viernes, 5 de marzo de 2010


El problema que la aquejaba era un ser humano, uno de proporciones muy chicas, un humano corto y babeante que en algún momento le diría mamá y se lo repetiría sin piedad por el resto de sus días. Mientras me confesaba la noticia no pudo hacer contacto visual conmigo, se limitó a la vigilancia de sus manos jugando agresivamente con una taza de té de boldo. Yo en cambio la miraba a los ojos como atravesando sus pupilas, adopté una fisonomía de pescado y me aferré a mi taza de contenido ridículo como si fuera la única cosa quieta y fija en este mundo. Ella no decidía si era algo bueno o algo malo, me hablaba en tono de preocupación y ahí sí me miraba un poco y yo podía estudiar en su cara las líneas nuevas del cansancio, de todas las horas diurnas y nocturnas entregadas al balance inservible de pros y contras. Hubo entonces un silencio distinto de los demás, relajado, yo no sentía su presencia y ella tampoco la mía, cada cual se sumió en sus cálculos correspondientes haciendo unas respiraciones profundas y contagiosas, y unas negaciones de cabeza automáticas, por turnos. Mi café con leche, crema, azúcar, nesquik y media hora de freezer me mantenía en el mundo y me helaba las manos. Ella se quemaba los dedos con su taza en un castigo involuntario que igual resultaba una distracción ineficaz. Finalmente lloró. Al principio con ese estilo reprimido que caracteriza a la totalidad de sus acciones, después dejando aflorar un llanto salvaje, cada vez más inhumano, que terminó reducido a gemidos histéricos que a veces decían palabras básicas. En ese momento la situación había alcanzado el estatus de tragedia y ya no había ningún balance para hacer, ella abrazó su propia panza, se aferró a su cuerpo de contenido ridículo sintiendo todo el peso que una criatura de dos meses de vida puede tener.

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