domingo, 7 de febrero de 2010


En un hotel de una provincia del norte tuve una alucinación. Era la madrugada, el sol se filtraba por la cortina fea hospitalaria, la ventana no podía cerrarse del todo ni siquiera con golpes violentos. El miedo en la total oscuridad no es demasiado distinto de estos miedos luminosos de madrugada, hay solamente un ajuste del sentido sensorial predominante. Pero ver cosas raras fue peor que escuchar ruidos sospechosos. Esa fue mi conclusión de las diez de la mañana, cuando presenciaba una charla en portugués a cargo de un oriental occidentalmente simpático, y todo era tan absurdo y tedioso que fue fácil una asociación fugaz entre esa situación y la de la madrugada. Fue así como pensé en mi alucinación por primera vez en un estado de conciencia más despierto, más prejuicioso y paranoico. Me acordé de la pared verde agua de la habitación, apenas aclarada por un sol reciente, vulnerable, mirada con ojos distraídos que no buscaban nada pero algo encontraron. La araña gigante caminó por la pared desde el piso en movimientos imposibles hacia arriba, queriendo llegar al techo, y ahí se esfumó. Su cuerpo ínfimo, ridículo, del tamaño de un caramelo, las patas largas y sin ángulos, curvadas, muchas, decenas, cada una con sus treinta centímetros de longitud, deslizándose por la pared verde con un estilo poco creíble, como en una danza de tentáculos. En el momento fue una experiencia casi agradable, capaz que porque todo el tiempo supe que alucinaba. A las diez de la mañana el recuerdo me generó primero preocupación, un terror tardío, y después un enorme desconcierto frente a esa sensación nunca sentida de saberse alucinando. Quise volver la atención al oriental, pero ya no había chance de que entendiera realmente qué pasaba con las mariposas de su power point, con los plaguicidas y las cuestiones genéticas. Con sentimiento de culpa busqué que alguien me explicara y descubrí que al final había entendido bastante, entonces la culpa se transformó en aburrimiento y en arañas. Esa noche había una fiesta en el hotel, nadie iba a poder dormir, yo no iba a poder dormir, y eso me dio tranquilidad y entusiasmo, lo único que quería era ver la araña otra vez y esperaba que fuera en el mismo lugar y a la misma hora. La madrugada pasó sin ningún tipo de araña caminando por la pared verde agua que enfoqué hasta el mareo, mi decepción hizo que probara unos golpes violentos sobre la ventana. Después la seguí buscando, distraídamente, en una obsesión no del todo admitida, empecé a buscarla en todas las paredes, en todos los techos, en el suelo siempre reluciente y casi aséptico del hotel, en las calles, en el restaurante, la estación, en el colectivo grande y amarillo que nos trajo de vuelta. Nunca apareció. En su lugar me topé con un montón de arañas verdaderas, grandes y horrendas, arañas estándar, también un par algo exóticas, inamovibles y sobre todo tipo de estructura, me acostumbré a subir la mirada en los paredones, a verlas a través de las ventanas, estaban en todos lados siempre en silencio. El miedo paranormal no es tan distinto del miedo a las cosas de verdad.