jueves, 14 de enero de 2010


Dando vueltas en mi cama, vueltas suaves y eternas, todavía sin querer admitir que estaba insomne, tuve una serie de recuerdos de lo que había sido nuestra última visita al psiquiatra. No sé cómo voy a ser a los 81 años, pero empiezo a sospechar que no voy a ser una cosa muy distinta de la que soy ahora, y eso en parte es una tranquilidad. Tenés 81 años y sos una mujer mayor que debe ser acompañada a un psiquiatra que no sabemos con certeza si es un psiquiatra, sí sabemos que le gusta medicarte. Con la cara ejerciendo una presión gradualmente intensificada sobre la almohada, en un intento instintivo de lucha contra el insomnio supongo, todo este asunto de tu psiquiatra se me hizo gracioso. Cuando se asomó y nos miró sin que reaccionáramos, a mí me había desconcertado su nuevo color de pelo y vos estabas sumida en tus 81 años, en trance de no poder notar una presencia real. Tengo entendido que ese tipo de trance lo tuviste toda la vida, te gusta ocuparte de los ruidos de la calle, de los fantasmas de tu casa, pero las personas de verdad no pueden conmoverte ni un poco y encima te mandan al psiquiatra. Ese castaño oscuro le acentúa el aire a roedor, pensé y no te lo dije para evitarme tu reacción. Qué hay con asociar personas a animales por coincidencias de aspecto, la gente sensible me lo reprocha, me exige como un decoro al menos, como decirlo bajando la voz con el debido respeto, qué hay si alguien parece un chancho y yo algún día se lo digo con alegría. Ahora ya no podría porque la gente sensible me arruinó. Entonces este presunto psiquiatra roedor nos invita a pasar a su jurisdicción, a su pequeña parte del mundo con guarda de flores azules y escritorio prolijo, y cierra la puerta tras de sí con ansiedad porque ese aislamiento se diría que lo acerca más a sentirse una divinidad. Vos actuás de esa manera hipócrita que te caracteriza, hipócrita y aterrada frente al dios que te empastilla. Él decide qué podés dejar y qué no podés dejar bajo ninguna circunstancia porque empieza a hacer efecto a los dos o tres meses. Ahí es donde tengo que prestar atención yo, se me advierte, y hago mis notas mentales oficiales, al lado de las del color de pelo y forma de la nariz y dientecitos. Debería haberle pedido algo para poder dormir, jamás tomaría algo que él me diera para poder dormir, pero mi personalidad lo tenía perplejo y yo sentía la culpa idiota que siento en esos casos. Él trataba de hacerme participar y a mí me parecía ridículo participar de la consulta psiquiátrica de mi abuela y le contestaba con sonrisas fatigadas pero cordiales. Ahora con esto del insomnio se me ocurría lo que tendría que haber hecho, lo que siempre funciona. Volverme lo que él quería que fuera, un ser humano con necesidad de hablar a un psiquiatra, ávido de alguna pastilla, y en el fondo con una potencialidad inacabable para ser feliz. Antes de irnos me miró cómplice y me dijo que mi abuela se iba a poner bien, muy bien.

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