sábado, 2 de enero de 2010


Ibas bien, en paz con la gente y los objetos, la mirada descansada y simple. Manipulabas los cuchillos y pinches del asado casi con dulzura, la carne se cocinaba y vos la cuidabas como si fuera un bebé. Ibas bien y por eso la marioneta humana que controla tu comportamiento había bajado la guardia y se emborrachaba felizmente con los demás. Las llaves de tu camioneta a la vista, accesibles. Cuando apareció tu mujer inesperadamente y se te acercó en silencio con la cara amarga, algo se encendió en tus ojos. No se sabe qué te dijo, no se sabe qué se dijeron, pero tus movimientos se volvieron torpes, con una energía de más que los hacía peligrosos. Tuvieron que empezar a los gritos para que tu marioneta y los demás reaccionaran, y lo hicieron de una manera tan desproporcionada, tan contradictoria, que se enredaron ellos mismos y dieron a vos y a tu mujer todo el tiempo y el espacio que necesitaban para enloquecer cada uno a su manera. Los gritos se volvieron zamarreo, y el zamarreo obligó al resto a tomar medidas más drásticas, sin posibilidades de negociación previa. Empujaste a tu marioneta, que sufrió una caída desafortunada con herida y sangrado profuso. La sangre tiene un enorme poder de desconcierto. Tu furia demencial se volvió muy poderosa, lastimaba de verdad, mientras algunos se encargaban del herido otros trataban de enfrentarte como si fueras una bestia prehistórica. Tu mujer sufría su respectivo ataque con más romanticismo, sacó de su cartera unas pastillas de composición dudosa y se las tomó más o menos todas de un saque. El entendido presente leyó la etiqueta y se agarró la cabeza, ahí había mucho veneno. Se hacía necesario ir al hospital, urgente, había una intoxicación, un desangrado, y un loco. Era cuestión de establecer prioridades y una mínima logística, pero era muy difícil pensar, si te descuidabas el loco podía manotear las llaves de su camioneta y abrirse paso gritando sus incoherencias. Y eso fue lo que pasó. El herido le rogaba que no manejara, que había que calmarse, le rogaba con unos gritos femeninos, desmayosos. La mujer se desvanecía y los demás la socorrían, socorrían a todos, se socorrían unos a otros porque iban entrando en pánicos complicados. Llegó un patrullero, llegó una ambulancia, y después el amanecer. El sol iluminó las sillas tiradas, la carne olvidada, algunas caras todavía con un espanto serio y silencioso. La luz desfiguraba el escenario y daba la ilusión de que el drama quedaba lejos, que ya era del pasado. Entonces los que quedaban quisieron limpiar, arreglar el desorden que ya no correspondía, que les estaba haciendo mal a la mente, hablar un poco en voz muy baja, agradecer a nada ni nadie que todo terminara más o menos bien.

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