesadas y murmura algo hacia la nada. Madera, dejá a esas chicas.

lunes, 10 de mayo de 2010


Él, borracho, quiere compartir con todos nosotros una canción. Va y busca, revuelve, la tarea se le hace ardua. Los ojos brillosos escrutan el monitor con cierta desconfianza. A su lado se desarrolla una discusión acerca de qué facturas prefiere la gente, se llegó a un punto en que los presentes toman partido por el dulce de leche o la crema pastelera. Él, borracho hace horas, maneja el mouse con torpeza tierna de nene chiquito. Le cuesta leer, el monitor bombardea sus ojos brillosos y él adopta una mirada oriental. Alguien dice que hay algo en la textura de la crema pastelera, algo que no está nada bien. Él encuentra la canción que quiere compartir con todos nosotros, sube el volumen y le da play. La discusión acerca de facturas no se detiene. Él, borracho hace días, sonríe y cierra los ojos, los abre, sonríe más, los cierra, los abre, nos busca anhelante, las facturas le traban el camino pero él quiere compartir, transferir, empatizar, él se esfuerza pero las facturas son protagonistas indiscutibles, por azar o por derecho tienen el lugar ganado y él no entiende que con eso no se puede competir. La canción termina y él le da play de nuevo, esta vez ya no nos busca. Dejamos de importarle o, profundamente resentido, finge no necesitarnos para compartir una canción con todos nosotros. Se aparta a un rincón a vivir la experiencia en soledad, adopta ahora una postura de genio incomprendido que recurre a una falsa tolerancia para comunicarse con los demás, una tolerancia melancólica de sentirse solo y superior. A esta altura la discusión acerca de qué facturas prefiere la gente quedó en suspenso pero dio unos frutos raros, primero una serie de bosquejos de lo que serían facturas perfectas, después un dilema nuevo sobre la incompatibilidad de ciertos ingredientes, y finalmente el destrozo por aterrizaje en el piso de una botella de vino casi llena cuya estabilidad de permanecer en la mesa le habría sido arrebatada mediante un gesto violento, involuntario, en el marco de la discusión. El gesto habría involucrado una extensión exagerada de un brazo izquierdo y habría sido pensado para enfatizar sobre la incompatibilidad de ciertos ingredientes. El silencio que se hizo fue unánime, desconcertado y parcial, un estribillo pasaba de ser fondo a ser figura. Él, borracho, pudo compartir con todos nosotros un fragmento de una canción.

miércoles, 21 de abril de 2010


La noche del falso cometa halley, me acuerdo, ustedes dos amenazaban a cada instante con tener una de esas conversaciones violentas que ahora no tienen más. Era el cumpleaños de mi primo raro y yacíamos en la reunión más perfectamente digna de tal ocasión, nunca creí posible un silencio tan prolongado entre siete personas sentadas a una mesa. Ustedes dos se hacían los fascinados más tarde pero sé que sufrían la tensión tanto como yo, si se angustiaron al punto de dirigir la palabra a mi otro primo, el intratable, que merodeaba como si no quisiera estar ahí, buscaba cosas que no encontraba a la espera de que lo invitaran a quedarse. Y esa tentativa amenizadora de ustedes dos dio cierto resultado. Mi primo intratable emprendió un monólogo eterno, que en esas circunstancias estaba muy bien, así alguien se animó a prender un televisor y otros empezaron una discusión tranquila en la que por suerte nunca podríamos participar. Mi primo raro se acomodó en su silla haciendo una respiración profunda, sana, por primera vez en meses. Con esa relajación en el ambiente ustedes dos no necesitaban ser aliados, podían volver a sus roles antagónicos y tener una de esas conversaciones violentas que aborrezco, y que ahora no tienen más. De a poco el contexto se les nublaba y aparecían sus primeros síntomas, cada cual tiene sus rasgos particulares para esto y yo los conozco, yo los veo entrando felizmente a un intestino, un turismo fallido que siempre los toma por sorpresa, el mismo paisaje de víscera, el atasque obligado en alguna zona infecta, varados como ballenas que hay que rescatar. Al borde de eso ustedes dos, yo miraba con amargura, con un poco de terror incluso cuando entendía que de alguna manera la situación me incluía, yo era una especie de árbitro encubierto. Entonces un grupo de locos silenciosos que te miran, mi primo raro inteligente y triste cumpliendo años y sintiéndose ridículo, mi primo intratable y tonto hablando del cosmos, ustedes dos peleando como nenes y yo siendo una mamá automedicada para no explotar. Hay madres que para eso medican a sus hijos. Después mi primo intratable largó con lo del falso cometa halley y nosotros, los tres, nos sumimos al instante en una complicidad maldita y comimos bombones de quaker hasta las madrugada.

lunes, 12 de abril de 2010


Después llamó por teléfono tu hija, indignada con su conjuntivitis doble, ayer un ojo rojo y hoy también el otro. Enojadísima, la simetría no fue un alivio. Planeabas una escapada prohibida a la panadería y llamó tu hija y algo en tu estómago se arrepintió y lo manifestó con una oleada de acidez que cambió tus perspectivas de esa tarde otoñal de sábado de abril. La maternidad psicológica otra vez tomando las riendas de tu fisiología. Eso fue después de las breves actividades de renovación del patio que habías emprendido en una atmósfera de felicidad pacífica, juntar ramas y mover macetas con tu perro alrededor moviendo la cola, un sol que no quema y tu perro gordito y activo, alrededor tuyo torpe lindo y cariñoso como un hijo perfecto. Después llamó por teléfono tu hija y las cosas se complicaron en tu estómago y por lo tanto en tu ánimo. Te pusiste a limpiar la cocina con decisión, la radio diciendo pavadas y vos repasando objetos hartos de ser pulidos. Te empeñás en que tu estómago y los objetos tengan voluntad propia, tu estómago decide varias cosas en tu vida, y los objetos hablan. Portarretratos, cambiás una foto por otra, una hija posando con las amigas por otra hija cocinando, de espaldas a una cámara cuya presencia encubierta igual intuía. Para el orden y la limpieza nunca tuviste buen criterio, se trata más de una cuestión terapéutica con vaivenes ridículos. Entonces entre esta clase de tareas innecesarias la tarde otoñal de sábado de abril mutó imperceptible a noche de domingo, preparando la cena. A dónde habrá ido todo ese tiempo del medio. Cuando sonó el timbre casi era lunes y la amargura se afianzaba en tu cara. A través del portero eléctrico recibís la noticia insólita. Te habla un remisero cuya clienta, tu suegra, había pedido ser llevada a tribunales. Domingo veintitrés treinta horas. Llevaba, tu suegra, una bolsa con dos envases de coca cola y un rosario, el remisero se dio cuenta de que algo andaba mal. Justo pasaba un patrullero y les explicó a los policías, que se quedaron con ella. Yo vine a avisarle, me di cuenta de que algo andaba mal. Llamadas telefónicas a demás parientes y el remisero, implicándose todavía más, lleva a mi mamá a la casa de mi abuela en crisis, completamente loca. Perdida en el tiempo y el espacio pero con una actitud aguerrida, fría mirando a los policías, hablando poco por estrategia. Como alguien que despierta en un mundo distinto y de a poco tantea el terreno.

martes, 30 de marzo de 2010


Entra a la heladería, es gordo, muy gordo. Se acerca al mostrador con paso atolondrado y espera su turno abriendo y cerrando sus manos pegajosamente, es evidente su desamparo en esa heladería tan blanca y triste. En una de las paredes hay un cuadro enorme de caballos marrones que una pareja de flacos altos mira con éxtasis. Al gordo muy gordo le llega el momento de comunicar al heladero los gustos que eligió, es indeciso y amable, y con cada palabra que articula parece engordar un par de kilos más. Se traba en el tercer gusto, la variedad es tanta que lo abruma, se interroga nerviosamente qué es lo que quiere, en silencio, y se disculpa ante el heladero por esos cuatro segundos que le hizo perder. Frutos del bosque, dice al fin dando lugar a cierto alivio, pero su tormento en realidad no va a terminar hasta haber atravesado exitosamente la puerta hacia la ciudad. Y va a estar difícil, de repente el lugar se congestionó de señoras altamente parlantes. Una es gorda, muy gorda, y se acerca al mostrador con paso solemne. Se instala con firmeza y mira con impaciencia a todos los heladeros hasta que una heladera la atiende. Una de ojos verdes muy grandes, rimel, delineador, esfumado perfecto, brillo labial rosa pálido, piel impecable, todo coronado por una visera blanca de plástico. La gorda muy gorda resopla, elegir los gustos le causa fastidio, pide de probar chocolate bariloche y se desconcentra escuchando la conversación de sus amigas. La heladera la mira con sonrisa automática mientras ella lanza una carcajada interminable que la revitaliza. Por un momento pierde su expresión de absoluto desprecio por la humanidad y termina su elección con un dulce de leche merengado. El gordo muy gordo ya tiene su helado, su cuchara y servilletita, pero está paralizado mirando hacia la puerta, o los recortes que de ella ve a través de la manada de señoras amigas. Arma una estrategia de huída que implica un rodeo extraño, a toda velocidad. Mientras, la gorda muy gorda avanza con rapidez en línea recta hacia la salida pidiendo permiso con un disgusto enérgico. Los dos gordos muy gordos entonces se encuentran en la puerta y, por diferentes rasgos de sus personalidades, ninguno atina a ceder el paso al otro. El resultado es un choque sin heridos, con derramamiento de frutos del bosque sobre vestido estampado se señora muy gorda, escape entre disculpas ambiguas del señor muy gordo, colorado y sudoroso, su helado revuelto, una leve crisis nerviosa de la señora muy gorda, que en ningún momento descuida la integridad de su helado, y un cotorreo generalizado con la presunta intención de reestablecer la calma.

viernes, 5 de marzo de 2010


El problema que la aquejaba era un ser humano, uno de proporciones muy chicas, un humano corto y babeante que en algún momento le diría mamá y se lo repetiría sin piedad por el resto de sus días. Mientras me confesaba la noticia no pudo hacer contacto visual conmigo, se limitó a la vigilancia de sus manos jugando agresivamente con una taza de té de boldo. Yo en cambio la miraba a los ojos como atravesando sus pupilas, adopté una fisonomía de pescado y me aferré a mi taza de contenido ridículo como si fuera la única cosa quieta y fija en este mundo. Ella no decidía si era algo bueno o algo malo, me hablaba en tono de preocupación y ahí sí me miraba un poco y yo podía estudiar en su cara las líneas nuevas del cansancio, de todas las horas diurnas y nocturnas entregadas al balance inservible de pros y contras. Hubo entonces un silencio distinto de los demás, relajado, yo no sentía su presencia y ella tampoco la mía, cada cual se sumió en sus cálculos correspondientes haciendo unas respiraciones profundas y contagiosas, y unas negaciones de cabeza automáticas, por turnos. Mi café con leche, crema, azúcar, nesquik y media hora de freezer me mantenía en el mundo y me helaba las manos. Ella se quemaba los dedos con su taza en un castigo involuntario que igual resultaba una distracción ineficaz. Finalmente lloró. Al principio con ese estilo reprimido que caracteriza a la totalidad de sus acciones, después dejando aflorar un llanto salvaje, cada vez más inhumano, que terminó reducido a gemidos histéricos que a veces decían palabras básicas. En ese momento la situación había alcanzado el estatus de tragedia y ya no había ningún balance para hacer, ella abrazó su propia panza, se aferró a su cuerpo de contenido ridículo sintiendo todo el peso que una criatura de dos meses de vida puede tener.

domingo, 7 de febrero de 2010


En un hotel de una provincia del norte tuve una alucinación. Era la madrugada, el sol se filtraba por la cortina fea hospitalaria, la ventana no podía cerrarse del todo ni siquiera con golpes violentos. El miedo en la total oscuridad no es demasiado distinto de estos miedos luminosos de madrugada, hay solamente un ajuste del sentido sensorial predominante. Pero ver cosas raras fue peor que escuchar ruidos sospechosos. Esa fue mi conclusión de las diez de la mañana, cuando presenciaba una charla en portugués a cargo de un oriental occidentalmente simpático, y todo era tan absurdo y tedioso que fue fácil una asociación fugaz entre esa situación y la de la madrugada. Fue así como pensé en mi alucinación por primera vez en un estado de conciencia más despierto, más prejuicioso y paranoico. Me acordé de la pared verde agua de la habitación, apenas aclarada por un sol reciente, vulnerable, mirada con ojos distraídos que no buscaban nada pero algo encontraron. La araña gigante caminó por la pared desde el piso en movimientos imposibles hacia arriba, queriendo llegar al techo, y ahí se esfumó. Su cuerpo ínfimo, ridículo, del tamaño de un caramelo, las patas largas y sin ángulos, curvadas, muchas, decenas, cada una con sus treinta centímetros de longitud, deslizándose por la pared verde con un estilo poco creíble, como en una danza de tentáculos. En el momento fue una experiencia casi agradable, capaz que porque todo el tiempo supe que alucinaba. A las diez de la mañana el recuerdo me generó primero preocupación, un terror tardío, y después un enorme desconcierto frente a esa sensación nunca sentida de saberse alucinando. Quise volver la atención al oriental, pero ya no había chance de que entendiera realmente qué pasaba con las mariposas de su power point, con los plaguicidas y las cuestiones genéticas. Con sentimiento de culpa busqué que alguien me explicara y descubrí que al final había entendido bastante, entonces la culpa se transformó en aburrimiento y en arañas. Esa noche había una fiesta en el hotel, nadie iba a poder dormir, yo no iba a poder dormir, y eso me dio tranquilidad y entusiasmo, lo único que quería era ver la araña otra vez y esperaba que fuera en el mismo lugar y a la misma hora. La madrugada pasó sin ningún tipo de araña caminando por la pared verde agua que enfoqué hasta el mareo, mi decepción hizo que probara unos golpes violentos sobre la ventana. Después la seguí buscando, distraídamente, en una obsesión no del todo admitida, empecé a buscarla en todas las paredes, en todos los techos, en el suelo siempre reluciente y casi aséptico del hotel, en las calles, en el restaurante, la estación, en el colectivo grande y amarillo que nos trajo de vuelta. Nunca apareció. En su lugar me topé con un montón de arañas verdaderas, grandes y horrendas, arañas estándar, también un par algo exóticas, inamovibles y sobre todo tipo de estructura, me acostumbré a subir la mirada en los paredones, a verlas a través de las ventanas, estaban en todos lados siempre en silencio. El miedo paranormal no es tan distinto del miedo a las cosas de verdad.

domingo, 24 de enero de 2010


El gato que entra a la noche y nos roba la comida estuvo ayer y se llevó tu media empanada capresse. Admito que esta vez lo ayudé. A las dos o tres prendí la luz del pasillito y nos sorprendimos mutuamente, él al borde de la ventana a punto de escapar, yo al inicio de una caminata mínima por la casa, insomne. Interpreté su reacción como un acto de nobleza, dejó caer la empanada a mis pies y sin piedad clavó sus ojos humanoides en mis propios ojos humanoides. Adoptó esa quietud animal que conmueve y nos sumimos en algún tipo de comunicación especial, una empatía vertiginosa. Tuve que juntar la empanada y dársela. Él la agarró con gesto delicado, dijo algo y se fue. Todo lo que tenés para objetarme y preferís que quede a nivel de tus pensamientos, sin ser hablado, creo que ahora podría reproducirlo textualmente. No puede haber nada profundo entre los gatos y las personas. No hubo nada profundo entre ese gato y yo. Ningún entendimiento superior, ninguna comprensión mutua de nuestras respectivas complejidades. Sí puede haber un animal sobreviviendo y una persona distorsionando. Capaz que agregarías, como concediéndome algo, que en la interacción gato - persona por lo menos sólo uno de los implicados se caracteriza por tendencias patológicamente altas a la distorsión, sólo uno, y entonces los niveles de ridiculez de la situación estarían bastante reducidos con respecto a lo que pasa en las interacciones persona - persona, que esas sí hacen que el caos se dispare, a veces en direcciones insospechadas. Puedo verte, puedo escucharte con tu voz debidamente disfrazada porque creés que ese vocabulario le queda deforme a tu voz normal. Puedo ver tu impaciencia en el repiqueteo de tus dedos sobre tu panza mientras te cuento esta anécdota inaceptable. Sé que no podés creer en nada, sé que tenés ese don. Yo no es que me pase lo contrario pero, por ejemplo, leo mails acerca del horóscopo egipcio. Me busco en el horóscopo egipcio, también te busco, Geb, Horus, Amon-Ra, Isis, encuentro correspondencias y no correspondencias, hago balances extraños acerca del horóscopo egipcio enviado por mail. Y no es que crea en estas cosas. Te debatís entre darme las explicaciones lógicas pertinentes o dártelas solamente a vos mismo en silencio y que entonces vos seas el único que sufra un pequeño colapso mental en vez de que colapsemos los dos y de una manera mucho más dramática. Vos no creés en nada y yo tampoco creo en nada, lo que no entendés es que llega un punto en que a mí ya no me da la cabeza para no creer.

jueves, 14 de enero de 2010


Dando vueltas en mi cama, vueltas suaves y eternas, todavía sin querer admitir que estaba insomne, tuve una serie de recuerdos de lo que había sido nuestra última visita al psiquiatra. No sé cómo voy a ser a los 81 años, pero empiezo a sospechar que no voy a ser una cosa muy distinta de la que soy ahora, y eso en parte es una tranquilidad. Tenés 81 años y sos una mujer mayor que debe ser acompañada a un psiquiatra que no sabemos con certeza si es un psiquiatra, sí sabemos que le gusta medicarte. Con la cara ejerciendo una presión gradualmente intensificada sobre la almohada, en un intento instintivo de lucha contra el insomnio supongo, todo este asunto de tu psiquiatra se me hizo gracioso. Cuando se asomó y nos miró sin que reaccionáramos, a mí me había desconcertado su nuevo color de pelo y vos estabas sumida en tus 81 años, en trance de no poder notar una presencia real. Tengo entendido que ese tipo de trance lo tuviste toda la vida, te gusta ocuparte de los ruidos de la calle, de los fantasmas de tu casa, pero las personas de verdad no pueden conmoverte ni un poco y encima te mandan al psiquiatra. Ese castaño oscuro le acentúa el aire a roedor, pensé y no te lo dije para evitarme tu reacción. Qué hay con asociar personas a animales por coincidencias de aspecto, la gente sensible me lo reprocha, me exige como un decoro al menos, como decirlo bajando la voz con el debido respeto, qué hay si alguien parece un chancho y yo algún día se lo digo con alegría. Ahora ya no podría porque la gente sensible me arruinó. Entonces este presunto psiquiatra roedor nos invita a pasar a su jurisdicción, a su pequeña parte del mundo con guarda de flores azules y escritorio prolijo, y cierra la puerta tras de sí con ansiedad porque ese aislamiento se diría que lo acerca más a sentirse una divinidad. Vos actuás de esa manera hipócrita que te caracteriza, hipócrita y aterrada frente al dios que te empastilla. Él decide qué podés dejar y qué no podés dejar bajo ninguna circunstancia porque empieza a hacer efecto a los dos o tres meses. Ahí es donde tengo que prestar atención yo, se me advierte, y hago mis notas mentales oficiales, al lado de las del color de pelo y forma de la nariz y dientecitos. Debería haberle pedido algo para poder dormir, jamás tomaría algo que él me diera para poder dormir, pero mi personalidad lo tenía perplejo y yo sentía la culpa idiota que siento en esos casos. Él trataba de hacerme participar y a mí me parecía ridículo participar de la consulta psiquiátrica de mi abuela y le contestaba con sonrisas fatigadas pero cordiales. Ahora con esto del insomnio se me ocurría lo que tendría que haber hecho, lo que siempre funciona. Volverme lo que él quería que fuera, un ser humano con necesidad de hablar a un psiquiatra, ávido de alguna pastilla, y en el fondo con una potencialidad inacabable para ser feliz. Antes de irnos me miró cómplice y me dijo que mi abuela se iba a poner bien, muy bien.

sábado, 2 de enero de 2010


Ibas bien, en paz con la gente y los objetos, la mirada descansada y simple. Manipulabas los cuchillos y pinches del asado casi con dulzura, la carne se cocinaba y vos la cuidabas como si fuera un bebé. Ibas bien y por eso la marioneta humana que controla tu comportamiento había bajado la guardia y se emborrachaba felizmente con los demás. Las llaves de tu camioneta a la vista, accesibles. Cuando apareció tu mujer inesperadamente y se te acercó en silencio con la cara amarga, algo se encendió en tus ojos. No se sabe qué te dijo, no se sabe qué se dijeron, pero tus movimientos se volvieron torpes, con una energía de más que los hacía peligrosos. Tuvieron que empezar a los gritos para que tu marioneta y los demás reaccionaran, y lo hicieron de una manera tan desproporcionada, tan contradictoria, que se enredaron ellos mismos y dieron a vos y a tu mujer todo el tiempo y el espacio que necesitaban para enloquecer cada uno a su manera. Los gritos se volvieron zamarreo, y el zamarreo obligó al resto a tomar medidas más drásticas, sin posibilidades de negociación previa. Empujaste a tu marioneta, que sufrió una caída desafortunada con herida y sangrado profuso. La sangre tiene un enorme poder de desconcierto. Tu furia demencial se volvió muy poderosa, lastimaba de verdad, mientras algunos se encargaban del herido otros trataban de enfrentarte como si fueras una bestia prehistórica. Tu mujer sufría su respectivo ataque con más romanticismo, sacó de su cartera unas pastillas de composición dudosa y se las tomó más o menos todas de un saque. El entendido presente leyó la etiqueta y se agarró la cabeza, ahí había mucho veneno. Se hacía necesario ir al hospital, urgente, había una intoxicación, un desangrado, y un loco. Era cuestión de establecer prioridades y una mínima logística, pero era muy difícil pensar, si te descuidabas el loco podía manotear las llaves de su camioneta y abrirse paso gritando sus incoherencias. Y eso fue lo que pasó. El herido le rogaba que no manejara, que había que calmarse, le rogaba con unos gritos femeninos, desmayosos. La mujer se desvanecía y los demás la socorrían, socorrían a todos, se socorrían unos a otros porque iban entrando en pánicos complicados. Llegó un patrullero, llegó una ambulancia, y después el amanecer. El sol iluminó las sillas tiradas, la carne olvidada, algunas caras todavía con un espanto serio y silencioso. La luz desfiguraba el escenario y daba la ilusión de que el drama quedaba lejos, que ya era del pasado. Entonces los que quedaban quisieron limpiar, arreglar el desorden que ya no correspondía, que les estaba haciendo mal a la mente, hablar un poco en voz muy baja, agradecer a nada ni nadie que todo terminara más o menos bien.