miércoles, 21 de abril de 2010


La noche del falso cometa halley, me acuerdo, ustedes dos amenazaban a cada instante con tener una de esas conversaciones violentas que ahora no tienen más. Era el cumpleaños de mi primo raro y yacíamos en la reunión más perfectamente digna de tal ocasión, nunca creí posible un silencio tan prolongado entre siete personas sentadas a una mesa. Ustedes dos se hacían los fascinados más tarde pero sé que sufrían la tensión tanto como yo, si se angustiaron al punto de dirigir la palabra a mi otro primo, el intratable, que merodeaba como si no quisiera estar ahí, buscaba cosas que no encontraba a la espera de que lo invitaran a quedarse. Y esa tentativa amenizadora de ustedes dos dio cierto resultado. Mi primo intratable emprendió un monólogo eterno, que en esas circunstancias estaba muy bien, así alguien se animó a prender un televisor y otros empezaron una discusión tranquila en la que por suerte nunca podríamos participar. Mi primo raro se acomodó en su silla haciendo una respiración profunda, sana, por primera vez en meses. Con esa relajación en el ambiente ustedes dos no necesitaban ser aliados, podían volver a sus roles antagónicos y tener una de esas conversaciones violentas que aborrezco, y que ahora no tienen más. De a poco el contexto se les nublaba y aparecían sus primeros síntomas, cada cual tiene sus rasgos particulares para esto y yo los conozco, yo los veo entrando felizmente a un intestino, un turismo fallido que siempre los toma por sorpresa, el mismo paisaje de víscera, el atasque obligado en alguna zona infecta, varados como ballenas que hay que rescatar. Al borde de eso ustedes dos, yo miraba con amargura, con un poco de terror incluso cuando entendía que de alguna manera la situación me incluía, yo era una especie de árbitro encubierto. Entonces un grupo de locos silenciosos que te miran, mi primo raro inteligente y triste cumpliendo años y sintiéndose ridículo, mi primo intratable y tonto hablando del cosmos, ustedes dos peleando como nenes y yo siendo una mamá automedicada para no explotar. Hay madres que para eso medican a sus hijos. Después mi primo intratable largó con lo del falso cometa halley y nosotros, los tres, nos sumimos al instante en una complicidad maldita y comimos bombones de quaker hasta las madrugada.

lunes, 12 de abril de 2010


Después llamó por teléfono tu hija, indignada con su conjuntivitis doble, ayer un ojo rojo y hoy también el otro. Enojadísima, la simetría no fue un alivio. Planeabas una escapada prohibida a la panadería y llamó tu hija y algo en tu estómago se arrepintió y lo manifestó con una oleada de acidez que cambió tus perspectivas de esa tarde otoñal de sábado de abril. La maternidad psicológica otra vez tomando las riendas de tu fisiología. Eso fue después de las breves actividades de renovación del patio que habías emprendido en una atmósfera de felicidad pacífica, juntar ramas y mover macetas con tu perro alrededor moviendo la cola, un sol que no quema y tu perro gordito y activo, alrededor tuyo torpe lindo y cariñoso como un hijo perfecto. Después llamó por teléfono tu hija y las cosas se complicaron en tu estómago y por lo tanto en tu ánimo. Te pusiste a limpiar la cocina con decisión, la radio diciendo pavadas y vos repasando objetos hartos de ser pulidos. Te empeñás en que tu estómago y los objetos tengan voluntad propia, tu estómago decide varias cosas en tu vida, y los objetos hablan. Portarretratos, cambiás una foto por otra, una hija posando con las amigas por otra hija cocinando, de espaldas a una cámara cuya presencia encubierta igual intuía. Para el orden y la limpieza nunca tuviste buen criterio, se trata más de una cuestión terapéutica con vaivenes ridículos. Entonces entre esta clase de tareas innecesarias la tarde otoñal de sábado de abril mutó imperceptible a noche de domingo, preparando la cena. A dónde habrá ido todo ese tiempo del medio. Cuando sonó el timbre casi era lunes y la amargura se afianzaba en tu cara. A través del portero eléctrico recibís la noticia insólita. Te habla un remisero cuya clienta, tu suegra, había pedido ser llevada a tribunales. Domingo veintitrés treinta horas. Llevaba, tu suegra, una bolsa con dos envases de coca cola y un rosario, el remisero se dio cuenta de que algo andaba mal. Justo pasaba un patrullero y les explicó a los policías, que se quedaron con ella. Yo vine a avisarle, me di cuenta de que algo andaba mal. Llamadas telefónicas a demás parientes y el remisero, implicándose todavía más, lleva a mi mamá a la casa de mi abuela en crisis, completamente loca. Perdida en el tiempo y el espacio pero con una actitud aguerrida, fría mirando a los policías, hablando poco por estrategia. Como alguien que despierta en un mundo distinto y de a poco tantea el terreno.