martes, 30 de marzo de 2010


Entra a la heladería, es gordo, muy gordo. Se acerca al mostrador con paso atolondrado y espera su turno abriendo y cerrando sus manos pegajosamente, es evidente su desamparo en esa heladería tan blanca y triste. En una de las paredes hay un cuadro enorme de caballos marrones que una pareja de flacos altos mira con éxtasis. Al gordo muy gordo le llega el momento de comunicar al heladero los gustos que eligió, es indeciso y amable, y con cada palabra que articula parece engordar un par de kilos más. Se traba en el tercer gusto, la variedad es tanta que lo abruma, se interroga nerviosamente qué es lo que quiere, en silencio, y se disculpa ante el heladero por esos cuatro segundos que le hizo perder. Frutos del bosque, dice al fin dando lugar a cierto alivio, pero su tormento en realidad no va a terminar hasta haber atravesado exitosamente la puerta hacia la ciudad. Y va a estar difícil, de repente el lugar se congestionó de señoras altamente parlantes. Una es gorda, muy gorda, y se acerca al mostrador con paso solemne. Se instala con firmeza y mira con impaciencia a todos los heladeros hasta que una heladera la atiende. Una de ojos verdes muy grandes, rimel, delineador, esfumado perfecto, brillo labial rosa pálido, piel impecable, todo coronado por una visera blanca de plástico. La gorda muy gorda resopla, elegir los gustos le causa fastidio, pide de probar chocolate bariloche y se desconcentra escuchando la conversación de sus amigas. La heladera la mira con sonrisa automática mientras ella lanza una carcajada interminable que la revitaliza. Por un momento pierde su expresión de absoluto desprecio por la humanidad y termina su elección con un dulce de leche merengado. El gordo muy gordo ya tiene su helado, su cuchara y servilletita, pero está paralizado mirando hacia la puerta, o los recortes que de ella ve a través de la manada de señoras amigas. Arma una estrategia de huída que implica un rodeo extraño, a toda velocidad. Mientras, la gorda muy gorda avanza con rapidez en línea recta hacia la salida pidiendo permiso con un disgusto enérgico. Los dos gordos muy gordos entonces se encuentran en la puerta y, por diferentes rasgos de sus personalidades, ninguno atina a ceder el paso al otro. El resultado es un choque sin heridos, con derramamiento de frutos del bosque sobre vestido estampado se señora muy gorda, escape entre disculpas ambiguas del señor muy gordo, colorado y sudoroso, su helado revuelto, una leve crisis nerviosa de la señora muy gorda, que en ningún momento descuida la integridad de su helado, y un cotorreo generalizado con la presunta intención de reestablecer la calma.

viernes, 5 de marzo de 2010


El problema que la aquejaba era un ser humano, uno de proporciones muy chicas, un humano corto y babeante que en algún momento le diría mamá y se lo repetiría sin piedad por el resto de sus días. Mientras me confesaba la noticia no pudo hacer contacto visual conmigo, se limitó a la vigilancia de sus manos jugando agresivamente con una taza de té de boldo. Yo en cambio la miraba a los ojos como atravesando sus pupilas, adopté una fisonomía de pescado y me aferré a mi taza de contenido ridículo como si fuera la única cosa quieta y fija en este mundo. Ella no decidía si era algo bueno o algo malo, me hablaba en tono de preocupación y ahí sí me miraba un poco y yo podía estudiar en su cara las líneas nuevas del cansancio, de todas las horas diurnas y nocturnas entregadas al balance inservible de pros y contras. Hubo entonces un silencio distinto de los demás, relajado, yo no sentía su presencia y ella tampoco la mía, cada cual se sumió en sus cálculos correspondientes haciendo unas respiraciones profundas y contagiosas, y unas negaciones de cabeza automáticas, por turnos. Mi café con leche, crema, azúcar, nesquik y media hora de freezer me mantenía en el mundo y me helaba las manos. Ella se quemaba los dedos con su taza en un castigo involuntario que igual resultaba una distracción ineficaz. Finalmente lloró. Al principio con ese estilo reprimido que caracteriza a la totalidad de sus acciones, después dejando aflorar un llanto salvaje, cada vez más inhumano, que terminó reducido a gemidos histéricos que a veces decían palabras básicas. En ese momento la situación había alcanzado el estatus de tragedia y ya no había ningún balance para hacer, ella abrazó su propia panza, se aferró a su cuerpo de contenido ridículo sintiendo todo el peso que una criatura de dos meses de vida puede tener.