domingo, 24 de enero de 2010


El gato que entra a la noche y nos roba la comida estuvo ayer y se llevó tu media empanada capresse. Admito que esta vez lo ayudé. A las dos o tres prendí la luz del pasillito y nos sorprendimos mutuamente, él al borde de la ventana a punto de escapar, yo al inicio de una caminata mínima por la casa, insomne. Interpreté su reacción como un acto de nobleza, dejó caer la empanada a mis pies y sin piedad clavó sus ojos humanoides en mis propios ojos humanoides. Adoptó esa quietud animal que conmueve y nos sumimos en algún tipo de comunicación especial, una empatía vertiginosa. Tuve que juntar la empanada y dársela. Él la agarró con gesto delicado, dijo algo y se fue. Todo lo que tenés para objetarme y preferís que quede a nivel de tus pensamientos, sin ser hablado, creo que ahora podría reproducirlo textualmente. No puede haber nada profundo entre los gatos y las personas. No hubo nada profundo entre ese gato y yo. Ningún entendimiento superior, ninguna comprensión mutua de nuestras respectivas complejidades. Sí puede haber un animal sobreviviendo y una persona distorsionando. Capaz que agregarías, como concediéndome algo, que en la interacción gato - persona por lo menos sólo uno de los implicados se caracteriza por tendencias patológicamente altas a la distorsión, sólo uno, y entonces los niveles de ridiculez de la situación estarían bastante reducidos con respecto a lo que pasa en las interacciones persona - persona, que esas sí hacen que el caos se dispare, a veces en direcciones insospechadas. Puedo verte, puedo escucharte con tu voz debidamente disfrazada porque creés que ese vocabulario le queda deforme a tu voz normal. Puedo ver tu impaciencia en el repiqueteo de tus dedos sobre tu panza mientras te cuento esta anécdota inaceptable. Sé que no podés creer en nada, sé que tenés ese don. Yo no es que me pase lo contrario pero, por ejemplo, leo mails acerca del horóscopo egipcio. Me busco en el horóscopo egipcio, también te busco, Geb, Horus, Amon-Ra, Isis, encuentro correspondencias y no correspondencias, hago balances extraños acerca del horóscopo egipcio enviado por mail. Y no es que crea en estas cosas. Te debatís entre darme las explicaciones lógicas pertinentes o dártelas solamente a vos mismo en silencio y que entonces vos seas el único que sufra un pequeño colapso mental en vez de que colapsemos los dos y de una manera mucho más dramática. Vos no creés en nada y yo tampoco creo en nada, lo que no entendés es que llega un punto en que a mí ya no me da la cabeza para no creer.

jueves, 14 de enero de 2010


Dando vueltas en mi cama, vueltas suaves y eternas, todavía sin querer admitir que estaba insomne, tuve una serie de recuerdos de lo que había sido nuestra última visita al psiquiatra. No sé cómo voy a ser a los 81 años, pero empiezo a sospechar que no voy a ser una cosa muy distinta de la que soy ahora, y eso en parte es una tranquilidad. Tenés 81 años y sos una mujer mayor que debe ser acompañada a un psiquiatra que no sabemos con certeza si es un psiquiatra, sí sabemos que le gusta medicarte. Con la cara ejerciendo una presión gradualmente intensificada sobre la almohada, en un intento instintivo de lucha contra el insomnio supongo, todo este asunto de tu psiquiatra se me hizo gracioso. Cuando se asomó y nos miró sin que reaccionáramos, a mí me había desconcertado su nuevo color de pelo y vos estabas sumida en tus 81 años, en trance de no poder notar una presencia real. Tengo entendido que ese tipo de trance lo tuviste toda la vida, te gusta ocuparte de los ruidos de la calle, de los fantasmas de tu casa, pero las personas de verdad no pueden conmoverte ni un poco y encima te mandan al psiquiatra. Ese castaño oscuro le acentúa el aire a roedor, pensé y no te lo dije para evitarme tu reacción. Qué hay con asociar personas a animales por coincidencias de aspecto, la gente sensible me lo reprocha, me exige como un decoro al menos, como decirlo bajando la voz con el debido respeto, qué hay si alguien parece un chancho y yo algún día se lo digo con alegría. Ahora ya no podría porque la gente sensible me arruinó. Entonces este presunto psiquiatra roedor nos invita a pasar a su jurisdicción, a su pequeña parte del mundo con guarda de flores azules y escritorio prolijo, y cierra la puerta tras de sí con ansiedad porque ese aislamiento se diría que lo acerca más a sentirse una divinidad. Vos actuás de esa manera hipócrita que te caracteriza, hipócrita y aterrada frente al dios que te empastilla. Él decide qué podés dejar y qué no podés dejar bajo ninguna circunstancia porque empieza a hacer efecto a los dos o tres meses. Ahí es donde tengo que prestar atención yo, se me advierte, y hago mis notas mentales oficiales, al lado de las del color de pelo y forma de la nariz y dientecitos. Debería haberle pedido algo para poder dormir, jamás tomaría algo que él me diera para poder dormir, pero mi personalidad lo tenía perplejo y yo sentía la culpa idiota que siento en esos casos. Él trataba de hacerme participar y a mí me parecía ridículo participar de la consulta psiquiátrica de mi abuela y le contestaba con sonrisas fatigadas pero cordiales. Ahora con esto del insomnio se me ocurría lo que tendría que haber hecho, lo que siempre funciona. Volverme lo que él quería que fuera, un ser humano con necesidad de hablar a un psiquiatra, ávido de alguna pastilla, y en el fondo con una potencialidad inacabable para ser feliz. Antes de irnos me miró cómplice y me dijo que mi abuela se iba a poner bien, muy bien.

sábado, 2 de enero de 2010


Ibas bien, en paz con la gente y los objetos, la mirada descansada y simple. Manipulabas los cuchillos y pinches del asado casi con dulzura, la carne se cocinaba y vos la cuidabas como si fuera un bebé. Ibas bien y por eso la marioneta humana que controla tu comportamiento había bajado la guardia y se emborrachaba felizmente con los demás. Las llaves de tu camioneta a la vista, accesibles. Cuando apareció tu mujer inesperadamente y se te acercó en silencio con la cara amarga, algo se encendió en tus ojos. No se sabe qué te dijo, no se sabe qué se dijeron, pero tus movimientos se volvieron torpes, con una energía de más que los hacía peligrosos. Tuvieron que empezar a los gritos para que tu marioneta y los demás reaccionaran, y lo hicieron de una manera tan desproporcionada, tan contradictoria, que se enredaron ellos mismos y dieron a vos y a tu mujer todo el tiempo y el espacio que necesitaban para enloquecer cada uno a su manera. Los gritos se volvieron zamarreo, y el zamarreo obligó al resto a tomar medidas más drásticas, sin posibilidades de negociación previa. Empujaste a tu marioneta, que sufrió una caída desafortunada con herida y sangrado profuso. La sangre tiene un enorme poder de desconcierto. Tu furia demencial se volvió muy poderosa, lastimaba de verdad, mientras algunos se encargaban del herido otros trataban de enfrentarte como si fueras una bestia prehistórica. Tu mujer sufría su respectivo ataque con más romanticismo, sacó de su cartera unas pastillas de composición dudosa y se las tomó más o menos todas de un saque. El entendido presente leyó la etiqueta y se agarró la cabeza, ahí había mucho veneno. Se hacía necesario ir al hospital, urgente, había una intoxicación, un desangrado, y un loco. Era cuestión de establecer prioridades y una mínima logística, pero era muy difícil pensar, si te descuidabas el loco podía manotear las llaves de su camioneta y abrirse paso gritando sus incoherencias. Y eso fue lo que pasó. El herido le rogaba que no manejara, que había que calmarse, le rogaba con unos gritos femeninos, desmayosos. La mujer se desvanecía y los demás la socorrían, socorrían a todos, se socorrían unos a otros porque iban entrando en pánicos complicados. Llegó un patrullero, llegó una ambulancia, y después el amanecer. El sol iluminó las sillas tiradas, la carne olvidada, algunas caras todavía con un espanto serio y silencioso. La luz desfiguraba el escenario y daba la ilusión de que el drama quedaba lejos, que ya era del pasado. Entonces los que quedaban quisieron limpiar, arreglar el desorden que ya no correspondía, que les estaba haciendo mal a la mente, hablar un poco en voz muy baja, agradecer a nada ni nadie que todo terminara más o menos bien.